Sobre los Tolucos y el verdadero culpable de que me haya convertido en la Tejedora de historias

Laura Athié
Presentación del libro: De cómo cocinaban las abuelas
Museo del Estanquillo miércoles 26 de octubre, 2011

Tengo un problema serio, termino remitiéndome a la infancia. Hace unas horas me preguntaban sobre esto de tejer historias y como siempre, en lugar de concentrarme, pensaba en los 3 deseos que desde niña he querido pedirle a un duende.
Me sucedía en la clase, frente a los maestros, mientras caminaba, cuando estaba a punto de dormir, en el examen, la primera vez en que iban a besarme, a todas horas. Era un grave problema de concentración.
Luego fui cambiando: ¿Cuáles serían los 3 deseos que pediríViajar por el mundo, ser más alta, no tener estas orejas de mariposa o que me quitaran la nariz de mi papá. El problema es que no podrían ser ya sólo 3, ya era más ambiciosa. Pensé entonces en que haría un trato con el duende cuando se me apareciera, más o menos así: “Mira duende, mi deseo es que cada deseo que me cumplas se convierta en tres deseos y así tendría nueve o mejor aún, deseo que cada vez que quiera un deseo vengas y me lo cumplas sin llevar la cuenta”.
¿Pero de dónde ese asunto de los duendes, aún ahora?
Reflexionando hoy descubrí al culpable: Él conmigo caminado por estas mismas calles del centro, yo de su mano escuchando la historia de este amigo o de aquel edificio. Él, bajando conmigo y mis hermanas hacia la iglesia de Chalma, corriendo por entre el mercado de la Lagunilla, persiguiendo al ratero que nos robó la bolsa en Tepito, escuchando la historia de cómo sobrevivió a la jícama con chile que a los ocho años, le embarró mi padrino en la cara y a traición a causa de una pelea. Él como lo había prometido, llevando a mi hija hasta París recién operado de la espalda, para que estuviéramos juntos en aquella casa fría en la que yo estudiaba.
Pienso en el duende que por cierto, jamás apareció, y recuerdo a mi padre Fernando y a mi tía Margarita, hace unos años, a mitad de una reunión familiar diciéndose con extrañeza: ¿Verdad que sí existía ese duende del baño y que platicábamos con él todas las tardes?
Ellos juran que ponían un espejo en la esquina del azulejo roto del baño y que el duende aparecía y les hablaba.Ajá!, ya sé de quién es la culpa de que no me concentre, ahora sé bien quién es el causante de esta imaginación que no me deja ni deprimirme. ¡Qué crimen! ¿Cómo se le puede hacer eso a una hija?
Explico, imaginen ustedes que son Laura: tienen 5, luego 7 o 9 años. Su padre llega del trabajo y dice: Laurita, ¿por qué te portaste mal? Eso no se hace, mira, te voy a contar la historia de tus abuelos para que sepas lo que cuestan las cosas en la vida. Y están, ustedes ahí, a la orilla de la cama a lágrima viva, escuchando sobre el abuelo Farid que viajó desde Medio Oriente en un barco a los 11 años sin hablar español, buscando a su padre a esta tierra Mexicana. Ustedes son yo, y su padre les cuenta que al abuelo le cambiaron el nombre porque en México no se usa llamarse así y desde entonces lo nombraron Alfredo, y que vendió telas y jabones en el mercado, y que sufrió mucho y durmió en el piso, pero fue inteligente y negociante y conoció a la bella Margarita y se casó para que naciéramos todos.
Pero luego ustedes –que siguen siendo yo– continúan portándose mal, preguntan más cosas de las debidas a las maestras, se paran a mitad de la clase para contar lo que de verdad sucedió en el 68. Son un problema. Las monjas de la secundaria quieren expulsarlos por revoltosos. Imaginen. Es su padre Fernando de nuevo, van caminando por Tlaltelolco, entonces él a media plaza les cuenta que en aquel edificio vivía con su madre. Hago una pausa aquí para decir que mi madre es Laura y es la hija cocinera de Carmen, la bella mujer que se retrata en la portada de este libro. Y entonces, en esa Plaza de las 3 culturas, su padre les explica por dónde entraron los tanques, cómo se escucharon las balas, cómo al otro día se vieron los zapatos de los muertos en el suelo mezclados con sangre y les dice: Yo lo viví, no era estudiante, pero a tu madre y a mí nos confundieron.
Por eso ahora lo comprendo todo.
En mi casa se cuentan historias fantásticas desde siempre. Es como un defecto familiar. Yo no sé quien exagera más pero sí estoy cierta de que me encanta ese asunto de escuchar realidades distintas.
