Mambo número 8


Para seguir saboreando…
La Tejedora de historias
A Carmen y todos sus amores
1971: Callejón del Basilisco y 2ª Calle de la Amargura, antiguo Barrio de Tepito
Mi padre me recogía de la escuela en su Oldsmovile verde 1959 para repartir los pedidos de mayoreo. Después, entre las pisadas lodosas de los cargadores, entrábamos caminando al galerón cuadrangular dedicado a la venta de legumbres, frutas, huevos, semillas, aves de corral y pescados.
De boca en boca, el mercado transformaba las historias de comerciantes, boxeadores, artistas y pordioseros hasta convertirlas en mitos, como el de Carmen la bailadora.
Ella y mi padre usaban mandiles de tela plastificada, botas de hule y guantes para protegerse del agua con sangre que escurría de las tinajas. Ofertaban menudencias o pechugas aplanadas y corrían al puesto de flautas de barbacoa para zamparse dos o tres aprisa, beberse el tepache y volver rápidamente al trabajo.

Yo los veía recogerse el delantal e hincarse frente a la virgen de los comerciantes que persiste silenciosa al pie de la escalera. Su mirada de cerámica parecía vigilarme mientras yo subía rumbo a la guardería.
La luz apenas entraba por las ventanas tapadas con periódicos viejos y cinta adhesiva para que los niños no se despertaran. A diferencia de los otros, yo no dormía. Pensaba en Carmen, en que pronto iría a sacarme del templo de pañales rancios y me libraría de los desconocidos que comían papilla. Sólo ella podía salvarme del segundo piso del mercado de La Lagunilla, en donde a veces aguardaba hasta que se vendiera el pollo.
A Carmen nadie le hacía los mandados, se bastaba sola. Se cuenta que tenía garra para el baile de salón, los ahorros, las ventas y las peleas a mano limpia sin réferi. No se le daba el canto pero ni le importaba, desentonaba boleros cuando le placía.
Fernando, mi padre, dice que corroboró el mito cuando él dijo que quería casarse con su hija. Entonces enfrentó su talante.
Se conocieron entre pierna y rabadilla, mientras despachaban el retazo con hueso. Mi madre era una belleza blanca y tímida de diecisiete años, recién coronada reina del mercado, y paseada por las calles sobre un tráiler, escoltada por una banda de música y globos de colores. Él, que se sentía el dios del uni¬verso, tenía veintiocho años y, cuando la vio a media pista, la sacó a bailar twist durante una fiesta a la que fue invitado como el próspero hijo comerciante de un emigrante libanés. Luego le propuso matrimonio.
De todos era sabido que Carmen no se andaba con tientos. Tenía carácter alegre en fiesta y de los mil demonios si alguien pisaba sus terrenos. Femenina pero ruda en los negocios. No se amedrentaba de llegar a los puños.
Tenía que sobrevivir en el mercado bajo las miradas de las otras mujeres y sus maridos. Caminaba firme y segura, atenta a que no le fueran a tranzar con el cambio, a robar la bolsa, a quitar la morralla o a dar el dos de bastos, esa estrategia de carteristas.
Parecía valiente ante todos, entrona, aparentaba tener fuerza. No lloraba frente a los enemigos ni se rendía, así otros vendieran más barato mientras su pollo se pudría.
Yo recuerdo a una mujer de cuarenta y tantos años, bullanguera, distinta al resto, que manejó hasta que le dio la vista, caminó hasta que sus piernas aguantaron y, cuando ya no pudo más, vivió lo suficiente como para no depender de nadie o hacer perder el tiempo a los demás en hospitales.
Imagino su furia en la escena de petición de mano que mi padre cuenta: ella rabiosa en la sala de su casa; mi madre llorando en el piso, jurando que no está preñada; mi padre tratando de detener a Carmen, y ella apaleando a su hija con manos y piernas, enfurecida hasta dejarla ensangrentada.
No me lo contó, pero sé que por motivo cualquiera, desde muy niña, a ella también la golpeaban, primero con puños, luego, la vida y las negativas de su padre para volver a verla. Según me dijo, tendría trece años cuando sufrió uno de los maltratos más humillantes de su vida.
