Mayo de 2008. Cronicas consanguineas: (Delirio) The tinturi blue

El otoño vendrá con caracolas,
uva de niebla y montes agrupados,
pero nadie querrá mirar tus ojos
porque te has muerto para siempre.
No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.
Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos.


Cronicas consanguineas

(Alma ausente, Federico García Lorca)
Mientras veo a Laura caminar bajo la lluvia hacia la entrada de urgencias, pienso lo increíble que es el amor y cuánto puede sorprendernos la vida.
Fernando, el que me dió la vida, cumplió 66 años pleno de salud el mismo día en que Jesús entró en terapia intensiva.
Haciendo recuentos, da ya casi dos décadas que por estas mismas fechas Jesús le robaba el amor de Laura que se dejo llevar sin mirar detrás.
Contra todo y todos lo siguió, se siguieron, aún ahora.
Entonces, Fernando creyó morir y se dejó morir hasta que la luz vino a rescatarlo.
El destino.
Durante la tarde de domingo Laura y yo compartimos un vino y hablamos como hace nunca.
No como madre e hija, sino como debe hablarse cuando hay tantos pendientes por decir.
-Se que lo amas, le dije.
Sin dejarla pensar que él va a morir le ofrecí una empanada y brindamos.
Ella me cuenta entre llantos que él le ha cantado en inglés frente a las enfermeras, lo que nunca. “En inglés y a capela”, y él no habla ese idioma: “The tint, the tinturi blue”, me canta mientras el mesero espera la cuenta.
Son las 5, es tarde.
Laura se aleja segura de que en una semana regresará a Tijuana y volverán a salir juntos, y venderán comida a las afueras de la maquiladora y escucharán las rancheras de Vicente Fernández, y se sentarán a ver la televisión dejando caer el día y así, hora tras hora.
Yo le veo alejarse con su blusa de sifón negro y su chongo y esa belleza natural e impresionante que ilumina su rostro como si el tiempo no le hubiera hecho daño, admirando la valentía que tuvo para enfrentarlo todo.
Ella me mira segura de que tendremos que vernos pronto nuevamente porque ella y Jesús volverán a Tijuana.
Corre, no importa mojarse, porque él la espera.
Cama número 17-A, Hospital de Cardiología Ignacio Chávez, ahí, el hombre que ama ha perdido veinte kilos y delira, empapado en sudores y sin probar bocado.
La sangre no le fluye al corazón y los doctores ya no quieren operarlo porque no hay nada más que hacer, han dicho, “más que esperar señora”, pero ella corre, porque él espera, el hombre que la ama espera y porque juntos regresarán a Tijuana y “todo estará bien”, me asegura.
Y yo la veo, apurada, nerviosa como cuando se va a ver al hombre que amas y te pintas los labios y revisas que tu olor sea sensual y te sientes linda y te palpita el alma sólo de imaginarlo rozándote el pecho.
Y ella camina, bajo la lluvia.
Presurosa me dice adiós con el brazo levantado y lanza un beso, mira su reloj y aprieta el paso, porque el hombre que ama, por el que decidió cambiar su vida y ser otra y renovarse aunque el mundo se les viniera encima y los ojos de los demás les carcomieran vivos, se le va y ella corre, bajo la lluvia, hermosa pensando en la canción y en el tinturi blue.
Bajo la lluvia, el letrero azul: Terapia intensiva, la veo, es Laura.
Bajo el letrero, mi madre.
Una madre enamorada.
(Mayo de 2008, el año en que Laura regresó a su vida abandonada y en el que Jesús Nieto Bobadilla, su pareja por más de 20 años, la dejó para reencontrase en otra vida luego)

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