Octubre de 2006:Crónicas en maleta. Hotel Laura

Crónicas de viaje rumbo a la Patagonia: Kilómetro 19. Tercera parada: Delta del Río Paraná: http://www.riohotellaura.com.ar

Te amé a orillas del río Paraná
en el lugar de tu nombre (G.V.A.)

Esa mujer propone que salte y me estrelle
Contra un muro de piedras que alza en el cielo
Y como combustible me llena de anhelos,
De besos sin promesa y sentencias sin leyes.

(“Con diez años de menos”, Silvio Rodríguez)
Existe un lugar llamado con el nombre que mi madre me puso al nacer, en donde los niños se paran a la orilla del río y saludan a los barcos en calzoncillos del brazo de sus madres, uno puede sentarse a ver el trajín de los buques, observar cómo sube la marea y repartir sonrisas. Se ven las estrellas y las golondrinas, hay árboles de distintos tonos y un paraje fluvial color arena en donde algunos se bañan y otros más, sueñan y admiran escuchando al cielo.
Para llegar hay que correr varias estaciones hasta Retiro, una especie de casco viejo y hermoso de ladrillo color asfalto desde donde salen los vagones rumbo a Mitre, para trasbordar el Tren de la Costa. Entonces ahí uno arriba al Río del Tigre que lleva al Delta del Paraná y llega al sitio de mi nombre.