Puedo imaginar cómo se sintió Carmen a esas horas, en ese sitio tan lóbrego. Juraría que advierto la grasa en las paredes, que escucho el correr de las ratas y el crujir de la madera contra el suelo en el que fue varias veces maltratada.
Lo evoco y parece que siento el olor del pasillo por el que subíamos, ese espacio húmedo y sanguinolento al que arribaban los camiones provenientes del rastro, cerca del puesto de pollo fresco de mis padres.
Cierro los ojos y recuerdo el corredor rumbo a la guardería del mercado. Ahí está ella, en la tienda del tendero, moviendo las latas, despachando la crema, la manteca, las habas.
Muevo el pie, subo el escalón, tengo once años, percibo el olor nauseabundo, la virgen con luces intermitentes me está mirando. Doy otro paso, la veo, lleva mandil y el patrón está a su lado, apenas en pubertad atiende el puesto del tendero que la mira, un día, un segundo día, que la roza adrede, lascivo, desesperado.
Recuerdo la mano del adiós de mi padre que me dejaba ahí, en el segundo piso, con la promesa de regresar en varias horas, y la veo a ella, la escucho gritar por auxilio: el tendero la toca, ella se defiende, lo araña, grita queriéndoselo quitar de encima y luego vuelve al rato, años más tarde, por el mismo escalón, sube uno, otro y luego el otro y entra Carmen cuando venía a buscarme a la guardería, con su risa carmín, su tez de ocre y esa voz que no paraba de contar historias. La miro platicar con uno y con la otra, rezar a la virgen, pedir al Divino Niño Jesús una súplica para los tiempos difíciles: tengo mil dificultades, ayúdame, con tu inmenso poder, protégeme, la veo persignarse, depositar monedas y gritar con su carcajada fresca diciendo: Pásele, pásele, marchante.
Esa niña morena de pechos florecientes, sin un padre que diera la cara, se sabía sin derechos y con obligaciones que ese día no había cumplido. ¿Para qué acusar, si nadie iba a creerle? Se paró, limpió la sangre de su piel y el sudor sucio del tendero, acomodó su falda rota, tomó las monedas que le correspondían por su trabajo en la tienda de abarrotes y volvió a casa.
1927: Popotla
Se llamaba María del Carmen González Arriaga, conocí su nombre completo al leer el acta de defunción. Su padre, Víctor González, la reconoció ante la iglesia y se fue, no sin antes zapatear unos jarabes.
Nacido en el pueblo de Tabernillas, Toluca, bailaba durante las fiestas con un vaso de tequila en la cabeza sin derramarlo, cantando: Huarachas, huarachas, huarachas gachas y víboras chirrioneras, ¿pa’ qué no me pican ahora?, que traigo mis chaparreras.
El día de su entierro, en un cerro toluqueño, hizo viento en extremo y llovió mucho. Cuentan. Carmen y sus hermanas daban instrucciones:
—Que se baje al difunto y se entierre mañana, nos estamos mojando —decían.
—De ninguna manera, que se suba y se entierre, ordenaba Carmen.
Juana y Soledad se contraponían a su hermana e indicaban que subieran al muerto. Los cargadores panteoneros levantaban la caja, muerto pasaba tieso en su ataúd pidiendo descanso entre las dolientes — entre las que por supuesto no se encontraba Carmen, quien movía la cabeza en señal de desacuerdo—, para ser colocado de nuevo al interior de la carreta, mientras el resto de la gente se sonaba las narices polvorientas y hacía el llanto.
—Que dije no y es no. Al muerto se le entierra cuando yo digo. Qué me importa que llueva— señaló Carmen.
Dicen que las señoras que lloraban como Magdalenas ese día del largo entierro que se hizo noche aseguraban que esta vez, de tanto que lo subían y lo bajaban, sí se le cayó la copa a don Víctor el muerto. Carmen, gallarda, sin ápice de duda, no cedió un paso ante su familia entera.
Sacando ventaja de sus defectos, se volvió el sueño de solteros, casados, viudos, divorciados, mayores que ella o con diez años menos. Era la hermana de menor estatura, la de más anchas caderas y la de tez más morena.
