Noviembre de 2006:Crónicas en maleta. Abril-Domingo

Crónicas de viaje rumbo a la Patagonia: Cero kilómetros. Alto inesperado: Interrumpiendo la elaboración de mi informe final

“De repente me pregunto por qué tengo que contar ésto, pero, si uno empezara a preguntarse por qué hace lo que hace, si uno se preguntara solamente por qué acepta una invitación a cenar, o por qué cuando alguien nos ha contado un buen cuento, enseguida empieza como una cosquilla en el estómago y no se está tranquilo hasta entrar a la oficina de al lado y contar a su vez el cuento; recién entonces uno está bien y puede volverse a su trabajo”.

(Julio Cortázar, “Las babas del diablo” en Las armas secretas, Buenos Aires, 1959)

Seré un buen ángel
hablaré con Dios:
“Yo te obedezco amándote a mí manera”
Y le hablaré a mí manera
y le diré:“¿Tú que esperas de mí?…
Yo estoy amándote a mí manera”
(“Si yo fuera un ángel”, Ana Belén, Viva L’Italia)
Siempre es complicado concentrarse con los hijos revoloteándonos a los alrededores queriendo jalarnos las orejas, pero para eso han venido al mundo, para rompernos los esquemas, tumbarnos de la realidad, sacarnos de la monotonía y recordarnos que vivir es ver más allá de los presupuestos, que los planes no se construyen sobre papel, sino a la marcha forzada de lo que venga y con valor. Y que el que no transpira de la emoción está muerto, quebrándose poco a poquito como flor reseca.
Bajo la responsabilidad del destino omito concentrarme en la redacción de mi tarea final porque la imagen de Domingo no me deja tranquila.
Hace rato hablaba yo con su padre y discutíamos sobre si el tiempo exacto y los cuarenta de las mujeres y esos asuntos terribles que me trastornan el entendimiento sacándome de las casillas porque me recuerdan la palabra que más temo en el mundo y que empieza con “T” (de temible y tremenda y terrible menopausia)
Trato de concentrarme pero no, yo me pierdo en su imagen y cuento, porque como dice Cortázar: tengo que escribir, uno de todos nosotros tiene que escribir, si es que todo esto va a ser contado.
Domingo es de grandes cachetes blancos y piernas gorditas y rollizas como hechas de arroz. Con sus cabellos curvos y negros, cruza corriendo —esponjado cual nube porteña— y tropezándose con Abril detrás queriendo estrujarlo, mientras va gritando, con esa voz que tanto me recuerda la primera vez que escuché cantar Rosas en el Mar en el sótano teatro de una casona allá en el barrio de Belgrano, y descubrí que a veces los tenores no se saben tenores, aplaudiendo a rabiar porque el que cantaba era el hombre que comenzaba yo amar y que ahora adoro.
Siempre que le veo correr con sus pasos de niño sin miedo a la existencia, me siento feliz y pienso que la vida es increíblemente mágica, porque camina con paso firme y sin miedo como su papá, con la misma firmeza que me conquistara hace ya tiempo allá en Buenos Aires.
No me he preocupado mucho por aquello de educarlo adecuadamente pues mi única fórmula es la misma que he aplicado con Abril: cariño, a montones y que Dios guié lo demás (fácil echarle el paquete, asunto de poca vergüenza, lo sé y no me avergüenzo). Si bien eso de educar no es sencillo, aquello de amar si se me da, por lo menos, de aquí pa’ todo el que se acerque con buen talante. Afortunadamente el único espacio de salvación lo da su padre, que sí es centrado y aplica al proceso educativo la responsabilidad paternal justa que su corazón de esponja le permite.
Suelo sentarme con Domingo frente a su rostro noble, para observarle la mirada un poco mexicana y un mucho ya no, fascinándome al descubrir que me ve igualito, con esos ojos ojerosos y de halcón de quien le diera vida, por eso beso su perfil de la misma forma en que beso el del padre, en el mismo huequito, en la misma orilla, porque los dos poseen esa nariz quebrada de líder que me dijo: “Ven, sígueme” y que me trajo hasta aquí.
Me gusta leerles cuentos a los dos y a veces Abril me ayuda —como ya es experta y sus finales literarios son tan impredecibles y mágicos, como la vida que me tiene hoy soñando a empuje de teclas y amando a fuerza de dejarme ser— impactando a su hermano con esa expresividad tan de ella. Es curioso cómo pueden ser tan iguales y tan distintos, una torbellino el otro calma y paz, como si el que hubiesen sido engendrados geográficamente de punta a punta, desde la frontera México norteamericana hasta casi llegando a Tierra del Fuego, permeara en los genes de cada cual.
Tiene su carácter Domingo, así de pequeñito, igual que la Abi. Cada padre, cada hijo, que magnífica gracia que desde niños tengan el don de decir “si” o “no” y puedan comenzar a dirigir sus propios destinos.
Todavía recuerdo cuando hace tiempo, en un Café Aroma cercano al Ateneo de la calle Uruguay y Avenida Santa Fe, allá en Buenos Aires (“La ciudad que tiene nombre”), charlaba con su padre acerca de las decisiones, de si primero deberíamos esperar a que yo estuviera bien de salud, de si irme primero a Paris si es que me fuera, de si los hijos y la vida y esas cosas, pero yo le decía que cuando nació la Abi lo hizo frente al mundo y contra todo pronóstico, únicamente con la confianza que me tuvo a mí. Así igualito llegó Domingo, porque la fuerza de los hijos se siente desde que se sueñan.
