Octubre de 2006. Crónicas en maleta: Conversaciones en torno a un sauna

Crónicas de viaje rumbo a la Patagonia: Kilómetro 15. Segunda parada: Gimnasio porteño de Torre San José

Tu imagen me llegó

a las seis menos diez

y no pude dormir

ni un instante después:

Lucías tan real

que casi fui feliz,

pero a las seis y diez

me comprendí sin ti…

(Tu imagen, Silvio Rodríguez, “Descartes”)

Dice Alicia Steinberg que existe una escritura basada en nuestras propias asociaciones y obsesiones, que de eso se trata y que hay que repetir[1]: “repitan algo que siempre ha estado ahí, detrás de la frente, que ahora es la frente bombé de la Virgen María mirando al niño, habiendo adquirido, el aspirante a escritor, el derecho a asociar lo que va escribiendo con cualquier cosa que se le ocurra”.

Pienso en ese y otros derechos que me he tomado y de las asociaciones que mi extraña cabeza hace de manera constante, algunas tontas por prejuicio, otras fantásticas como la lucha de Momo contra el tiempo, otras más inverosímiles, como la historia de la vecina que vio en el sauna un ángel caído.

He hablado de connotaciones tratando de construir un diccionario de caló latinoamericano que nos permita, a mis nuevos compañeros de curso y a mí, entendernos sin dar significados erróneos a nuestras palabras.

La empresa no ha sido del todo exitosa, pero de mucho nos han servido las miradas y las risas que todo solventan, que ayudan, como hoy, a pasar los tragos amargos de la distancia y los dolores esos que le dejan a uno las lejanías de quienes no podemos tener cerquita para apapacharlos.

Por ejemplo, a veces las asociaciones mentales nos hacen perder la concentración tras las presentaciones. A continuación una sencilla Tipología de las Asociaciones (tomemos casos reales latinoamericanos, que son los que, curiosa y geográficamente tengo hoy a la mano y ya en el corazón):

a) Asociaciones derivadas del no conocernos:

  • René-Colombia-Ajiaco-buñuelos de Queso-Escobar- Vallenato- Gaviria-Salsa-Gabriel García Márquez
  • Rossana-República Dominicana-Burbujas de amor-pescados-piñas-plátanos-Juan Luís Guerra-Merengue-arroz con habichuelas
  • Gonzalo-Chile-Pinochet-vino-Festival de Viña del Mar-salmón-dictadura-Pablo Neruda
  • Manuel-Cuba-Pablo Milanés-Ron-Tostones-Bolero-Mojito-Celia Cruz-Playa-Fidel-Universidad de la Habana

Supongo que las asociaciones vienen con ida y vuelta, porque de allá-para acá, todo parece indicar que los otros compañeros de los países latinoamericanos me vieron de la siguiente forma:

Laura-México-Speedy González- Muertas de Juárez-Chavo del Ocho-chile-Tequila-Mariachi-frijoles-PRI-Taco-EZLN-Guacamole

b)     Asociaciones derivadas de la intensidad que representa la convivencia diaria y de comenzar a querernos sin haberlo calculado como parte de los viáticos y el permiso de ausencia laboral:

  • René: Colombia-león-inteligencia-bigotes de Zapata-alegría-país parecido al mío-valores comunes-sensibilidad-Buñuelos de Queso-izquierda-girasol-mandarinas
  • Gonzalo: Chile-Silvio Rodríguez-15 de septiembre-oso-sueño-rojo-halcón-liderazgo-sonrisa-fortaleza-salmón-vino-Región del Bio Bio-Alfajores de chocolate-ronquidos en el salón de clase
  • Rossana: Dominicana-Morenaza de fuego-canciones de amor para los hijos tras la línea telefónica de larga distancia-ternura-risas y más risas-Yuca con huevito-Rodocrosita-silencio-maestría y talento
  • Manuel: Cuba-bésame mi negra-Morenazo de requete contra fuego-galán de galanes-carcajada-tino justo para las buenas bromas-“¿Y dime chica, cómo está la mamá de Abril?”