Mientras terminaba la primaria, comenzó a bailar mambo. Trabajó en algunos restaurantes con Sara, su amiga hasta la muerte. Luego se metió a estudiar para ser guía de turistas y aprendió un inglés coloquial tan convincente que bajó el tipo de cambio de doce a diez pesos el dólar, en cada una de las compras que hicimos durante nuestro primer viaje familiar a Laredo.
Hace tiempo que su padre, mi bisabuelo el de las víboras chirrioneras, las había abandonado. Las tres hermanas tomaron su destino. Juana y Soledad se casaron para hacer familia, no así Carmen, que, tras saberse embarazada, decidió abrirse camino lejos de su casa, para evitarle vergüenzas a Francisca Saturnina, su madre.
Dependiendo la anécdota o el tema de conversación, decía que había nacido en Chihuahua, en Aguascalientes o en el Distrito Federal. Una vez me contó que fue acapulqueña. El asunto es que a los veintitrés años llegó al mercado de La Lagunilla para trabajar el puesto de pollo de su prima Trinidad y criar a su hija Laura, recién nacida.

Era una mambolera de gracia singular. Lo poco que sé de mambo y chachachá se lo debo a sus manotazos sobre mi nuca cada que equivocaba el paso. Cuando bailábamos, yo terminaba en carcajadas, porque ella contaba del uno al ocho como si fuera Pérez Prado y terminando hacía: “¡Uh!”. Se movía como auténtica rumbera, y con el mismo ritmo trabajaba.
A ella nadie le regalaba nada, no perdía el tiempo, tomaba el tequila derecho y sin limones, aguantaba más tragos que los machos de su rumbo. Comía sano, a diferencia de mi madre, hacía ejercicio, preparaba sus licuados con jerez, huevo y vitaminas. En su cocina no había espacio para el cochambre ni las cucarachas. Le disgustaban los platos chicos o medio llenos, y no servía los frijoles separados de las verdolagas, te lo comías todo junto y rápido, porque el estómago no tiene departamentos, aseguraba.
Madrugaba aunque hubiera estado de rumba toda la noche. No salía despeinada o sin maquillarse, pocos hombres le aguantaban el ritmo al bailar o en las caminatas. No desperdiciaba un grano ni permitía que lo hicieras, jamás pedía dinero, siempre prestaba y se guardaba las monedas en el pecho. Comía los rabos de gallina y la cola de los camarones, chupaba los huesos del tuétano y las patas de pollo.
Durante su madurez, no perdió coquetería ni garbo. Esplendorosa hasta sus días finales, tuvo tres grandes amores y muchos amantes. Mujer limpia, mujer adorada, decía. No hubo día que no se bañara.
A mí se me dificultaba respirar en esa horrenda catedral de vapor y sudores, pero ella era asidua a los Baños Regis del centro de la ciudad, mudos testigos de nuestras andanzas jabonosas.
Yo me angustiaba al menor descuido, pues podía cambiar de abuela por la vista nublada o la confusión de gotas de agua en las paredes y los vidrios, la sal y las mascarillas de licuado de fresa con pepino o mermelada de almendras, avena y miel —todas de su receta original— que Carmen me aplicaba en favor de la belleza, mientras se tallaba el cuerpo con una toalla y las plantas de los pies con piedra pómez, hasta que la piel quedara colorada.
Siempre parecía con energía. Cuando tenía sesenta y tantos años, caminaba en lugar de tomar un taxi, bailaba sin cesar en cualquier verbena, cantaba cuando los jóvenes estaban agotados y, si los veía sentarse, los paraba diciendo:
—¡A ver, a ver, arriba!, que se nos está aguadando la fiesta.
Observarla cocinar era como apreciar un rito religioso. Así como el cura coloca la ostia sobre el cáliz, con la misma parsimonia, ella encendía la radio en la XEQ, se ponía el mandil sobre el vestido, observaba cuidadosamente los cuchillos, tomaba la olla y encendía el fuego con precaución de no despeinarse ni quemarse las pestañas. Yo permanecía sentada en un banco, desde el momento en que elegía los ingredientes, hasta el hervir de los tomates verdes con el chile. Ella me daba indicaciones sobre cómo ahorrar, porque la vida sería dura, y decía que me sentara derecha o quedaría jorobada y panzona.