¿Quién será el más fantasioso?, pienso. Mi padre me cuenta que en uno de sus primeros negocios allá en La Huizotla, los otros comerciantes le envidiaban, así que a diario vaciaban un costal de sal a la entrada de su puesto, colocaban ajos y símbolos de brujería, las marchantes del susto se persignaban al pasar. Nadie le compraba. Pero él abría a diario, más no vendía ni un pollo, hasta que conoció a los Tolucos, dos luchadores enormes que le defendían de los comerciantes envidiosos y que según cuenta, se aventaban de un puesto a otro haciendo la quebradora como el Santo, en pleno mercado de la Lagunilla para protegerlo con todo y capa cuando alguien le hacía una afrenta. Mi padre dice que cuidó a los Tolucos de pequeños y por eso ahora lo apreciaban. Pero luego, como el negocio no florecía, buscó a un ex locutor que usaba trajes roídos y viejos por el tiempo y las parrandas, que a las afuera del puesto cantaba boleros, armaba un Karaoke cincuentero y con micrófono en mano decía: “¡Vengan señoras, sean famosas, canten y compren pollo recién horneado!”. Así, entre la sal tirada, el espectáculo de lucha de los Tolucos y las canciones del locutor a media calle, las marchantas terminaron por ceder, vencieron el miedo al mal de ojo y dijeron: Okey güero, le compramos su pollo.
¿Existirían los Tolucos?… ¿De verdad mi padre y mis tíos recorrían las calles con un cocodrilo invisible?… Teníamos un cocodrilo cuando éramos jóvenes, pero nadie lo veía, sólo nosotros –asegura mi padre–, era tan largo que cuando llegábamos a Samborns le acomodábamos 9 sillas para que se sentara y para cruzar la calle, yo detenía el tráfico mientras la gente desde sus autos me gritaba: ¡Muévete loco!
No lo sé, pero creo que nuestras vidas ausentes en los libros, también son reales y que alguien tiene que contarlas. Estoy cierta qué tan válida es la historia que me platican mis padres, como la de los historiadores oficiales y sé que ambas versiones merecen ser escritas.
Por eso expreso aquí que la culpa de que me haya convertido en Tejedora de historias es de Fernando, mi padre y de mis tíos, que aseguraban platicar con duendes habitantes del subsuelo en la casa de la colonia Algarín, en donde yo nací y vivieron ellos. Es así. La culpa es de mi madre que durante las noches nos leía los 100 poemas clásicos escogidos y por las mañanas se esforzaba por esconder libros prohibidos en sus cajones hasta que yo los encontraba, para leerlos en secreto cuando ella estaba en el trabajo.
Yo apenas con 9 o 10 años hojeando la Noche de Tlaltelolco de Elena Poniatowska, o lo Negro del Negro Durazo o a Calzón amarrado de Irma Serrano o la revista Interview, que se encontraban en el cajón prohibido de mi madre junto con poemas de Lorca o de Machado. Después de leerlos me iba a la cama horrorizada recordando las fotografías de los estudiantes muertos o las casas monumentales de tal o cual político, preguntándome por qué eran tan feos los dibujos de la Panza es primero de Rius o dónde estaría Colombia y qué relación tendría mi madre con ese tal Gabriel García Márquez, encima me sentía culpable porque ella me acababa de leer Mamá soy Paquito, no haré travesuras o eso de que brindo por la mujer, más no por esa.
La verdad, que es peligroso hacerle eso a un hijo. He ahí el inicio de mis problemas de concentración.
Hace tiempo, cuando me entró la rebeldía fui punk de cabellos rosas y cadenas en el cuello mientras estudiaba para educadora, solía fascinar a los niños con mi peinado y mi chaleco roto de piel y escuchar a mi padre que me decía: Laurita, tranquila, no trates de cambiar al mundo en un momento, comienza poco a poco, sólo transforma tu pequeña realidad.
Durante mucho tiempo y antes del mail, mi pequeña realidad se convirtió en textos escritos a puño y letra que fotocopiaba para distribuir a mis compañeros universitarios en baja California o en historias que contaba a los niños de preescolar en mis prácticas como maestra. Era difícil que guardaran silencio hasta que les decía que mi padre el de la barba, se convertía en lobo cuando no le gustaba el mal comportamiento de los niños.
Mis compañeros de universidad pensaban que era una loca pero leían mis escritos sobre la tristeza, las ventas en la Calle Segunda de Calexico, sobre cómo preparar un buen hot dog o la receta para no enamorarse.
Después un día frente una pantalla negra en una computadora de la biblioteca universitaria se hizo la luz y el cursor apareció fosforesciendo para cambiar radicalmente mi vida y la de muchos. Mandé entonces mi primer mail con esas historias desde el teclado. Se fueron así el barco que llegó del Líbano con mi abuelo al que le cambiaron el nombre, los duendes, el cocodrilo, los Tolucos, la jícama y hasta Paquito el que no haría travesuras. La gente comenzó a contestarme. Me impresioné.