Pero, en ocasiones, las asociaciones no tienen sentido alguno y llegan así nomás, cual bombazos de imaginación en el momento menos pensado. Como el otro día que vino a visitarnos la nueva vecina del Edificio Torres San José, mi hogar temporal en esta ciudad porteña del cono sur, a once horas de distancia del suelo que me vio nacer y a quince del sitio en donde Abril ve pasar la brisa del desierto mientras me espera.

A la vecina la conocí en el gimnasio del piso 17, a donde subo a veces para intentar deshacerme de los choripanes que ya se me hicieron vicio, y a donde suelo entrar al sauna, que se ha convertido en un resquicio de paz entre el trajín. Pero, desafortunadamente, yo no he encontrado ahí, en ese cuarto de 3 x 2 metros y escalones de madera caliente olor a carbón de altas temperaturas, más que mis propios sueños y no, ángel caído alguno, como afirma la vecina haber visto hace tiempo.

Subo al sauna sola para poder reflexionar a mis anchas y pensar y leer, sin que nadie me interrumpa. Ayer por ejemplo, leía el libro de Alicia Steinberg para aprender a ser escritora, que me han regalado más que como un obsequio, como un deseo, según dice la dedicatoria.

Estando ahí, como cada que subo, comenzaron a pasar por mi mente las tan mentadas asociaciones en torno al sauna:

Laura-9 años-Abuelita Carmelita fallecida en febrero de este año-hembra fuerte y morena de enormes proporciones-mano firme-vapor-mascarilla para la belleza porque “las mujeres siempre tenemos que querernos”, decía.

Laura-2004-Oaxaca-Temazcal-hierbas de Romero y afeites a lo largo del cuerpo desnudo-luna llena-anciana tepozteca que explica que el Temazcal fue hecho pensando en el vientre de las madres, en el que los hombres se sienten de nuevo como en el seno materno, en un lugar sagrado para encontrarnos con nuestras almas solitarias.

Deduzco por tanto, que en este sitio calientito, cercano al fin del continente, puedo encontrarme conmigo misma y comienzo la lectura.

El libro de Alicia dice que nada sucede si escribimos como pensamos.

Recuerdo entonces las palabras de Ariel antes de irme de México: “Tú escribes como vas sintiendo”.

Sí, así, atropelladamente, de la misa manera como se me vienen los sentimientos en tropel, desbocados a todo tambor, así, como quiero y vivo: con este corazón que ha sabido amar llorando, prisionero de libertad.

Y por consiguiente sin querer, me descubro llorando como ayer, a las 3 de la mañana, en mi sueño:

Estoy en un túnel, corro rápidamente con Abril tras de mí.

Estamos vestidas de hadas, ella es rosa, yo amarilla, tenemos grandes alas las dos.

Llegamos a un sitio hermoso, con escaleras inmensas y plenas de luz, una luz blanca e intensa, brillantemente seductora.

Entramos, corriendo, ciegas, sin mirar hacia atrás.

Alguien grita, a lo lejos: “Abril, Abril”.

Desde el cuarto piso observo a Abril, mi hija, que está en el tercero, asomando su mirada curiosa hasta media cintura por entre el barandal, mientras el grito que le llama continúa.

– ¡No Abril, no te asomes!, le dijo como le digo todos los días: “Cariño, cariño, no te asomes”, tratando de no levantarle la voz, tratando de no parecer una histérica, sin poder todavía, a estas alturas de sus 4 años de vida, encontrar el justo medio para ejercer la autoridad que no me sale, frente a ella, mi pequeño corazón con ojos de sueño y pestañas largas que me roba el aliento.

Abril me observa, pero sigue volteando, sube al barandal de la escalera mirando hacia abajo mientras yo pienso: “¿Por qué?, ¿por qué será tan inquieta?, ¿por qué no puede estarse tranquila un ratito?”, y le insisto, nuevamente:

– “Cuidado, no te asomes”.

Pero Abril ya no me mira y cae, simplemente cae sin haberme hecho caso de no subirse al barandal, de no acercarse al vacío.