Se negaba a leer recetas de cocina, argumentando que estaba vieja y lo sabía todo más que el diablo. Se colocaba rabos de cebolla, orillas del pepino, rabanitos en mitades o hilos rojos con saliva en la frente, según la dolencia o la necesidad: la cebolla para no llorar, los pepinos para las ojeras, los veintes de cobre para la buena suerte, los lazos para el hipo y los rábanos para que la boca nos huela muy bien y no haya impedimento para el beso.
Probaba sus guisados hasta llegar a la mesa, siempre confió en su sazón. Al paso de los años y al menor kilo extra, me llevaba a rastras a un rincón alejado de los comensales, para recomendarme dietas.
Intentó enseñarme a peinar como señorita decente, a escuchar el instinto para distinguir al hombre y a tejer una cadenita de estambre con gancho al ritmo de un derecho y un revés, hasta que se dio por vencida.
Decía que Jorge Negrete era un farsante y, sin embargo, lo entonaba con la misma pasión con la que me iba jalando al caminar entre los pasajeros del metro, con la mismísima fuerza que sentí en su voz al oírla llorar en el velorio de Paloma.
1997: Panteón de las Lomas
Seis sillones de piel, parientes sentados a la espera de las cenizas en la habitación del velatorio. Nadie lloraba en un volumen alto, todos, incluyendo a mi madre, sollozaban. Mi padre caminaba tieso, con el cuello lleno de urticaria. Llevaba puesto su traje negro de los velorios. Yo, en una especie de éxtasis incomprensible, no terminaba de creer lo sucedido.
Los cirios que alumbraron el féretro, en el que minutos antes yacía mi hermana con diecinueve años recién cumplidos, parecían vibrar con el llanto de Carmen. Mientras los otros aguantaban las lágrimas apretando la garganta, ella lloraba a lamentos dolorosos sin guardar compostura, desde la única habitación privada.
Aquella noche en que murió Paloma, Carmen lloró con el rostro, los ojos, la mirada. Gritó con la garganta, las manos y las uñas como si se las encajaran en el cuerpo, sufrió una desesperación que arranca los cabellos, un dolor físico que no he vuelto a ver.
Muchos años después, al mirarla tendida al fondo de la fosa, con los labios grises y los párpados tiesos cuando entré a la morgue, no pude llorar como ella lo hubiese hecho, aunque algo profundo me aprisionaba el pecho.
2005: Mesa de Otay, Tijuana
Encomendada por mi madre, entré al cuarto para encontrar a la enfermera muda que, estirando la mano, me dio un papel y dijo:
—Firme aquí —luego señaló con el brazo extendido hacia la izquierda— al fondo, ahí, abajo. Entonces la vi, tendida sobre la plancha, el color la había abandonado. Y no me gustó esa imagen gélida, porque ella era candente. Aunque firmé el papel y escuché las instrucciones, me alejé segura de que ésa no era la mujer que me ponía el mambo a todo volumen para enseñarme a mover la cadera.
Cuando entré a reconocerla extrañé su presencia bullanguera para con las buenas costumbres de sus tiempos. Esa mujer tendida bajo una luz, pálida, desnuda, con los pechos flácidos, opaca y sin vida debajo de la sábana, de ninguna manera podía ser mi abuela Carmen, porque ella jamás fue gris, al contrario, usaba artilugios incomprensibles en la cabeza: sombreros cuando hacía sol para no mancharse los cachetes, turbantes de toalla en colores vivos si salía del baño, pareos con estampados brillantes para la playa. La mujer siempre debe ser femenina, me decía, sume la panza y sonríe, niña, aunque te esté llevando la tristeza.
Para las grandes fiestas jamás prescindía de las flores. Le gustaban el girasol, las margaritas, los claveles, las rosas y las aves del paraíso. Mientras más grandes y coloridas, mejor para ella y peor para mí.
Solía pasar por mí a la casa en su Rambler plata:
—A mí nadie me lleva ni me trae que para eso me basto sola.
