Noviembre de 2006: Crónicas en maleta: Poquito maque sea

Crónicas de viaje rumbo a la Patagonia: Kilómetro 21. Parada cuatro: Recién volviendo de Asunción

“Algunos, lo sé bien, me encuentran peligrosa. Pero también soy inocente. Se que si tengo peligro, también tengo pureza. Y ella sólo es peligrosa para quien tiene peligro dentro de sí”.

(Clarice Lispector, “El vestido blanco”)

Eu sei que vou te amar
por toda minha vida eu voy te amar
em cada despedida eu vou te amar
deseperadamente

(Eu Sei Que Vou Te Amar, Caetano Veloso)
Llevo días postergando la escritura porque me acecha el temor del tiempo y su fin. Dedicando mis noches a otro asunto menos al de decir con palabras lo que siento, confieso que he decidido callar para sólo sentir, a propósito de no querer decir adiós.

Hoy comienzo a hacerlo con el corazón en fuga y los días contados.
Inicié el rito de despedida en el mismo sitio que me recibió hace ya tres meses, cuando recién bajaba de Aerolíneas Argentinas para aterrizar en esta helada y gris ciudad a una temperatura de 7 grados.
Sentada tras el vidrio de la ventana del restorán italiano en el que me estafaron aquella hambrienta tarde y al que juré no volver tras recibir un mal cambio de 2.80 pesos argentinos por dólar, brindé por ti, igual que anoche, en el balcón en el que cenamos mirando el cielo azul de Buenos Aires y los tenederos de ropa de este barrio que ahora extraño sin haberme ido aún.
No puedo evitar que esta ciudad me absorba, pero más me come el alma el saberte no aquí, no cerca de mí, ahora.
Comencé la despedida desde temprano, cocinando, como dice mi mamá que hay que hacerlo, “porque cocinar es un acto de amor”, como lo he hecho desde que vine al barrio de Monserrate.
Preparé el Mole Poblano que me trajo mi padre en su reciente vista, con todo y ajonjolí, y al probar su picor comprendí porque no querían comerlo mis compañeros de los otros países, pero me ha servido como pretexto para ocultar mi dolor: “Lloro porque el mole pica mucho, de veras”, dije mientras chorreaba a moco tendido nomás de pensar que ya me voy.
Fui a despedirme de San Telmo. Recorrí sus calles empedradas de grandes antigüedades, vino, fiambres y helados, con la dedicatoria de tu libro volando en mi cabeza. Pensando en La ciudad sin Laura, la ciudad sin ti, la ciudad sin nosotros y sin todo lo que hice, lo jamás pensado. Lo hecho, lo habitado, aquí, lo muy dentro.
Frente al letrero del Campo di fiore, entre la calle Venezuela y San José, me recibe de nuevo el mesero que hace ya más de 90 noches me preguntara: “¿Qué salsa querés para tu pasta, mexicana?”.
Ordeno Sorrentinos con Roquefort y vino de la provincia de Mendoza, mientras observo, tras el vidrio, el trajín dominical de los Buses con letreros de los sitios que he pisado por 70 centavos argentinos: Teatro Colón, Recoleta, Plaza San Martín, Florida, Caminito, Barrio de la Boca, Congreso, Belgrano, Retiro, Chacarita, Puerto Madero.
Una señora entra al restaurante preguntando en dónde queda la confitería que hace buenas facturas y medias lunas todo el año.
Mi mesero preferido le explica que al frente, en la calle Chile esquina con México, y yo me quedo con las ganas de decirle: “Señora, el pan, la vida, el vino, los quesos y Chile y México están aquí, en mi alma, lacrados como los nombres que le graban a los mates de alpaca”. Pero me guardo el comentario y brindo, mirando tras la ventana, como lo hiciera esa tarde hace tres meses.
En mi despedida contemplo las más de 800 fotos que he coleccionado desde agosto, son tantas que sólo caben en la memoria no electrónica de lo que soy y en el Pen Drive que llevo dentro. No hay lugar más amplio donde guardar. Con todo el dolor de mi alma borro las que las que no sirven y las que no se pueden ver. Delete, delete, delete… Mientras trato de encontrar —como dice Clarice— mi Pasárgada, ese país imaginario lleno de situaciones felices. Y hago mi recuento, fueron tantas imágenes en tan poco tiempo, que he postergado su escritura para puro pensarlas, porque he querido vivirlas sin contar, no por ahora, porque me he dedicado a lo que no hace mucho: a vivir, a amar, a dejarme querer.