La observo que cae como cuando me tiro en paracaídas, con este temor de no saber qué pasará.

La veo, con sus alas rosas, en una caída interminable.

Con regularidad sueño caídas, pero mías, solamente mías. Sueño que caigo entre los árboles o hacia un vacío. Y mis caídas duran tanto tiempo, que puedo ir reflexionando infinidad de asuntos mientras voy para abajo y nunca me duele cuando llego al suelo.

Así, la caída de Abril rumbo al vacío de luz brillante me parecía eterna, sin embargo, en mi sueño me aventé tras ella, inmediatamente tratando de alcanzarla.

Ella caía y yo tras ella.

Sólo miraba sus alas rosas, como el hada que le compré en la feria del Mataderos, rosas, tenues, vaporosas volando.

En mi sueño Abril caía finalmente al piso.

Recuerdo que no me dolía nada, pero, con mis miedos de siempre, volteaba la mirada para observar a mi hija esperando no encontrarme con lo inesperado.

Abril no tenía sangre tras la cabeza, estaba parpadeando, me miraba con sus ojos de maravilla y sonreía.

Yo la levantaba mientras gritaba como loca: “¡Eneida, Eneida, por favor ayúdame, llama a una ambulancia!”

Recuerdo que Eneida, estaba también ahí, en el sueño blanco, como a unos 4 metros de distancia, hincada, hurgando con sus nobles manos sinaloenses un directorio telefónico de la sección amarilla.

Tomé a Abril de los hombros y la cabeza y no le dije nada.

De ella fluía un líquido blanco en lugar de sangre y una cosa extraña le crecía tras la nuca.

Comencé a gritar de nuevo, sentía un pavor enorme.

Eneida seguía buscando el número de la ambulancia, mientras yo sostenía a Abril entre mis brazos.

Recuerdo que en mi sueño, ella me hablaba, y me decía “Mami” y estaba sonriendo.

Al final del sueño Abril tenía las orejas extrañas, pero ya no le vi alas.

Estando en el sauna, pensando en todo eso, seguí las instrucciones de Alicia sobre cómo escribir pero como tradicionalmente me sucede, no traía nada a la mano más que una toalla y pensé que mi método de escritura tal vez no sea el adecuado, porque no escribo en papel y reescribo en la computadora más adelante, sino que cierro los ojos y “me leo”, me digo en voz alta como si escribiera el texto, y “me lo cuento”, hasta que termino y ya después, esa misma noche o varias más adelante, lo escribo como ahora frente al teclado.

Eso mismo hice ahí en el sauna, hasta que me descubrí ridículamente en llanto, recordando a la vecina colombiana de este mismo edificio que me dijo, que según ella, cuando subió se encontró a un doctor que era “Tan guapo que parecía ángel caído”, mientras que yo me espero para entrometerme aquí sin que haya absolutamente nadie, el sauna para mi solita, nada de ángeles caídos aunque sean hermosos.

Luego, me reproché pensando en la ridiculez de mi situación: “Yo ahí sola, con mi libro de Alicia, las manos en el rostro y mascarilla de miel con polen en la cara, las paredes de madera, el carbón ardiendo, el choripan exudado por los poros y tapándome los ojos. Llorando por un raro sueño, porque extraño a mi hija, porque me hace falta, porque ya no me despierta a las 3 de la mañana para decirme que quiere dormir conmigo, porque ya no escucho su risa, porque la quiero entrañablemente.

Es raro pero este juego de asociaciones me tiene ya con varios días de pensamientos.

Supongo que todos asociamos, pero, a veces estamos con tal sentir que cualquier cosa nos enchina el cuerito.

Salgo del sauna y me encuentro el altímetro, asocio entonces los recuerdos de la infancia con los centímetros metálicos que asoman debajo de la leyenda: “CXAM-Altímetro / Industria Argentina / 1.57 y medio”, y descubro, que puedo perder peso y llanto pero no gano altura, sigo midiendo lo mismo que cuando el Doctor Amor, a mis 11 años, le prometió a mi papá una formula fantástica para hacer que mis hermanas y yo aumentáramos de tamaño, como si fuésemos de goma.

