Soñaba que era una pluma en el aire

Por Haydee Ramos Cadena
A mi abuela Consuelo Sánchez

Sentada en un banco, apoyaba su plato en el resquicio de la cocina donde a la vez que comía calentaba sus tortillas, me preguntaba, porque mi abuela teniendo ese comedor tan bonito, seguía comiendo en la cocina. Sus manos morenas lavaban los trastes, limpiaban la mesa, extendía unos coquetos manteles, bordados en la orilla, y los colocaba, uno para cada uno de lo que nos sentábamos a la mesa.

Sacaba del horno un refractario con espagueti al punto, horneado con queso, crema y jamón. Una sopita aguada para comenzar la comida, y casi siempre el postre era un plátano. Sus manos se afanaban en preparar todo, ir a comprar al mercado la comida, prepararla con tiempo, lavar las servilletas para la mesa, y plancharlas.

Su labor para hacer las tareas de la casa fue impecable, bien lavado, bien planchado, bien cocido, bien doblado, bien colgado, y todas esas cosas que sólo ella era capaz de darle atención con esa naturalidad. Y ni que decir, con el tiempo medido para preparar el platillo, aunque sus opciones eran variadas, siempre existían las más aclamadas: mole con pollo, picadillo y espagueti.

Las comidas familiares fueron pocas, aunque cuando nos reuníamos era grato convivir y platicar, las diferencias entre los hermanos había provocado que se encontraran. En el fondo ella, sufría esto; sin embargo uno vez reunidos, reía y disfrutaba preparar la comida, que la visitáramos en casa, y nos quedáramos ahí junto a ella un rato.

Mi abuela y yo tuvimos esa conexión especial, ella me cuido los primeros años de vida, a los cinco años era una “chilpallate como su hija” tímida, noble, risueña y muy coqueta. Ella procuraba por mí, me hacía de comer, me enseñaba a hacer cosas de la casa, nunca me dejaba que yo las hiciera, pero me explicaba. Todas las mañanas mientras viví con ella, me cocía un huevo duro y mi café con leche para al desayuno que para mí era como despertar junto a un campo de magnolias.

A veces me preguntaba, porque le gustaban tanto los pájaros, tenía muchos y hablaba con ellos como con un hijo, y también sembraba chiles y tomates. Le gustaba ir al mercado, y regatear. Mi abuela sólo supo de los centros comerciales hasta que le dieron su tarjeta del INSEN le ayudaba con una despensa básica.

Ella era esa clase de mujer, que comía plátanos todo el tiempo y café con leche al levantarse y al dormirse, sus horarios eran rigurosos, y nadie le cuestionaba porque hasta sus 84 años se levanto a trabajar, a limpiar su casa y ayudar a quien la ayudaba.

Llegó a la ciudad de México a la edad de 13 años en 1937, para trabajar de sirvienta. Dejó Veracruz porque ahí no tenía de qué vivir, sus padres murieron muy jóvenes y ella se quedo sola al lado de su hermana y tía. En medio del levantamiento cristero, comenzó a tejer su historia. A tomar la primera decisión de migración, que marcaría la vida de toda su progenie.

Su hermana emigró al DF, le hizo una promesa de regresar por ella pero eso nunca sucedió, así mi abuela creció al lado de su tía, quien era una “Adelita” que defendía sus tierras, y vivía sola en la parte al de la montaña en “Paso del Macho”, Veracruz.

Mi abuela tuvo su primera hija, muy joven, el nombre del padre se desconoce, y mi tía nunca le perdonó no decirle el nombre de su padre. Después conoció a mi abuelo, enterrado en 1954 en el Panteón de Dolores en la Capital de México. Él fue un hombre cristero, que tenía tatuada a la virgen de Guadalupe en todo su pecho.

Mi abuelo fue un hombre duro, alcohólico, según lo poco que mi abuela dejo en su memoria también era loco, muy macho y mujeriego. Y ella lo amaba, pese a todo. Tuvo de él, cuatro hijos, tres hombres y una mujer. Al final después de que mi abuelo estaba ya con otra mujer, una vez enfermo de cirrosis, mi abuela se hizo cargo de su entierro.

Alguna vez, me contó, que cuando era niña, se soñaba como una pluma que volaba en el aire, y se daba impulso ella sola para no caerse.
Ella tomó maletas,no sabía leer, ni escribir, usaba delantales todo el tiempo, y conoció a poco hombres en su vida. Se entregó a sus hijos, con lo poco que tenía, aprendió a salir de la pobreza.

Nuestro legado se perdió en Veracruz, parece que el tiempo, la distancia y la migración se la hubiera comido. Desde entonces mi padre tiene una afición por viajar, viaja mucho todo el tiempo, y tiene esa sensación de desarraigo, y yo tengo ese mismo gen, de pensar en lugares, en otras tierras, y de viajar durante mucho tiempo.

El legado de mi abuela fue esta gran ciudad, y tener educación. Mi padre ha sido un hombre muy estudioso e inteligente que ha hecho dinero, y me ha dado muchas oportunidades para salir adelante. De hecho, me dedico a escribir, es uno de mis mayores dones, aprendí la virtud que mi abuela no tuvo. Y también desde niña, amo el son jarocho y el café. Me encanta el mar y los climas calientes, es como si tuviera el termostato alterado, cuando todos tienen frío, yo tengo calor. Creo que esto se debe a que salí de la tierra caliente. Me gusta todo lo que me calienta la carne y el corazón.

Antes de morir mi abuela me regaló una cruz que fue de mi abuelo, la tuve conmigo por mucho tiempo, hasta que un día decidí ir al desierto y dejarla en la parte más alta de un arbusto. Cuando murió mi abuela, fui a la iglesia de Tlacotalpan a prenderle una vela, y fui a Paso de Macho, a su pueblo, en las alturas de Veracruz, y me dí cuenta que es un pueblo que se dedica a la caña, y al café.

Quizá sea la razón del alcoholismo de mi abuelo, de mis tíos y mi padre. No lo sé, pero comprendí que la geografía de la que venimos nos hace la historia que somos, aunque cambiamos de ciudad, y adquiramos nuevas costumbres, quizá, el azúcar de ese pueblo, sea la causa de la diabetes en mi abuela y padre.

Hay tantas cosas que se pueden suponer, por lo cual uno es de determinada manera, lo que sé, es que mi linaje es gente que trabaja muy arduamente, que es fiel a sus valores, y que la vida entre hermanos ha estado llena de traiciones, y poco respeto. Hay una línea que se perdió en el tiempo, la ausencia y la carencia, ojalá, podemos recuperar ese auténtico amor que nos hermana en la ventura y la desgracia.

Hoy, 1 de noviembre del 2010, le hago un homenaje a mi abuela, por la vida que entregó a su linaje, por la calidad de ser, y el amor que tuvo a los pájaros. Porque su alma es una pluma que nunca se cayó, para no dejar caer a los suyos.

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