Escribo desnuda, sobre la cama en la que tantas veces sentí que volvía a ti: ven, ven de nuevo. Por eso escribo así, para ti, como jamás lo había hecho y es extraño, pero cuesta mas desnudar el alma con palabras que despojarme de las ropas. Pero te pienso, así, te pienso, así quiero pensarte mientras hago el recuento de los días y doy gracias, porque la intensidad vivida es una impresionante amalgama de sentimientos que me explotan.
Recuento. ¿Qué cuento primero, sólo por ahora?
Dejé mil historias pendientes para la Colombia que me recibió como mi segunda tierra.
Recién me enamoré del árbol de Lapacho comiendo mangos silvestres con cáscara en Paraguay, escuchando a Neruda y a Sabines en tu voz de tenor.
Pedí un deseo en el arco iris de las aguas del verde y limpio Iguazú Brasileño, tan alegre como lo imaginaba.
Dejé mi corazón sobre el dique del Río de la Plata en el que nos dimos al destino y prometimos no llorar, en la tierra mediterránea de Colonia, el sitio más querible que he pisado jamás.
He hecho tanto en tan poco tiempo, desde tomar la mano del Rey Juan Carlos de España, platicar con el padre moderno de las Ciencias de la Comunicación, hasta pararles el alto a las argentinas respondonas asegurándoles que a mí me respetan, porque en mi país esa manera que tienen ellas de no escuchar e interrumpir a todos hablando como merolícas, se considera muy mala educación.
He amado tras una ventana de bellas cortinas color crema en Uruguay, con el amanecer cantando a Silvio en la voz de un trovador, mezclado con las risas de la gente brindando, oyendo sobre tu piel la serenata más hermosa de mi vida.
He subido a un faro marino para ver atardeceres y probado más de diez tipos de Alfajores.
He contado estrellas desde los balcones de Buenos Aires, comprado 16 hadas para mi hija y visitado la tumba de Evita.
He comido todos los helados del mundo y he bailado tango a plena calle, sin pudor ni experiencia, pero con la sonrisa mexicana que me han laureado desde que llegué.
He tomado Fanshop, Caipiriña, Fernet, Quilmes, cafés cortados y hasta Margaritas.
He visto ángeles en el sauna y reconocido mis alas en el Cementerio de la Recoleta.
He cantado en portugués, hablado guaraní, bailado salsa con los ojos cerrados y me he maquillado desnuda, frente a ti.
No me cabe en el alma tanto recuerdo, no se qué haré ahora, no lo sé.
Me viene a la mente el correo de July, con toda su razón: “Estoy segura que te encuentras dividida en dos, con una mitad del corazón queriendo correr para ver a Abril y la otra queriendo quedarte” y así es, estoy en una laura a mitades y la indecisión de tener que ser.
Me viene a la mente mi departamento blanco en Burdeos y mi sala impresionantemente limpia y mi vecina que me pide el arriendo con su peluca falsa y su curiosidad por lo que acontece conmigo y con Abril.
Me vienen a la mente las fiestas, los amigos y lo que soy allá en la gran Ciudad de México y me invade la nostalgia. Pero miro entonces sobre la pantalla de mi lap top a mis nuevos amigos los Rollingas, los cubanos, paraguayos, dominicanos, brasileños, chilenos, colombianos, peruanos y argentinos y pienso en que cada cual se va a su sitio como yo, muy pronto.
Se que tengo ahora una nueva ruta de países y puertas abiertas por visitar. “Pero que conste que llegaré con mi hija”, les digo. Mis próximos paseos serán con ella porque se me ha partido la existencia de pensarla lejos y de imaginar que no me recuerde.
“Eres una tonta Laura, ¿cómo se te ocurre eso?” —me decían las amigas antes de que viniera yo a esta porteña tierra. Lo sé, es tonto pero lo pienso y temo, que cuando mi hija me vea no me reconozca, que cuando no me mire, me olvide, y lo temo, como temo ahora el separarme.
