Septiembre 15, como todos los septiembres: Heavy Weight (Crónicas consanguineas)

Por Tarifeño, mi maestro de crónica, esperando esto sea una y tratando de no escribir como narradora enloquecida. 
Y para Paloma, por sobre todo siempre.
Grapas de titanio
Será la primera vez que escriba sobre ella, así que me sitúo en el asiento 13-A de Mexicana con Margarita, su mejor amiga, hablando de Paloma.


par

Es de todos sabido que Paloma era bella. Haciendo cuentas esto sucedió hace 15 años, cuando yo todavía no era madre.
Durante el viaje Mexicali-Tijuana en el carro de Luis, que me daba raite no pude evitarlo y lloré pensando en su cara, en su cabello y en sus uñas nacaradas con las que me pellizcaba cuando hacía corajes.
– Me respetas porque me respetas, ¿oíste?, soy tu hermana mayor.
– Cállate la boca, tú eres una enana.
No era fácil ponerse con Paloma: buena pa’ pegar, carácter del tamaño de sus muslos, mano larga de huarache volador que atina y mucho corazón.
No sabía que me encontraría con Magguie. Solicitamos asientos juntas, pedí ventanilla para ver el cielo. En 2 horas 45 minutos estaría platicando con ella sobre mis aventuras en la orilla de su cama de hospital, según me dijeron.
Magguie y yo comentamos sobre su carácter y las innumerables veces en las que le armó berrinche, porque Paloma era muy mal hablada cuando la situación lo ameritaba y también cuando no.
Este recuerdo de llegada al Defe no me parece tan poroso, porque lo veo y lo veo cada que hago Chiles en Nogada. Después de que el capitán no se quién nos dio la bienvenida, tronaron los cuetes y los vivas y los hurras y el cielo turbio de esta ciudad monstruo se llenó de fiesta de 15 de septiembre, mientras bajábamos por el gusano para encontrarnos minutos adelante sobre avenida Cuahutémoc hasta el Siglo XXI, que hace una década, era nuevo.
No sabía bien a bien qué había sucedido. Nos habíamos visto hace una semana en un viaje de familia que nos hizo coincidir juntas a todas las hermanas: Saira, Paloma, Cory, Marmar y yo, la última noche en casa de mi padre. Lloramos, teníamos tiempo separadas, jugamos cartas, tomamos Tequila y la vi borracha por primera vez en su vida –inusitado en sus 19 años–, tomaba litros y litros y a ti nunca se te sube Paloma. “No se me sube porque soy chingona”.
Para escribir esto revisé las fotos y juro que estaba tomada, aunque sea poroso el asunto como polvorón, porque lleva ojeras de rimel corrido y chapas rosadas en sus mejillas redondas.
Llegando al hospital la madre de Magguie trató de prepararnos para la noticia. Saludé familiares que hace años no miraba (yo llevaba 6 años viviendo en Mexicali. “¿Y hace calor?, ¿Y es cierto que hay indios?”… “Sí tío, hay indios y todas las tardes peleamos, lanzamos flechas contra el sheriff y usamos penachos para las fiestas”)
Enseguida vi a mi padre, caminando lento. Tomó mi mano, conozco su mirada. ¨Eres la mayor¨. No hubo más palabras.
Yo no podía creerlo. Ella estaba entusiasmada, feliz, como de sueño.
– ¿Y cómo saliste Paloma?
– Bien, muy bien, mañana nos vamos a la casa, me dijo por teléfono.
Se trataba de un experimento con grapas de titanio. Fue fácil para ella que solía conseguir todo lo que se proponía.
En el noticiario de Hoy Mismo, Guillermo Ochoa había entrevistado al doctor fulanito (a veces se borra aquello que hiere) quien platicaba sobre la posibilidad quirúrgica de bajar de peso (tiempo atrás, en el mismo programa vi yo a otro entrevistado productor de radio de la XEW que convocaba a jóvenes a irse a la frontera, tras lo cual, emprendí el viaje más importante de mi vida). Paloma fue a Jonsson & Jonsson y consiguió donada la engrapadora de titanio, firmó la carta de responsabilidad (“Ya soy mayor de edad papá, se lo que hago”) y la operaron.
– ¡Voy a perder muchos kilos Laura, muchos kilos!
En el pasillo del nosocomio estaba mi mamá como hipnotizada. No pregunté.
Deben haber pasado algunas horas. Esperábamos no sé qué. Yo comunicaba a todos lo que había sucedido: “Toma la libreta y llama”, me dijo mi padre con su traje negro de los velorios y el cuello rojo de urticaria, caminando como camina cuando suele llevar un dolor inconfesable. Asumí mi papel de poner el ejemplo y giré el disco del teléfono público toda la noche.