No estamos seguros si Domingo comenzó a venir en el piso 5 de Torres San José o en el Hostal San Gabriel de Colonia, en Uruguay o incluso, a orillas del Paraná, pero acá anda armando rompecabezas con la misma paciencia y carácter meticuloso de su padre.
Lo veo juntar las piezas acomodándolas por colores y me viene a la mente aquella noche lluviosa de noviembre en el Manténganse Hostel de San Telmo, cuando su padre —que entonces habitaba un cuarto chiquito de ese hostal colombiano— me mostraba todo lo que había traído de Chile en la maleta: un paquetito de agujas con hilos diversos colores por si tenía que remendar sus calcetines; un pañuelo de scout por si se requería o por si se le rompía algún brazo; una cajita de cerillos para acordarse de su patria, un silbato por si se armaba algún partido de fútbol y él tuviera que arbitrar; una colonia fabulosa olor a maderas que todavía recuerdo cada que respiro, y un espejo redondo de pie, en el que solía también observarme.
Mientras yo, a ese viaje sólo había llevado mi ropa y el quitapenas de María Elvira por si tenía que llorar mucho, y la foto de la Abi para ponerla al lado de mi buró, y mis amuletos de semilla de Tahua y cuarzo rosa para el amor que en algo deben de haber colaborado para que Domingo naciera.
Si bien la cabeza me da vueltas de verle sonrojado cada que se enoja de tan broncudito y el alma me gira de pensar que los hijos no son de uno, espero ansiosa el momento en que cada cual elija su propio tono, y su rumbo y me diga: “Madre, me voy para ser feliz”, porque creo que entonces estarán como yo anduve mucho tiempo, buscándome, encontrando a pedacitos lo que soy hasta saberme en calma, hasta estarme sosiega, hasta que, como otrora me decía mi abuelita Carmen, “se le salga el chile de la cola, ¡chamaca inquieta, tese en paz ya!”.
Yo no sé qué es lo que vaya a ser Domingo cuando ya sea grande, pero sí sé que como la Abi, lleva un nombre significativo que nos da felicidad.
Abril, es amarilla, viva, ágil, feliz; es luz y vitalidad como su hermoso nombre moreno y con un alma tan grande como los ojos que me recuerdan el brillo que llevo yo. Es la vida que me regresó a la mía y me dijo que siguiera porque me esperaban cosas grandes. Es la mujer más fuerte que conozco y una extensión de la felicidad que soñé imposible; la fuerza que palpita dentro de mí aún después de haber abandonado el vientre y a kilómetros de distancia, es esa mano que me abrió a lo que hoy construyo y que me guía, mientras le persigo por los parques tras los perros de diferentes razas.
Domingo es la calma, la paz, el dormitar tranquilo sobre la almohada; es el pensamiento profundo, como el día en que uno elige la familia en lugar de la calle, el espacio que se busca para la reflexión, pero es calor, el atardecer, el amor, el abrazo en el que quiero perderme; es las dos palmas abiertas y cálidas sobre mi rostro mientras me besa, es así, como el último día de la semana en el que Dios creó al hombre, como un te de manzana con canela al regresar de trabajar.
Así es mi hija y mi hijo. Mi hijo y mi hija. Así son.
Yo quisiera que la Abi fuera bailarina pero ella quiere ser hada, yo quisiera que ambos sólo fueran muy feliz.
Hace tiempo una gitana me leía la mano asegurando que mi vida tendría varios matrimonios y un solo hijo. Díjome también con cierta e inquisidora mirada que podría yo sacarme la lotería (aunque no se refirió a ninguna fecha o premio en particular) y que en mi vida haría 3 viajes trascendentales que me marcarían para siempre. Entonces yo no le creí nada, más que lo del premio millonario y le discutí con la tradicional rebeldía que me caracteriza que estaba loca, porque yo estaba segura de que iba a tener cinco hijos: “Pues tendrás que empezar desde ahora”, me dijo, “aquí la única loca eres tú”.
Hoy, entre la línea D y E, rumbo a Agüero, escuchaba la voz invidente de un hombre sin pierna que gritaba en la esquina de la escalera eléctrica y el trajín de las seis en el Subte: “Suerte, suerte, lleve la suerte”.
Compré dos boletos, uno para el padre de Domingo y otro para mí.
No sé si la suerte se compre o se pida o llegue o se nazca con ella, si exista o no exista y si es un don o una oportunidad para salirse del rumbo y la monotonía y creer que se es capaz de todo y más, pero siempre le invoco, siempre y siempre está aquí.
Es por eso —y porque le hablo a Dios a mí manera— que Domingo juega con su hermana la Abi mientras ella le cuenta historias con su voz norteña, y él le observa candoroso y profundo como su padre chileno, pensando en no se qué podría pensar un bebé tan pequeñito, pero con esa genialidad que se lleva en la sangre y que seguramente heredó del hombre que hoy amo.
“Vamos a contarlo despacio, ya se irá viendo qué ocurre a medida que lo escribo[1]”
[1] “Las babas del diablo”, Cortázar, Julio, en Las armas secretas, Buenos Aires, 1959

1 Comentario

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  1. Si lo que imagino es cierto, que bueno!

    Por: Cristiana Acosta . 27 febrero, 2011 . 8:26 pm

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