He hablado ayer con Abril que me cuenta sobre su traje nuevo de revolucionaria y sus trenzas y su baile de Adelita que yo no pude ver estando acá, mientras me pide que no cuelgue: “¡No cuelgues mami, no cuelgues, quiero platicar contigo mucho!”.
Escucho con regocijo su tono norteño sintiéndome orgullosa y feliz. “Mi hija es norteña, ¡habla como norteña!”, pienso alegre sin nadie al lado mío a quien abrazar.
Juntas contamos los días que faltan.
– Faltan tres manos corazón, ¡tres manos!
– ¿Para que vengas mami y toques mi puerta?
– Sí cariño, para que llegue a Mexicali y toque y diga: “Vengo por mi hija Abi, porque la quiero y ya nos vamos a nuestra casita de México”
– Yo también te quiero mami, te extraño, regresa por mí
Me dice, mientras lloro como Magdalena en la cabina telefónica del locutorio en el que las llamadas cuestan 80 centavos el minuto en oferta dominical, con mi vecina extranjera a un lado soltando lagrimón loco igual que yo.
– Mami, te canto una canción, ¡no cuelgues, no cuelgues!… Quiero que platiquemos mucho…
Y me canta su última creación de 2 minutos: “Mi mamá me compró una hada rosa de alas moraaadas y dos vestidos, uno veeerde y otro rojo en Anjeeertina… Mi mamá va a tocar la puerta de mi casa y va a decir que vengo por mi hijita Abi porque la quieeeeero y ya nos vamos a irrrrr…”
¿Es válido el recuerdo para seguir? ¿Es suficiente?
Hace más de una década hice una prueba similar.
Se trataba de separar lo que mas quiero de mis nuevos cariños.
Funcionó, de Mexicali al Defe hay cuatro horas en avión y cuatro mil 500 kilómetros de distancia por tierra.
No sé cuánto tiempo de vuelo sea de México a Chile, pero si de mi tierra a Buenos Aires son 14 horas, tal vez a Santiago —y de Santiago a Concepción— sea un poquito más. Sin embargo, a ello habrá que aunarle que los cariños ahora son mucho más dolorosos que hace diez años, y la vida es distinta y el devenir también.
Pero soy porfiada, mucho, siempre porfiada y figurosa y necia. Tal vez no sentiría como hoy si no viviera de sueños, lo he dicho, más no se si este sueño alcance ahora para vivir.
Mi cuenta regresiva termina, como lo soñé, en los inicios de La Patagonia, he elegido 3 días de estancia ahí sola al final de mi viaje para pensar.
Tal vez cerca del fin del mundo la cabeza y los pensamientos me mejoren o el corazón se me vuelva aún más loco.
Lo recibido es demasiado e inmerecido. Llevo en la mente tantas bellas escenas como esta que evoco, ahora, en mi habitación del quinto piso de mi torre-hogar argentino en donde te pienso sin poder dormir mientras leo tu última dedicatoria en mi nuevo regalo: “La ciudad sin Laura”, de Francisco Luis Bernardez, Editorial Lozada, Buenos Aires:
“Los cafés, los balcones, los cines, las librerías, los helados, los restaurantes, las plazas, los museos… En esta ciudad, habitada por ti, acompañada por ti, vivida contigo, recorrida por nosotros y amada juntos, puedo comprender hoy que todo lo anterior, sin ti no hubiese sido. Amor, ¿cuál es la ciudad que debo recorrer?
Noviembre de 2006, yo de madrugada y tú conmigo, G.”.
Abro la página 16 y leo:
En la ciudad callada y sola mi voz despierta una profunda resonancia
Mientras la noche va creciendo pronuncio un nombre y ese nombre me acompaña
La soledad es poderosa pero sucumbe ante mi vos enamorada
No puede haber nada tan fuerte como la voz cuando esa voz es la del alma
En el sonido con que suena siento el sonido de una música lejana
Y en la energía que la mueve siento el calor de una remota llamarada
Porque mi voz es una vaga reminiscencia de la música sin causa
Porque mi amor es una chispa de aquella hoguera que eterniza lo que abraza
Para poblar este desierto me basta y sobra con decir una palabra
El dulce nombre que pronuncio para poblar este desierto es el de Laura.
Leo y digo, como dice Clarice: “Amo a quien tiene paciencia para esperar por mí y por mi voz, que se manifiesta a través de la palabra escrita[1]”.
Pensémonos corazón, aquí o en la distancia,
poquito maque sea.
[1] “¡Adiós, me voy!”, Revelación de un mundo, Clarice Lispector

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