Ahí habita una perra Pastor como la Kevina, que vivió conmigo en Mexicali y parió 9 perros una noche antes del nacimiento de Abril, para luego parase y mover la cola como sin nada; así es la perra que ladra en el sitio de mi nombre, grande y hermosa como la risa de Roque, el mesero recepcionista gerente y anfitrión que te recibe en el muelle desde el taxi Fluvial para preguntarte si tienes reservaciones, y te despierta temprano para que no pierdas el desayuno y te sirve Clericot con plátano y vino blanco de la casa después de contarte historias increíbles.
Así es el sitio de mi nombre, que existe, cerca del agua, en Argentina.
Chago, puertorriqueño Yoruba oráculo viviente me dijo hace poco, con sus collares de hueso en el cuello y su gorra arcoiris regetona sobre el cráneo, que buscara el amor cerca del agua, que el agua soy yo, “es tu elemento”, dijo, “y toca a los perros, son como tú, tus animales, eso te llenará de energía”.
Trece años atrás estuve tremendamente enamorada, tanto, que juraba sentir que sin él perdería la vida.
A veces solían preguntarme “¿Pero cómo estas tan segura de que lo amas?”, y entonces, revisaba su rostro y sus manos en mi mente, nuestros tiempos juntos y mi recorrido mental culminaba ahí, en el punto justo de lo posible y respondía: “Lo amo porque lo veo y quiero que sea el padre de mis hijos”. Fue así como Abril camina hoy cerca de él y con sus ojos.
No pensaba en el asunto de volver ser madre, porque hace mucho tiempo que nadie me estremecía, que nadie me removía absolutamente todo, hasta llevarme a imaginar de nuevo la maravilla de la maternidad.
Recién salía de mi cita con la cosmetóloga judía que mi nueva amiga Cynthia ―judía también— me recomendó, esperando no encontrarme a nadie. Cuan vanidosa que soy caminaba sobre Pueyrredon y French, cerca de Agüero, acá en Buenos Aires, esta ciudad que odié recién llegada y que ahora no sé como iré a despedir, porque quisiera quedarme aquí por mucho tiempo.
Es extraño y no puedo explicar cómo sucedió, pero la antitesis de lo que buscaba, es justamente lo que me tiene aquí, como decía mi abuela: “Tembeleque”, imaginando cosas.
Le había dicho que mejor nos encontrásemos mañana, porque seguro saldría yo con cara de cacahuate garapiñado, sin maquillaje, ni rimel y miles de puntos rojos en la barba y los cachetes.
Paula, la chica cutis de porcelana que me atendió me explicaba paso a paso qué ingredientes tenía cada crema que aplicaba, porqué olía así y decía —mientras me daba masaje en el rostro con sus manos de ángel—, que quedaría yo bellísima, pero yo sabía que terminaría como jitomate maduro, y así fue.
Por tanto, con mi facial estrenado y esperando la recuperación de la vanidad del día siguiente, salí ya sin sol, rumbo al Subte, segura de que mi único trayecto sería Pueyrredon, las seis estaciones rumbo a Catedral, trasbordo en la 9 de Julio para bajar en Independencia y caminar rumbo a San José, hasta el piso 5, departamento B del edificio en el que habito ya hace más de un mes.
Pero hay gente que nunca hace lo que debe y siempre busca más.
Yo creí que era necia, pero parece que encontré la justa horma de mi zapato.
Primero me detuve unos 20 minutos atorada en el Piso 1 del elevador extraño que me puso nerviosa. Sin encontrar la salida subía y bajaba y subía hasta que entraron 2 judías mirándome como bicho raro. Creí que preguntarían lo mismo que la dueña del despacho de cosmetología en el que me atendí, “¿Y vos sos Sefardí?”, y como no lo soy, mi respuesta tonta, pero buena para salir del paso sin decir que tengo ascendencia libanesa, fue la misma que di a las señoras de elevador: “Nop, soy mexicana”.
Salí pues, caminado con mis prisas y mi paso de genérala, sin hacer caso al consejo de María Elvira de restar rapidez si encontrara yo un hombre que por azahares del destino llegase a amar, por tanto, apuré la prisa unas dos cuadras, hasta escuchar alguien que gritaba mi nombre, así nomás, en plena calle.
Creí que estaba alucinando así que seguí, pero el grito de “Laura, Laura, Laura”, era cada vez más insistente.
Voltee la mirada y le vi, ahí, en la esquina, gritando y agitando sus manos arriba.
Le vi su barba esa extraña y picuda que no sé porqué me gusta.
Le vi sus cabellos negros y curvos plenos de luz, abundantes, brillantes tanto como su palabra.
Le vi parado bajo el letrero de Café Habana, uno de mis sitios preferidos en esta ciudad, en donde la taza es gradota y el café y los Alfajores saben a gloria.
– ¿Y cómo es eso de saber a gloria?, suele preguntarme
Yo le había platicado ya varias veces que ese café me encantaba y que deberíamos ir algún día juntos, pero no ese día.
No sabía si acercarme o no, con mi cara de cereza, con mis cachetes como recién atacados por un enjambre de abejas.
Así, yo con mi vanidad encima y sin una gota de maquillaje.
¡Oh, no!
Pero si le dije que no viniera, que no le gustaría, que yo estaría horrible, que mejor nos viéramos mañana.
No, ¡Oh, no!
Y el “Laura, Laura” que seguía.
