Por amor al libro… ¡Y por amor a la escritura!: Casa de abuelos es la antesala de los cielos

*Eliana Yunes
Presentación del libro: De cómo cocinaban las abuelas.
Museo del Estanquillo, Ciudad de México, 26 de octubre de 2011
Por amor a la palabra es el titulo de mi ponencia para el cierre de la reunión de Salas de Lectura de Conaculta, el sábado próximo. Ya estaba a medio camino de escribirla cuando me llega la invitación de honor para presentar el libro con el cual hoy festejamos las abuelas y sus sazones. Al cabo de leerlo me tomó una conmoción distinta de la que me tomara cuando escribí el prólogo que leen en esta edición, conociendo apenas el proyecto de la tejedora de historias que escuchara acá con otros amigos, a camino de Chihuahua.
Con el libro en las manos lo sopesé y al buen cuidado de la edición, no he podido dejar de pensar: ¡Qué amor a la escritura!
Me fijé en la portada: la fotografía en blanco y negro, el rostro de la madona jovencita, su dulce mirada a lo lejos, al futuro, contrastando con el título: De cómo cocinaban las abuelas, una mirada hacia el pasado, tiempo en lo cual, quizás, aquella niña ya se hiciera abuelita. Qué juego prodigioso, qué estrategia estética y semántica, qué espejo mágico. ¡La correspondencia perfecta entre imagen y texto! Sutil conexión de dos lenguajes, de dos tiempos.
Y no era todo. En el espacio para el nombre del autor, una referencia: Tejedora de historias. Su nombre efectivamente aparece apenas en los créditos y antes de las dedicatorias que confirman su existencia y amores. Delicado gesto para compartir con todos los demás la autoría de estas… ¿historias?, ¿memorias?, ¿recetas?… Un libro de relatos de vida, que más bien se ve, cuando uno empieza la lectura.
Gentil gesto de congregar a otros, que estarían en silencio y dispersos si no hubiera esta invitación a que tomaran la palabra en primera persona y contaran sus recuerdos: no cualquiera, ¡sino el recuerdo de las abuelas en la cocina! Abuelas que nunca vendrían a las páginas de un libro si no fuera por esta decisión de no olvidarlas en lo que tenían de más afectivo para ofrecer: la comida… Sí, seguro tendrían ofrecidos sus cariños y toques de ternura en los cabellos al borde del sueño e historias de los más antepasados que ellas, perdidos en los tiempos. Pero en el alimento estaba una prueba concreta de su amor y atención, de su sabiduría, quizás analfabeta, incluso para leer recetas. Pero las tenían de memoria en el corazón y de inventárselas podían considerarse autoras a sí mismas, en la modestia semejante con que la Tejedora de historias se presenta.
La lectura se abre – les invito a saltar el prólogo y pasar a lo que importa: los relatos – con el mismo juego de la portada, ahora entre la vida de las mayores y el relato de nietos y nietas que se recuperan a sí mismos y sus infancias, mientras rescatan sabores y escenas que compartieron con ellas. Para que rememoraran estos hechos, me imaginé entrevistas, charlas, encuentros para suscitar la memoria que se mueve en verdad por afectos. Hay que provocarla, exacto, como nos hacen las ficciones que insisten en buscar que nazcan semillas adormecidas de alegría o horror para traernos al ya olvidado.
No sé si hubo de estas reuniones, no pregunté, pero entre dos o entre algunos pocos, con seguridad han sido momentos de caluroso cambio de impresiones y recuerdos emotivos. Cuento a cuento –o más bien, crónica a crónica, ya que el género aquí no tiene que pedir permiso a la teoría de la literatura– uno desliza para un tiempo-espacio de noticias lejanas que involucran el lector como si fuera de la familia. ¿No has estado a la orilla del mar para cazar conchas y tener empanadas de mariscos por entrada ¿o como el único platillo del día? ¡No importa, es ocasión de compartir ahora y tiene ganas de sentir el olor sobre la mesa de la abuela!
Con las comidas y sus recetas, con la preparación y su disposición vienen las historias de vida, los casos de familia, las voces a costo recobradas, pero mucho, mucho más, la fuerza extraordinaria de mujeres anónimas que sujetaron a sus hombres e hijos con confianza, puestos los recelos en manos de María, de santos y ángeles, a confirmar su parentesco con los cielos: “casa de abuelos es la antesala de los cielos”, dice un refrán en portugués. Ahora sus nombres aparecen en un precioso libro que las hará abuelas de muchos otros.