Tal ves por esas asociaciones escribo como siento, porque ahora como siempre, lo siento todo.

Así, asocio y asocio mientras mi corazón sigue.

A veces hay sueños que olvido pero otros se me graban para no dejarme dormir, como este.

Tut, tut, tut

(Marco desde el locutorio de la esquina de la calle Agüero, en donde se ubica el instituto de la UNESCO en que ahora estudio)

(00-52) la clave internacional, 686 (clave de Mexicali) 558-58-84

Otra vez no está la Abi

– ¿Pues a dónde se ha ido ahora?, pregunto a Checo, mi ex cuñado a quien quiero como a un hermano

– Se la llevaron a Tijuana

– ¡Pero si el lunes pasado estaba en Ensenada!, ¡que niña tan viajera!, ¿pues cuándo voy a poder encontrarla?

– Llega pasado mañana Laura, no te preocupes

– Es que, ¡qué barbaridad, que hija más vaga tengo!

– Se parecerá a su loca madre, me dice Checo soltando la carcajada.

Hoy me ha hablado mi padre desde el DF, para avisarme que viene con toda la raza.

Vendrán mi hermana Marmar, el Soruyo, Angie su esposa, mi tía Margarita con todo y sus rizos, sus ojos de leopardo y su carcajada, y mi primo Farid para verme en Buenos Aires.

Ya nos imagino corriendo entre las calles, ellos tras de mí echando carajos y diciéndome como siempre que para qué traigo prisa.

Su llamada me ha llenado el corazón de nuevo porque, ah cómo extraño.

Habíamos hablado sobre la posibilidad de que con ellos se viniera Abi, pero, parece que no será posible.

Quisiera soñar que voy al aeropuerto de Buenos Aires y los recojo y que por detrás de ellos, de pronto me gritan: “¡Mami, mami!”

Y quisiera soñar que la que me grita es mi hija y que viene corriendo y que la abrazo.

Y que la levanto y le digo que la amo y que me dé un abrazo de oso, juerte, juerte.

Pero me siento contenta, porque pronto llega parte de mi gente.

Aunque a sabiendas sé que más de 3 Athiés juntos son peligrosos y que Dios nos ampare a mí a ellos y a todos, estoy alegre, pero tengo tisteza — como diría mi Abi—, una tisteza que a cada rato se me arrecia, cuando veo sus fotos en el protector de pantalla o cuando Mechi, una hermosa mujer rubia proveniente de La Rioja, me cuenta que su hija le llama por teléfono para darle instrucciones de alimentación: “Mami, tal vez podrías prepararte una sopa con mucho queso para tu cena”, me cuenta que le dice.

O como cuando escucho, así como ahora, a Rossana Rosso, mi compañera roomate Dominicana, cantando por teléfono a su hija Carolina —que le dibujó una verdadera primavera de colores hermosa y no fría como esta que estamos acá viviendo— canciones quedito como si la tuviera cerca y se me parte el alma y entonces yo también lloro, pero en silencio, para que no me vea, y chillo, aunque ni soy su hija.

Así merito me entra la tristeza.

[1] Steimberg, Alicia; Aprender a escribir: Fatigas y delicias de una escritora y sus alumnos, ed. Aguilar-Altea, Buenos Aires, 2006, p. 54

1 Comentario

Comentarios en RSS
  1. Muy querida… Laurita, Castañuela, mamá afligida, amiga entrañable, vuelvo a leer tu relato y me haces llorar pero por fuera, no por dentro, como tú.
    Me permito sugerir: Al terminar el párrafo que comienza: “Abril no tenía…Cerrar con ¡Y yo, amarilla!
    El párrafo que comienza: Es que ¡que barbaridad… suprimir: “es que” y comenzaría: ¡Qué barbaridad….
    “Ya nos imagino” suprimir y sólo dejaría: Todos corriendo…. Te mando los datos que faltan sobre mi abuelita

    Por: Yerbafina . 29 abril, 2011 . 6:11 am

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