Con monedas de veinte centavos, marqué y conté una y otra vez la situación, una y otra y otra vez hasta que acabé en silencio, pensando en Paloma. Sí, aquí, sí, ayer, dije, expliqué sin pelos ni señales. Sólo lugar y hora, con ella en una imagen fresca, en una despedida que no se dio nunca, segura de que si le hubiese gritado fuerte, le hubiese implorado que no se fuera, no habría muerto.
De haber llegado minutos antes, la hubiera convencido como lo logro siempre cuando entrego el alma, de que viviera: ¡Vive hermana, vive!, por favor vive, ¡no te vayas por favor porque te quiero!
¡Se lo hubiera dicho!, la hubiera hecho reír a carcajadas y ella estaría aquí ahora, feliz, cerca de mi hija.
El primer recuerdo que me viene a la mente es un sonido de metal profundo y seco que me parte el alma. Un sonido terrible cubierto de blanco.
Se abrieron las puertas de la Zona B, recuerdo. Los camilleros jalaban a mi hermana. No pude soportarlo, quedé paralizada.
Todos miramos pasmados a dos hombres blancos, jalando la camilla que rayaba el mármol tratando de no herir susceptibilidades. La escena era muda, terrible, la más dolorosa de mi vida: camioneta abierta, familiares llorando, luces multicolores en el cielo, gritos de viva México, viva la Independencia, vivan los héroes que nos dieron patria, una camilla perla como montaña nevada, el llanto de mi madre, el séptimo rosario de mi abuela, los curiosos mirando de reojo y escondiendo el morbo, mi padre quieto ya sin llanto con los ojos perdidos y el rechinar de llantas de metal que no giraban.
Paloma pesaba 115 kilos y tenía 19 años.
Esa noche llovió mucho y olió a pólvora, recuerdo.
Cierro los ojos y veo a mi abuela, al sacerdote, uno, dos, tres Aves Marías, abrazos, condolencias. Negrura de quince de septiembre y festejo. Cuetes, balazos y piso de mármol por el que caminó un señor y nos dijo “Ya es hora, la llevaremos al crematorio”, mientras yo contaba que a Paloma le gustaban los sombreros y cómo le puse el ojo morado en aquella ocasión cuando me faltó al respeto y me dijo enana.
– Aquí está, dijo el hombre.
– Es demasiado peso, no puedo sostener así a mi hija. Llévatela tú, dijo mi padre.
Esa noche nos fuimos a la casa y recogimos todo. Durante varios meses soñé con Paloma.
A mi me dolía la espalda a la altura de las Lumbares con ese dolor de caballo que te da cuando no has comido, ni soltado lágrima, ni gritado desesperadamente: ¿Por qué te fuiste hermana? ¡No te vayas! ¿Qué voy a hacer sin ti si yo te quiero?
Al día siguiente, en el avión de regreso a Tijuana, mi madre y yo platicamos sobre ella. Paloma y su enamoramiento repentino, Paloma y su operación para ser más bella. Un hombre que no supo ver esa belleza no valía ni un gramo de su vida, ni el último suspiro, ni siquiera una mirada de sus ojos almendra, hermosos, gigantes como sólo ella.
Eso fue antes de que me peleara con los de seguridad que la querían abrir porque pensaban que la urna llevaba cocaína.
– ¡Que es mi hermana carajo!
Entonces sí se me salió el dolor y lloré como niña de cinco años.
Llovía a cántaros y yo lloraba y gritaba mierdas y carajos en el aeropuerto, y quería arrancarme los cabellos y tirarme al piso y decirle: ¡No te vayas Paloma, no te has ido! ¡No te creo, no te creo, no te has ido!
Caí en cuenta que había llevado hasta ese momento, su pijama de moño rosa y sus pantuflas en las bolsas de mi saco. Las he llevado durante muchos años, seguí gritándole durante varios meses.
Los de seguridad abrieron paso.
Durante el vuelo el avión se movió terriblemente, los pasajeros estaban asustados.
La urna de Paloma estaba encerrada sobre nuestras cabezas, entre las cobijas y los maletines de mano de los viajeros.
Es el clima, dijo el piloto, abrochen sus cinturones de seguridad y enderecen sus asientos. La turbulencia cederá en breve.
No cedería hasta pisar suelo fronterizo.
El avión se movía y la gente se agitaba. Paloma se estaba despidiendo.
Bien lo sabíamos mi madre y yo, a ella no le gustaba ir apretada.
