Un amor a prueba de machetes

Dianeth Pérez Arreola

Licenciada en Ciencias de la Comunicación, leer y escribir es lo que más me apasiona, y extraño horrores ejercer el periodismo: el ajetreo de la redacción, el estrés de la hora de cierre… Mi otra pasión es tocar el piano, lo estudio desde los 7 años.
Me fui a la Complutense a estudiar una maestría (Máster en comunicación periodística, institucional y empresarial) y en Madrid encontré el amor de mi vida, así que me quedé en Europa, donde tengo ya 9 años.
Desde entonces he colaborado con artículos para La Crónica y Frontera, aprendí holandés y encontré un trabajo de voluntaria como Relaciones Públicas y comunicación en el museo etnográfico de la ciudad donde vivo (Leiden). El proyecto en el que trabajo es la Colección Virtual de Obras Maestras (www.virtualcollectionofmasterpieces.com)
Tengo una hija, Sofía (2008) y esperamos pronto poder darle un hermanito.


Nunca lo hubiera imaginado. Durante muchos años vi a ese viejecito tranquilo y de mirada dulce sentado afuera de su casa a la sombra de un eucalipto, viéndonos jugar a mis primos y a mí. Ese viejecito era mi abuelo, se llamaba Pedro y muchas veces corrió detrás de mi padre blandiendo un machete. Esta historia me la contaron mis padres.
Todo empezó con Guadalupe, una hermana de mi abuela materna, Francisca, quien escuchó que en el Norte del país había trabajo. Ella vivía en Guadalajara y corrían los 30’s del siglo pasado; no lo pensó dos veces y se fue sola a Mexicali, donde encontró trabajo pizcando algodón.
Mi tía abuela me contó que durante un tiempo durmió abajo de un arbol, junto a las parcelas donde trabajaba. Ella era muy bonita, blanca, pequeña y con unos ojos azules intensos. Gracias a estos atributos pronto se encontró con un próspero comerciante chino, que a cambio de darle estabilidad económica, obtendría la residencia legal en el país. A mi tía le pareció un arreglo maravilloso. “El amor y el interés se fueron al campo un día; pudo más el interés, que el amor que te tenía”, me dijo un día, refiriéndose a este asunto.
Una vez asentada en su nueva vida, mandó traer a su madre Maximina; mi abuela Francisca con esposo e hijos, y al resto de sus hermanos. Así es como la familia de mi madre terminó viviendo en Mexicali.
Mi padre, por su parte, fue el último hijo de mis abuelos Isabel y Félix, y el único que nació en Mexicali. Mi abuela ya había ido a la frontera con su madre, y convenció a mi abuelo de irse con toda la familia. Llegaron en tren desde Sinaloa con todas sus cosas y se quedaron sentados en la estación de Pascualitos, con sus 5 hijos sin saber qué hacer ni a donde ir, y con mi abuelo arrepentido, preguntándose mil veces por qué se dejó convencer.
Mi tío Enrique, recién nacido, empezó a llorar y una señora preguntó que qué tenía el niño. Mi abuela, con esa imprudencia sinaloense que tanto nos divertía, le contestó:
“¿Pues qué va a tener? tiene hambre! Eso es lo que tiene”. Al poco rato pasó una pareja en una carreta tirada por caballos. El hombre preguntó qué hacían ahí, mi abuelo le contó la travesía de la familia y el hombre les ofreció trabajo cuidando un rancho. Se subieron a la carreta y se fueron al rancho, donde mi abuelo y mi tío el mayor empezaron a hacer la que sería su primera casa en Mexicali: un cuarto hecho con barro y varas de cachanilla.
Mi abuelo fue cambiando de trabajo y la familia de casa; fue pionera en asentarse en Palaco, hoy delegación González Ortega.
Así fue como las familias de mis padres, Gilberto y Alicia, terminaron viviendo en la misma ciudad. El destino, que hizo que compartieran la vocación de maestros, no los puso frente a frente en la Normal. Fue en Tijuana donde se conocieron gracias a una amiga en común.
Mi madre ya había estado trabajando en un pueblo perdido de Jalisco, a donde fue asignada al terminar sus estudios. Tiempo después pudo pedir un cambio y acercarse hasta Tijuana.
Mi padre fue asignado a trabajar en Tijuana y compartía un departamento con un compañero suyo, que terminó siendo mi tío al casarse con una hermana de mi madre.
Poco tiempo después de ser presentados, mis padres empezaron una relación. Las visitas de mi padre a mi madre en Mexicali terminaban en corretiza a menudo. Mi abuelo, el de mirada dulce, era albañil. Ganaba bien pero se gastaba todo en alcohol y como buen macho tapatío, se envalentonaba con la bebida y amenazaba con matar a todo mundo.
Muchas veces mi padre tuvo que suspender las visitas de cortejo para salir corriendo, pues mi abuelo ya venía machete en mano. “Córrele fideo!”, le advertía a mi en aquel entonces delgado padre, un vecino al que apodaban “El indio”. “vete Gilberto, vete ya”, le decía mi madre hecha un manojo de nervios.
Esta relación de alto riesgo sobrevivió casi una década, hasta que -palabras de mi madre-, por fin se decidió mi padre a proponerle matrimonio. La familia de mi padre adoraba a mi madre y viceversa, con la obvia excepción de mi abuelo, pero sólo cuando estaba tomado -palabras de mi padre-, porque sobrio era un pan.
La boda los traía de cabeza porque temían que mi abuelo hiciera su conocido acto del machete en plena fiesta. Dice mi madre que toda la familia duró meses advirtiéndole, pidiéndole, rogándole, que por favor el día de la boda no fuera a tomar y hacer una escena.
Los ruegos rindieron sus frutos, pues el 19 de diciembre de 1971, mi abuelo se comportó como todo un caballero y no probó ni una gota de alcohol.
Pronto celebraremos los 40 años de esa boda, y junto con eso, sus infancias llenas de limitaciones, su dedicación extrema al trabajo, su optimismo y sus momentos de debilidad, porque todo eso los ha hecho quienes son, y a nosotros, sus hijos, también.

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