Tocaba el claxon con impaciencia y gritaba:
—¡Vamos a la fiesta!
Yo subía con pesadumbre, sabiendo la que me esperaba. Minutos más tarde entrábamos juntas por la puerta del salón, de la casa o del zaguán donde fuera el jolgorio, para recibir miradas burlonas sobre Carmen que, sonriente, portaba una flor amarilla o magenta sobre su oreja, igual a la que, contra mi voluntad, me había colocado.
—Abuela, no quiero ponerme flores en la cabeza, me da vergüenza.
—Jamás digas eso, escuincla. Las mujeres de mi familia no tienen pena.
Yo saludaba, tratando de disimular, sin saber exactamente a cuál familia se refería, porque ninguna de las otras mujeres de la fiesta llevaba floreada la cabeza.
1977: El Molinito
Su primer gran amor oficial fue don Jorge Juárez, padre de mi madre Laura, cocinera de talento como él. Fue un afamado chef español de unos ciento ochenta centímetros de alto y quizá más de doscientos ochenta de cintura, que tras radicar en México tuvo un restaurante justo frente al edificio de Bellas Artes y Correos. Jorge era un gigante de voz profunda que, cuando se sentaba conmigo a dibujar, resonaba en mis tímpanos aún después de saludarme. Murió tiempo antes de que yo cumpliera quince años. Desconozco si cantaba, pero me parecía un apuesto tenor de enormes proporciones.
El segundo y el más apasionado, José Alcántara Cazas, un hombre calvo y sonriente, fue un comerciante marquetero que, para agradar a Carmen, enmarcó gratuitamente nuestros retratos de niñas, bodas, graduaciones y cuanto festejo terminara en fotografía, en chapa de oro con formas exageradas diseñadas especialmente por él, que hacían que nuestra estancia pareciera museo. Le llamábamos Abuelo Papis. Era un duranguense con el que Carmela recorrió el país y cruzó la línea hacia el otro lado varias veces, cultivando su espíritu viajero mientras mi madre, de diecisiete años, cuidaba el puesto, guardaba el dinero y educaba a mi tío Óscar, hijo de ambos y su nuevo hermano.
Pero mi favorito fue el tercero, un general de la Revolución que contaba una historia nacional divertida y totalmente opuesta a la que leía en mis libros de la SEP, con quien se casó a los cincuenta años.
Lo conocí de 82 años, un día que en una cita arreglada por Bertha, amiga que había recomendado a mi abuela darse tiempo para conocer un viudo de no mal ver, llegó a mi casa pretendiendo a Carmen, uniformado de verde, elegantísimo y cubierto de galardones. Pasó para llevarnos a nuestro primer desfile del 20 de noviembre en el Zócalo. Yo quedé impresionada al verlo así tan erguido, serio y verdoso, después de su autoritario ¡niña, busco a Carmela!, cuando le abrí la puerta.
Había llegado el hombre que la pudo aquietar, pero, ¡qué osadía decirle Carmela en lugar de Carmelita!, ¿cómo se atreve?… Mi abuela lo va a poner en su lugar, pensé.
Era asiduo a las fotografías y a las leyendas, que compartimos durante muchas tardes a media luz, en su despacho tapizado de reconocimientos y diplomas. Me abrió su verdad del México revolucionario al son de los corridos de Ignacio López Tarso, con su única y no oficial versión de los hechos:
—Mentiras que Benito Canales haya muerto sin caballo —me decía—. Ponte abusada, chamaca, te contaré cómo fue la historia que viví.
Mientras Carmen limpiaba, yo miraba las fotografías a caballo, a pie, con solados rasos, carabina o botella en mano y el general me explicaba su relación con éste o aquél prócer nacional en el departamento de Tlalpan que mi abuela conservaba reluciente.
Ahí se servía la comida sabrosa y en punto. Aunque al general no le gustara el picante, que Carmela utilizaba en exceso, siempre decía que estaba muy rico.
A condición de que por ningún motivo me atreviera a ganarle, el general me enseñó a jugar cubilete con sus dados de marfil, con Agustín Lara y mi abuela recomponiendo sus letras de fondo. Yo sacaba tercias y ella bailaba en la sala o platicaba con las amigas del INSEN que, sentadas y achacosas, le decían:
—¡Ay, qué bárbara, Carmela!, tú no te cansas.