Y yo que me había esmerado por estar siempre guapísima en cada día de clase, por no repetir ni uno solo de mis vestuarios, por elegir mi guardarropa mas sensual y por que no se me moviera nunca ni un solo cabellito.
Mi esmero es tal que las argentinas ya me han puesto miles de apodos, desde la: “la Bon Vivant”, hasta la jirafa porque dicen que mis pestañas son postizas.
Tanto me molestaban que hasta les di mi rimel de hueso de mamey: “Pónganselo —cabronas, pensé—, si las pestañas les quedan como a mi, se los regalo”.
Ni hablar, tuve que dar la vuelta y girar.
Caminé con mi cara gacha, pensando: “¡Pero carajo, si le dije que no viniera!”
Pero ahí estaba él, con su risa grande y esa voz ronca de acento extraño que igual canta como tenor que recita los países de mapa con sus historias de dictaduras, que me explica el proceso de elaboración del dulce de leche y me enseña cómo encontrar los caminos de esta curiosa ciudad porteña ya sea por Bus, Subte o caminando.
A los 20 pasos pensé: “Bueno, si sumo la panza y saco el pecho, como dice mi abuela que debo caminar, tal vez mire mas mi cuerpo que mi cara y se olvide de mis ronchas coloradas”.
Ya como a 8 metros de distancia de él, baje la prisa, y como queriendo no llegar, caminé mas derechita, pensando en mi cara y en el horror que le causaría verme así, pero de pronto me dio risa y sólo hice eso, reí.
Y recordé eso que dicen: “Tienes linda risa”.
Y reí, así nomás, de oreja a oreja.
No llevaba maquillaje, ni perfume, ni mi collar rojo ni mis labios brillantes, sólo eso, mis dientes de mazorca y mi boca abierta en semicírculo quebrando las comisuras.
Con mis ojos de china, esos que se esconden cada que sonrío dije “Hola”, le besé el cachete olor a maderas y me senté, para colmo de males, bajo la lámpara del letrero luminoso que destacaba la más mínima imperfección del cutis.
“El fin”, pensé, pero seguí sonriendo.
Me dijo que caminaríamos, que me llevaría a escoger mi regalo.
Acá en Buenos Aires se celebra el Día de las Madres en Octubre, así que yo, lo celebré dos veces, sólo que ésta, sin mi hija hada ojos de nube.
(00-52-686-558-58-84… Tuuuuut tuuuut tuuut. Llamada de larga distancia del locutorio del Tigre, el puerto de Río de la Plata más cercano a Buenos Aires, camino rumbo al Delta del Paraná)
– ¿Abril, cariño?, hola habla mamá
– ¡Mamita, mamita! ¿Estás en Angertina?
– Sí cariño
– Ven mamita, quiero verte, mira tráeme unos regalos y tú y yo jugamos
– Sí cariño, te tengo 5 hadas corazón, de colores, hermosas
– ¿Y vuelan mami?
– Sí corazón vuelan mucho y muy bonito
– ¿Y cómo son sus cabellos mami?
– Largos cariño, largos y rosas y azules y morados, y hermosos cariño, como tus ojos
“¿Pero quien este hombre que me lleva de la mano así, ahora?, ¿por qué lo siento como si me hubiese guiado de toda la vida?, ¿por qué me pierdo en su mirada profunda y por qué no tengo miedo?”, pienso mientras caminamos así, como muchas noches ya desde que vivo en Baires, platicando de los hijos, de nuestras tierras, compartiendo anécdotas y conociéndonos, rápido, como si nos quedaran pocas horas.
Llegamos a Musimundo, una tienda de música y aparatos electrónicos, videos y DVD’s sobre Avenida Santa Fe y a unos pasos de El Ateneo, el teatro librería más impresionante que he conocido jamás, en donde los lectores revisan textos sentados en lo que otrora fueran los palcos del Cine Teatro Colón, que al medio tiene mesas para degustar café justo en el sitio del escenario y las luces, esas mismas que han acompañado nuestro trayecto express de conocernos juntos, lejos de nuestras familias y a kilómetros de la patria que amamos y que ponemos a competir todos los días:
– En Chile hay muy buenos vinos
– En México existe un sitio llamado Ensenada que tiene el mismo clima del Mediterráneo y es una zona productora de vinos tan maravillosa, que de conocerla, te enamorarías, le dijo.
Yo le insistía que me diera mejor el regalo de sorpresa, “¿Para qué andar caminando por ahí con mi cara de mujer momia?”, pensaba.
Pero él es fuerte y tiene un caminar firme. Da pasos gigantes con tal aplomo que parece mejor no estorbar su paso.
Mira de frente y sigue como si fuera a ganar una batalla y lleva dentro de sí un guerrero y mil historias fantásticas que sabe contarme.
Así que seguimos.
Él dice: “Iré a donde tú quieras”, pero es a mí a quien va llevando.
Entramos hasta el segundo piso de la musical tienda y buscó y rebuscó entre varios estantes.
Me tomó de brazo y me tuvo cerca mientras revisaba los posibles regalos.
“Ven”, me dijo. Y llegamos al módulo, frente a una chica rubia para que me permitiera escucharlos.
Con él a lado mío, la chica de frente, dos clientes a los costados y un gerente discutón, me colocó los audífonos son tomar en cuenta mi tez paliducha y me abrazó, mientras yo no pude hacer otra tonta cosa que dejarme ir y tratar de detener un remolino de no sé cuantos sentires, que me venía desde el vientre hasta la garganta, mientras yo pensaba: “No llores, no llores, no llores”.
