Mi abuela Julia

Por Enrique Lima Bautista
Por las noches en la cena, nos sentábamos todos los que estaban en la casa y al terminar, contábamos historias de todo tipo, pero mis favoritas eran las de los fantasmas que habitaban en esa casa. Eran pláticas interminables.
Le escribo sobre mi abuela paterna llamada Julia, de la cual tengo muy buenos recuerdos. Podría decir que su principal don es la cocina, pero no, fue el ser buena, cariñosa, dedicada, meticulosa, aunque muy seria.
Recuerdo que pasábamos momentos muy gratos después de cenar o en la comida. La cenas eran especiales por que su casa era de las antigüitas, techos altos con vigas de madera. La casa era un pasillo largo que empezaba por la cocina, saliendo de ahí estaba el único baño, después el comedor, la sala, la primera recámara y por último, la segunda habitación donde se encontraba un altar muy grande con muchas imágenes.

Los cuartos tenían dos puertas, una que daba al patio y otra para pasar de una recámara a otra. Lo recuerdo muy bien porque en varias ocasiones me quedaba con mis abuelos a dormir y me acuerdo de todo casi a detalle. Cuando dormía con ellos era en la última recámara.
Al amanecer, por la puerta pasaban rayos de luz del sol, eran muy viejas, eso me gustaba mucho pues era algo hermoso para la vista. Me despertaba los gallos, las gallinas y el olor al desayuno que preparaba mi abuela, los frijoles negros eran un mangar sabrosísimos con las tortillas recién hechas con un vaso lechero con café soluble oro, pan de dulce; bueno algo imposible de olvidar. Por las noches en la cena, nos sentábamos todos los que estaban en la casa y al terminar, contábamos historias de todo tipo, pero mis favoritas eran las de los fantasmas que habitaban en esa casa. Eran pláticas interminables.
En la casa estaban todas las luces apagadas, a excepción de las de la cocina, esto ayudaba dar un ambiente más misterioso. Por mi cabeza pasaban infinidad de ideas, trataba de dar una imagen a lo que escuchaba. Yo solamente buscaba con quién acurrucarme, de preferencia con mi abuela, porque me abrazaba, por eso eran tan especiales las cenas.
Los festejos de cada año eran inolvidables, ya que los vivíamos con una intensidad por los olores, sabores y colores como: Semana Santa, Todo Santos y Navidad.
En Semana Santa se acostumbraba que mi abuela preparaba nieves y helados acompañados con rodeo (unas galletitas muy sabrosas como polvorones). En Tepeaca dicen que inventaron el “Amantecado”, un helado con leche, huevos y vainilla. A mí y a mis hermanos no nos gustaba el amantecado, por eso nos preparaban nieve de limón o sandía. Mi abuelo Emiliano solía decir: “Prepárales a tus nietos la nieve”, y mi abuela la preparaba muy sabrosa con esas galletas ricas.
Para el Día de Todos los Santos era todo un ritual. Mi abuela se encerraba todo el día para preparar los platillos que acostumbraba: mole poblano, arroz, tamales, atole, dulce de calabaza. Antes en las cocinas se preparaba todo, desde moler las especies en el metate y el molcajete. El Pan de Muerto era algo esencial.
Toda la familia llegaba a su casa y era como fiesta, porque nosotros jugábamos, yo me iba a la cocina para ver como preparaban el pan y mi abuela contaba la historia de cómo consiguió la recta del pan que hacíamos, decía que iba a ayudar a una señora a prepararlo, pero no le querían decir la receta, entonces la señora le decía a otra persona que estaba ahí con ellas: “Pásame la agua del número uno, luego la agua del número dos y por ultimo la agua del número tres”, tras lo cual mi abuelita se molestaba por lo envidiosa que era esa señora. Pero como mi abuela no era tonta, probaba las agüitas a escondidas, pues como estaban guardadas en recipientes de barro, no se veía a simple vista el contenido, y lo que guardaban era leche, agua de tequesquite y pulque para hacer la pelona, y para la hojaldra nada más llevaba jerez. Resultaba un pan muy rico. La pelona era muy especial por llevar pulque.
Para la Navidad mi abuela era también muy meticulosa. Yo la ayudaba a montar su nacimiento que era muy grande y con muchos muñequitos de gran tamaño, lo que me llamaba la atención porque los que ponía mi mamá eran más pequeños.
Mi abuela preparaba platillos ricos y tradicionales: pollo enchilado, espagueti, ensalada de manzana y rollo de carne. La fiesta empezaba con la acostada del niño Jesús, luego la posada y finalmente, la cena. Eran días muy felices, los festejos tradicionales eran para jamás olvidarlos.
Esa era mi abuelita, esa era Doña Julia.

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