Pasaron 10 años casi antes de que llegara el Facebook y los blogs y descubrí que como yo, también otros tenían versiones sobre la historia nacional que jamás habían sido escuchadas más que en las cocinas de sus hogares. Sentí tristeza de pensar que muchas de esas historias se habían ido ya, con la partida o la muerte de los padres o abuelos sin haber sido conocidas ni siquiera por sus familias.
Fue entonces que conocí a Efrén, a Fernando, a Mireya, a María Elvira y a tantísima gente que me enseñó que todos podemos hacer uso de la palabra, que hay muchas formas de escribirnos. Fue entonces que recordé a mi madre cuando dice que cocinar es un acto de amor, porque escribir y contarte sin temor a los otros, es también un acto profundo de generosidad y valentía.
Es así que me olvido del duende y de los tres o nueve o doce deseos porque todo eso ha sido superado. No puedo pedir más, me siento afortunada: Aquí, en este libro y en la web, por mail, en papel, por carta o en vivo, muchas historias de vida nos han sido contadas desde otros estados y países; dese las oficinas, las casas y hasta los reclusorios y penales.
En De cómo cocinaban las abuelas se retratan 28 que representan visiones del mundo que habrían estado guardadas si 28 autores y autoras valientes no se deciden a escribir y preguntar sobre su pasado. Me siento agradecida siempre con Dios y con la vida.
Gracias por sus historias familiares y por estar aquí esta noche.
Gracias siempre a mi padre, el culpable, mi ejemplo de vida y el mejor contador de historias que he conocido.
A mi madre por acercarme a la cocina y enseñarme que amar es darse, contra todo, pese a todo, siempre.
A Dulce Corina Martínez Castelán, mi hermana, por tener la fantástica idea de tomar las historias y unirlas con recetas familiares para hacer un libro.
A Efrén, a Fernando y a Mireya que me han permitido conocerles, quererles y admirarles mucho y que han entregado su talento y tiempo a este proyecto.
Muy especialmente gracias a María Elvira Charria Villegas, que está aquí desde Colombia, porque la vida me regaló trabajar a su lado en un proyecto de nación por la lectura que está vivo y fuerte como ella. Gracias China bonita por tu pasión y entrega, te quiero.
A la Maestra Alba Martínez Olivé, a quien admiro desde las oficinas de la SEP por esa fantástica capacidad de dar y construir un camino justo para la educación en México y porque quizá ni lo recuerda pero hace tiempo, en una entrevista que me otorgó aunque no le gustaban, tuvo la generosidad de confesarme el secreto de la confitura de sandía que comparte en el libro. Maestra Alba eres un sol, gracias por tu cariño y confianza.
A los amigos que han apoyado este proyecto: Mónica González Dillon, Sol Levín, Blanquita Espinoza, Miguel Pérez, Vanessa Job, Begoña Urquidi, Yanireth Israde, Gabriel Guitiérrez, Stazia de la Garza, Francisco Orozco del INBA y Betty Van de Fogra que imprimió nuestro libro, gracias Betty por tu fantástico trabajo. A Laura Irene González, correctora del libro, Ricardo Figueroa autor de las ilustraciones y Luis Carlos Viramontes, por su apoyo en derechos de autor. A Alberto Athié, por su experiencia, presencia y valiosa mirada.
Estar en este espacio dedicado a Carlos Monsiváis nos hace sentir verdaderamente honrados. Gracias a Ana Laura Peña, Moisés Rosas y Sergio Ortíz del Museo del Estanquillo por su calidez, profesionalismo y esfuerzo.
A los autores: Rocío de Aguinaga, Laura Aguirre, Daniella Almazán, Rebeca Aramoni, Alberto Athié, Mónica Ávila, Sarah Bak-Geller, Sarah Corona, Judith Cruz, Gina González, Rocío Leyva, Dulce Corina Martínez, Alba Martínez Olivé, Cecilia Mata, Josefina Morfín, Josefa Osuna, Dafne Peña, Haydee Ramos, Claudia Reyes Athié, Ricardo Rivas, Arcelia Serrano, Adriana Sing, Adolfo Soto, María José Soto, Johann Todorovic, Alejandra Torres, Beatriz Ugalde, Antonieta Vega y Mireya Viadiu mi agradecimiento y admiración siempre.
Eliana por tu conducto mando un agradecimiento hasta Brasil para Rubén Pérez-Buendía quien ha traducido tu mensaje. Gracias por tu prólogo, por llevar a Abril a la escuela de tu mano, ayudarle a hacer la tarea y regalarle un espanta novios. Tu trabajo da luz a quienes creemos que en la posibilidad de apropiarnos de la palabra. Muchas gracias por estar aquí, eres un privilegio.

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