Mi hermana girasol, mujer de visión grandiosa y espacios mágicos, rasgaba el cielo para abrirse camino.
Costa Hermosillo
En todos los poblados de México y en las ciudades, existen siempre homenajes al Tata Lázaro, aunque esto signifique grandes contradicciones, como las dietas yoyo o los sube y baja de los kilos rebote: resulta que las avenidas más importantes se llaman “Lázaro Cárdenas”, y llevan el mismo nombre que las escuelas más pobres, en las zonas lejanas a la periferia. Así se llamaba justamente (ya para no variar) la escuela de Chuy, niño ojos de volcán y de “¿Águila o Puma?” que trabaja de día y estudia de noche, en una escuela multigrado de Costa Hermosillo, Sonora.
El tema: La escuela, la vida migrante, la discapacidad. Los niños.
Chuy, su maestro, sus padres. Atrás, la costa, que huele pero no se ve. El calor que pica los ojos y sus cabellos arenosos desde Michoacán, que ahora viven en el norte.
Platicamos juntos, con una condición: mandarle su foto y darle Coyotas, requisitos mínimos y escasamente deportivos para entablar una conversación: “Quién sabe si quiera hablarle, es muy tímido y no ha comido”.
Su primera entrevista “con grabadora y todo”.
Mi primera visita a las familias migrantes.
El Campo “El Pañuelito” se encuentra a 2 horas de la capital. Ahí, el gobernador llega cabalgando en su pinto, con todo su séquito de funcionarios gordos a las espaldas, también cabalgando (o intentando), me dicen. “El otro día el secretario de educación tubo que ir a darse un masaje porque las cabalgatas duran varios días. Se cree que está en campaña”. Pero promesas electorales son promesas.
“El gobernador viene hasta acá para ver cómo se trabaja la tierra”, platica, dice cosas “bonitas” pero nada de comida y los patrones siguen siendo iguales, me cuentan en el campo.
Los dueños del “Pañuelito” son italianos, por eso este campo es distinto al resto y por eso han permitido que exista una escuela “Primaria General Lázaro Cárdenas”.
– ¿Y qué Chuy?… ¿Platicamos?
– ¿Águila o Puma? (“Hueles rico”, me dijo)
– Puma, muy Puma a pesar de todo.
– Entonces puedes sentarte, dijo.
Pudimos platicar pasada la negociación y después de acordar que repartiría Coyotas, hasta donde alcanzaran.
Chuy me contó con sus ojos de cielo que trabaja temprano y que ha costado trabajo convencer a sus padres de que lo dejen estudiar. En Costa Hermosillo cada niño vale 2 dólares la hora y la pisca es difícil.
– Pero hay que trabajar, me dice su madre
– ¿Usted cree? ¿Y qué comen señora?
– El patrón nos da desayuno, a veces. En la noche nosotros comemos lo que prepara cada uno, pero no es fácil.
La Escuela Primaria Lázaro Cárdenas es multigrado, con 3 maestros y 3 grupos para 56 niños que estudian de las 3 a las 6 o 7 de la noche.
“Pero los niños comen bien, acá les damos”, me decían (aunque yo los miraba muy flaquitos y pelones y sin dientes. O tal vez era el ambiente polvoriento que me nublaba la vista, o los moros con tranchetes que siempre se atraviesan, pero estoy segura de no haber visto panzas de más).
El menú consiste en chilaquiles sin pollo, o tacos de frijoles y papa. Nunca huevo, no hay Liconsas, tampoco reciben, según me informaron, ninguna beca Oportunidades.
“La oportunidad es la que les da el patrón de tener una escuela cerca, en el mismo campo, y también la de sus padres, que se organizan para hacer comida, acá nada sobra señorita”.
Chuy me mostró su libro preferido: “Quiero ser maestro”, me dijo.
“Yo te creo”, pensé, mientras comía carne con tortillas sobaqueras en el Restaurant Xochimilco unas horas más tarde.
 
Sopa Quemagrasa
Es fácil cuando se ama.
Una Col grande, 3 jitomates, 2 cebollas (“Que al final no saben”, jura), un apio y 2 pimientos morrones.
Tienes que echarla al agua bien caliente, sin sal, nada de polvos, “la pura verdura” dice.
La probamos. Según me cuenta la Sopa Quemagrasa es efectiva. “Yo bajé 6 kilos”, me dice, “por ella, por la maldita, sólo por ella me puse a dieta”.
El único detalle es que con la Sopa no se toma (o no funciona la dieta).
“Y los poetas siempre necesitamos un Tequila”, dice mientras tomamos un sorbito y se me atora un apio en los dientes.

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