¡De cada historia se sale con agua en la boca, de apetito por el alimento y de sabor/saber de vida! Contoneándose con nuestro propio repertorio y luego con un cálido sentimiento de acogida se presentan: quisiéramos ser como ellas, abrazar la vida que pasa dejando huellas de pronto invisibles, pero duraderas. Hay que levantar los ojos de la página para leer, decía Roland Barthes, porque es la mirada hacia dentro que nos implica en la lectura, la que nos hace lectores verdaderamente. Acá hay que levantar los ojos de la página para ver y movilizar lo íntimo, lo recóndito para ir al encuentro de lo que nos cuentan, casi sobre la infancia misma de uno, cuando las abuelas –puede – parezcan un pretexto.
A sí, ¿cómo pasar sobre las recetas mismas? ¡Imposible no arriesgarse en la cocina de la casa para probar la habilidad en sacar de las letras lo que ellas sacaron de lo vivido! Y se te sale “una buena” que sea fiesta para los amigos que contigo comparten el gusto por cocer y coser, pues en uno se va del crudo al cocido, entretejiendo sabores, en el otro se va recorriendo los hilos de las palabras para tejer textos. Las narrativas son tejidos de experiencias hechas en palabras que cuentan la historia de los hombres y de mujeres cuyas memorias pueden hacer nuestras vidas mejores, por el hecho sencillo de contárselas.
La palabra y el alimento se mezclaban alrededor de la mesa, cuando leían algunos para otros mientras la comida era servida, en monasterios, en cenas de familias, porque el espíritu necesita algo parecido con el cuerpo: ambos tienen hambre, uno de sabores, otro de saberes. El alma quiere el pan de solidaridad, el cuerpo se contenta con el pan de trigo de las manos que lo preparan, que tienen dulzura de espíritu.
¡Ah, las abuelas! Hace falta un decreto que les prohíba de desaparecer hasta que crezcamos mucho para apreciar el convivio de que tenemos frágil memoria. Viejas, son como brujas, dueñas de una sabiduría sorprendente que las aproxima de los niños, estos que siempre hablan la verdad, aunque parezcan mentir. Este libro nos da ganas de buscarlas donde estén para que platiquen con nosotros sin los prejuicios que la juventud crea frente a los mayores… ¡Magas preparando pociones de vida!
Las fotos y sus detalles, las cucharas, el orgullo de hijos y maridos en los ojos, las señales del tiempo en el papel original, mágicos contrapuntos de las narrativas, como las ilustraciones que están en faz a las recetas. Todo un trabajo de edición primoroso, con fragmentos de los cuentos, de las recetas que, destacados en tipografía especial, incitan a la relectura e inducen a la reflexión: un detalle de lo mejor, ¡como el zoom de la cámara sobre el rostro del texto, en algunas páginas!
Quisiera poder comentar los espacios donde ocurren los relatos, abarcando la latinoamericanidad para recordarnos que somos una raza, la humana, un pueblo, perseverante en la creencia del amor como servicio, de la belleza escondida, del sufrimiento que rescata, y aunque no aparezcamos en pantallas grandes o pequeñas, hemos vivido y por esto tenemos qué decir.
Hay un cariño en la edición hecha con cuidados y detalles, algo digno y majestuoso en la calidad del diseño gráfico que antoja el placer de los libros. Bajo esto, un trabajo que devela vidas e historias, también narradores y artistas nuevos para el goce de los lectores en formación: un día llegaremos todos a esta condición de poder firmar nuestros relatos o firmar relatos con la vida.
La Tejedora de historias, Laura Athié, apenas ha empezado su labor febril con el proyecto que imita Anansi, la araña tejedora de un mito africano que sube a los cielos para buscar las historias con los dioses. Y, más feliz que Prometeo, logra traerlas a los hombres y dejarlas colgadas de un sombrero (que creo, ¡es mexicano!) que pasea el mundo en la cabeza de un cuentacuentos, a la elección de cuantos quieran escucharlas y para garantía de que no se van perder en el aire de la oralidad, conviene que las escribamos.
Como acá en el libro se hizo, con la red armada por Laura para que muchos se animen a hacerlo. En fin, este libro es una invitación a amar los suyos y sus herencias, que ahora les permite, cuando terminen la lectura, volver al inicio y leer el prólogo como licor.
Gracias Laura por traerme hasta esta noche entre tus amigos y tus recuerdos tan hábilmente tramados entre todos los que involucraste en el proyecto.
* Directora de la Cátedra UNESCO de Lectura, Universidad Pontificia de Río de Janeiro, Brasil y escritora del prólogo del libro: De cómo cocinaban las abuelas. Texto leído el miércoles 28 de noviembre del 2011, en el Museo del Estanquillo, Colecciones Carlos Monsiváis, durante la presentación del libro.

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