Marzo de 2004. Crónicas consanguineas: De las abuelas y esas gentes que nos enseñan a bailar mambo

A Carmen y a Carmelita, porque mis pechos suspiran como los suyos cada que pienso el largo recorrido de las vidas
(y con el orgulloso permiso de Carmen Franzoni)


Crónicas consanguineas

Lo que me mantiene viva son las esperanzas y recuerdos que a veces se consumen sin que exista razón como pabilo sin llama.
Conozco mis antepasados gracias a las voces de mi gente que me cuentan recuerdos y anécdotas e historias que valoro más que cualquier tesoro.
Mi memoria soy yo y sin ella, no habría Laura, no habría vida, no habría nada más que contar. Mis recuerdos fueron mi mayor legado y serán la herencia más importante que podré dar a mi hija.
Hace poco murió mi abuela.
Yo siempre estuve orgullosa de ella porque su vida me impresionó.
Se llamaba Carmelita (supe su nombre completo hasta leer su acta de defunción pero como a ella no le hubiera gustado que lo dijera, lo omitiré) y es una de las mujeres que admiro porque enfrentan al mundo sacando ventaja de sus defectos para ser aquello en que creían y afrontaron las consecuencias de sus actos con la frente en alto y la mirada firme.
Carmelita nació en Chihuahua pero el destino la llevó a La Lagunilla y ahí empezó su verdadera vida de mujer ─de hecho, yo también crecí ahí y hasta los 11 años recorriendo esos pasillos de verduras, cuellos de pollo colgando, azulejos blancos y grandes machetes sobre el madero para cortar la carne que Don Jube vendía a las marchantes del lugar.
Carmelita fue una auténtica Mambolera de Pérez Prado, lo poco que sé de baile y la mínima gracia rítmica que poseo se la debo a ella y a sus manotazos sobre mi nuca cada que me equivocaba.
Tuvo 3 grandes amores y muchos amantes y siempre sostuvo su capacidad de coquetería con el garbo propio de una dama, hasta sus últimos días.
Me llevaba a los baños de vapor obligándome a usar extrañas mascarillas para la belleza, me recomendaba infinidad de dietas y me enseñó a peinarme “como señorita” ─algo que por cierto jamás aprendí bien. A ella le debo también el conocer a Agustín Lara y el saber apreciar el valor del hombre que logra cumplir sus sueños estando muy abajo.
Carmelita solía ponerse muchas cosas en la cabeza. Sombreros cuando hacía sol, no se le fueran a manchar los cachetes. Turbantes de toalla cuando iba a la playa o salía del baño: “La mujer siempre debe ser femenina”, me decía, “Y sume la panza y sonríe niña, sonríe aunque te esté llevando la tristeza”. También se ponía los rabos de cebolla y las orillas del pepino, cualquier cosa era buena para colocársela en la coronilla y a cualquier extraño ingrediente le encontraba finalidad una vez colocado ahí, hasta el tope físico de su imaginación. Que la cebolla “para no llorar”, que los pepinos para las ojeras, que los veintes de cobre para el hipo o para no se qué.
Recuerdo, ahora con gracia pero entonces con una vergüenza descomunal, que para las grandes fiestas Carmelita jamás prescindía de las flores. Le gustaban el girasol, las margaritas, los claveles, mientras más grandes y coloridos mejor para ella y peor para mí.
Solía pasar por mi a la casa ─pues desde los sesenta hasta su último aliento fue una mujer “muy moderna” y manejaba su carro: “A mi nadie me lleva ni me trae que para eso me basto sola”─ y una vez llegando tocaba el claxon y me gritaba: “¡Vente Laurita, vamos a la fiesta!”, y yo, con mis 11 años encima subía al carro. Minutos mas tarde entraba por la puerta del salón o de la casa o del zaguán donde fuera la fiesta, para recibir las miradas sorprendidas de todo el mundo sobre la cabeza de mi abuela que mostraba sonriente una flor amarilla ─igual a la que contra mi voluntad también me había colocado─ sobre su oreja y sus cabellos negros que años más tarde se volvieron canas.
Yo le decía: “Abuela, no quiero ponerme flores en la cabeza, me da pena…”
Y ella siempre tuvo respuestas envalentonadas y sabias: “Jamás digas eso, las mujeres de mi familia no tienen pena. La pena nos nubla el camino para seguir adelante”.
El primer esposo de Carmelita fue un afamado Chef, mi abuelito Jorge, padre de mi madre Laura, que también es cocinera y bonachona, como él.
El segundo fue un comerciante poseedor de un negocio de marcos, gracias al cual muchos de los retratos de mi casa materna estaban enmarcados como si fueran de  Rembrandt. A Él lo llamé siempre Abuelito Papis,  y con él mi abuela recorrió el país y parte del mundo, pues le cultivó su espíritu viajero mientras nacía mi tío Pepe.