Escuché ahí, con los ojos de llanto de niña boba, el piano y el violoncelo de mi regalo en voz de Anabel López y Silvio Rodríguez, que decía:
“Te amaré te amaré como al mundo
te amaré aunque tenga final
te amaré te amaré en lo profundo
te amaré como tengo que amar.
La señorita dependienta de Musimundo envolvió, a su pedido, el CD de Silvio, Rabo de Nube para mí. Yo lo escuché y lloré toda la maldita noche, hasta llegar al Paraná.
Él es un hombre de nariz quebrada y blanca, y mirada de paz. Creo que en su otra vida fue un mosquetero, tiene bigotes tricolores y boca ágil que dice, desde cosas graciosas hasta discursos políticos que dejan entrever su vocación de líder.
Me cuenta, a orillas del Paraná, en el Delta al que hemos ido a ver pasar los barcos, con una perra Pastor Alemán prestada a nuestros pies, que quería saber quién era yo tras conocerme, e investigó y puso “Athié” en google para encontrarse con mi blog al que llama “el muro” —en donde escribo lo que según él, no digo—, ese en donde encontró miles de fotos y leyó, todo lo que yo le fui contando como si no lo supiera, para luego preguntarme: “¿Quién es Laura y quién Laathie?”
Me regaló un libro “para ser escritora”, en la fiesta del 15 de septiembre, en medio del tumulto del Palacio de Correos de Buenos Aires y con público mirón y copuchento —como dicen los chilenos cuando la gente es chismosa—detrás nuestro, después de piropearme mi vestido rojo, justo en ese, el día en el que suelo estar más triste que nunca, en el que se conmemoraron los 10 años de la muerte de mi hermana Paloma, me dio un abrazo y me dijo que me veía bella y más tarde me tomó de las manos a todo lo largo del camino a casa, para calentarlas con las suyas porque siempre las tengo frías.
Yo no sé qué estoy haciendo, ni cómo llegué aquí, pero estoy y sonriendo.
Chile, su tierra, es el país del que menos sabía de todo el mapa americano, jamás me interesó y el otro día ni siquiera identificaba su bandera, pero estoy, así, de su mano.
Él es la antitesis de lo que yo buscaba y tenía un letrero de “no acercarse” pero en un tiempo breve su sonrisa me ha dado una infinidad de nuevos caminos y ya no hay vuelta de hoja.
Su palabra me impacta y su carisma me perdió, exagerada como soy ya estoy aquí, queriéndole, como hace mucho que no quería yo, así, sin miedo a nada y desde muy hondo.
En internet, encontró un sitio hermoso. “Vayamos”, me dijo, “yo tengo plata para eso”.
Estamos aquí ahora y no lo creo, a orillas del Paraná, escuchando las olas, abrazados cerquita del muelle.
Arriba miles de estrellas y Orión, su galaxia favorita, según me explica.
Entre sus saberes están los libros, las aves, los árboles, los barcos, los peces y las estrellas, la política, la música y algunos nuevos y divertidos que ha aprendido con suma presteza, como las vueltas imprescindibles de la salsa para enamorar a las mexicanas y el buen abrazar desde la cadera hasta el pecho cuando se baila quebradita con una mujer norteña.
Su historia tiene muy poco en común con la mía.
Él es hijo de la dictadura y desde joven luchó para combatirla.
Yo soy hija de mi padre y desde siempre lucho por lo que quiero y sueño mientras pasan los días.
Estoy amando la trova de Silvio tan rápido como reconozco en sus ojos una vida, y se nos van los días como el agua y nos queda un mes o menos y yo no he restado impetuosidad a mi andar, ni he cambiado nada de lo que soy y sin embargo estoy así, aquí, sin miedo, increíblemente feliz y plena como hace años no lo estaba.
He tirado por la borda los consejos del amor que me dieron antes de emprender este viaje y a pesar de ello estoy aquí, en el Delta, en el Hotel Laura, mientras él me toma con sus dedos de magia y pienso en la pregunta que solían hacerme hace años: “¿Y cómo estás segura de que lo amas?” y pienso en mi hija y en lo que soy y doy gracias, porque no pedí esto y lo vivo. Porque vine a esta ciudad gris y llena de frío con la idea de ganar una beca e irme a Francia, mientras recorro las calles de Paris de la mano de Abril, sin esperar encontrarme a un hombre como el que me abraza ahora.
Y doy gracias porque no tengo miedo y porque me siento segura y soy feliz.
Y lo miro e imagino cómo sería un hijo nuestro y sonrío y agito la cabeza y me dijo: “Vuelve, Laura, vuelve”, mientras escucho algo que él me dice: “Te amé, a orillas del Paraná, en el lugar de tu nombre”.
Y pienso que tengo una frase para iniciar una novela: “… Corazón, te escribo amándote desde muy lejos, para contarte que tienes un hijo y es francés”.

5 Comentarios

Comentarios en RSS
  1. Pingback: Tejedora de historias » Escribe de amores y despedidas . 8 febrero, 2011 . 7:18 pm

  2. Hermosa historia

    Por: Cristiana Acosta . 27 febrero, 2011 . 7:55 pm

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  3. Me encanto tu historia, es hermosa.

    Por: Ruth grajales . 1 noviembre, 2011 . 4:01 pm

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