Pero el tercer esposo es el que más me impresionó. Era Sagitario, como yo. Lo conocí de 91 años, de uniforme y muchos galardones militares en el pecho, me mostró sus fotos con Obregón, Calles, Villa y Madero, y también me enseño a jugar Cubilete, además de abrirme a la verdad de los corridos revolucionarios: “No es cierto que Benito Canales haya muerto sin caballo”, me decía, “Pon atención, te contaré cómo fue la historia”, mientras la voz de López Tarso y la guitarra seguían narrando leyendas mexicanas de la Revolución.
A él lo llamé “El General”, el General Guevara y a su lado vi a cientos de soldados saludar y cuadrarse con todo respeto frente suyo, en mi primer desfile de 20 de Noviembre allá en el Zócalo, sentadita en las gradas bajo balcón Presidencial y con López Portillo arriba. Él fue quien enseño a Carmelita que las flores son bonitas, pero no hay necesidad de llevarlas tan grandes.
Ahora, que Carmen Franzoni me mostró orgullosa el trabajo de tesis que presentó su hija me he quedado muda y con los ojos llorosos y el corazón y el alma que se me partieron en dos: La Laura que fui y la que algún día seré, más olvidadiza que de costumbre.
No he podido evitar llorar y no he dejado de recordar a Carmelita.
Hace 2 meses viajé a Tijuana por una razón muy poderosa: Carmelita había dejado de ponerse flores. La última vez me dijo: “Laurita, ¿hacemos huevito con nopales?”, mientras mi madre rompía en llanto y yo le decía: “Sí abuelita, los hacemos”.
Ella solía preguntarme eso antes de desayunar cuando vivíamos en Algarín y yo tenía 9 años. El tiempo se había detenido y la estaba regresando a lo que fue.
En las fotos de Carmelita siempre aparecía morena, bella, pechugona, así trajera sastre o traje de China Poblana ─una de sus vestimentas preferidas─, con su cabello al hombro negro y chino como peinado de los cincuenta, parada con su rostro de mujer orgullosa de la vida.
Compré para su féretro un gran ramo de girasoles y flores de colores de las más llamativas que encontré. También elegí de ella mi retrato preferido y puse una foto mía y otra de Abril. Aparece en él la Carmelita que recuerdo antes de que comenzarán la Diabetes y los síntomas de Alzheimer: Cachetona y piernuda, con los chinos en vuelo y los labios carnosamente rojos, caminando sobre 5 de Mayo cerca de la Dulcería de Celaya, ella, con traje sastre gris pegado, falda debajo de la rodilla ─”Era un traje muy atrevido”, me decía. A mi me parecía el más sensual que jamás vi. A su lado, cerca de su mirada esquiva, se veían 3 hombres de esos que echan piropos y bienaventuranzas y palabras soeces y miradas de lujuria a toda buena mujer.
Esa fue la foto que elegí para el final de Carmelita, la foto del garbo y la sensualidad de la mujer que no olvidaré.
Carmelita es y será uno de mis personajes preferidos de esos que la vida raras veces da. Yo hubiera querido escribir 3 libros sobre sus grandes amores y sobre consejos para no sufrir por el amor, para contárselos a mi hija Abril.
Se vieron pocas veces, pero una, se tomaron de las manos y como invirtiendo papeles y generaciones, Abril, con sus dos años la jaló del brazo y le dijo: “Ven Abita, cuidado, no cai Abita, no cai”.
Realmente creo que si yo fuera Carmen Franzoni estaría así de orgullosa como ella, de mi hija y del trabajo que hoy me ha mostrado y que deseo compartir pues me ha conmovido profundamente aún en el trajín diario laboral. Se llama: “Alzheimer: La vida sin recuerdos”, de Paola Martinelli Franzoni, fotógrafa.
Y en su contraportada dice: “En memoria de mi bisabuela Carmen Aveleyra, quien padeció la enfermedad de Alzheimer”.
Gracias Paola, gracias Carmen y gracias Carmelita, a quien espero jamás olvidar, porqué entonces perdería la mitad de lo que soy y ya no tendría más vidas por contar.

3 Comentarios

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  1. realmente me fasino su historia no pude evitar llorar y transportarme a ese momento como si la mirara a lo lejos simplemente me ha llegado al corazon

    Por: zayda athie perez . 1 septiembre, 2010 . 11:58 pm

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  2. Llevo un par de años leyendo tus historias y siempre hay algo nuevo que me sorprende. Qué buena onda que existan personas como tú, que comparten vidas y que invitan al lector a ser parte de las mismas.
    Un gran saludo.

    Por: Anónimo . 4 febrero, 2011 . 6:18 pm

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