Para el general todo era un misterio y siempre había que tener precaución, no nos fueran a escuchar los enemigos. Así; enamorar a Carmela y mantenerla sosiega le representaba un reto. Ella, indescifrable, él, un estratega, yo presenciaba a diario una misión de guerra. Finalmente la convenció con argumentos militares de que las flores son lindas pero no hay necesidad de llevarlas tan grandes.
Ahora me entero de que en su adolescencia, Carmen estuvo en el hospital un largo periodo en el que como tratamiento sufrió electroshocks, y que lo que yo creí ver como un Alzheimer la última ocasión que hablé con ella, era sólo su límite de vida, que parecía haberse terminado.
Ignoro si a ello se debían sus arrebatos de personalidad, pero recuerdo escuchar al general diciéndole:
—Carmen, tranquila —mientras ella caminaba con la pierna enyesada que se había roto porque la atropellaron cuando necia, como el general decía que era ella, insistió en ganarle a un trolebús en un eje vial. A raíz del accidente perdimos la imagen hilarante de ese carro gris plateado que veíamos llegar los sábados a la casa, con ella al volante y el general agarrando cauteloso el mango de la puerta, sin soltar el bastón, haciendo de copiloto.
Aunque tuvo que estarse tranquila por unos días, no paraba. Ahí iba el general detrás de ella a la azotea del edificio para tender la ropa o de Nativitas a Salto del Agua para caminar rumbo a Chapultepec. Él rezongando y ella, con su pierna enyesada, le decía:
—Ándele, camínele, mi general, no se me raje, ni se queje, ni mucho menos se me afloje.
Lamenté cuando la senilidad de mi amigo el general ya no le permitió seguir el paso de mi abuela. Era un héroe real, canoso y de zapatos boleados, amante de los juegos de azar y el caminar de Carmen, que se negaba a usar los anteojos bifocales porque le restaban hombría, aunque chocara con los cristales de los aparadores.
Entonces las fiestas patrias eran mi acontecimiento favorito, porque podíamos ver, entre el paso redoblado de los cadetes, la personalidad contrastante de Carmen y Manuel. Parecía que se armaba la guerra.
Por la Antigua Calle de Moneda llegábamos a Palacio Nacional, en un enorme auto negro recién encerado. Mi abuela, desesperada por el calor y por las medias, que debía de usar desde que se casó con el general, quería salir del carro. Mis hermanas y yo permanecíamos atentas con los ojos orientales, estirados hasta la nuca por la coleta de caballo. Carmen se estremecía por el tiempo perdido en saludos insoportables y deferencias, mientras el general bajaba con toda parsimonia como estirando cada hueso.
Sentadas a la espera en el asiento trasero, nosotras mirábamos la escena ataviadas con vestido ampón, moño, zapatos de charol y calcetines de encaje, boquiabiertas con la sobriedad de los militares de verde que abrían la puerta y decían:
—¡Adelante, mi general! —mientras mi abuela los quitaba del camino, abriéndose paso y mascullando— A un lado, anden, muchachos, anden.
Cientos de soldados marchaban y mi abuela, elegantísima, agitaba el abanico. Los rostros con casco giraban, los brazos erguidos saludaban, deteniéndose unos segundos frente al general y su esposa. El batallón se cuadraba respetuosamente en actitud marcial para saludar, ¡ya!
Sentados en las gradas bajo el balcón Presidencial y con el presidente López Portillo en el piso superior, buscaba autoridades en los alrededores del Zócalo. Sonaban las trompetas militares. La única generala floreada y sensual que veía era mi abuela.
En cada partido de póquer fueron envejeciendo. Se molestaban si uno perdía o el otro se equivocaba, cada vez veían menos, pero se negaban a admitirlo. Al cumplir noventa y cuatro años murió el tercer esposo. Doña Carmen González viuda de Guevara dejó de usar pantimedias y se fue apagando poco a poco.
Me sorprendió la actitud de mi abuela: al quedarse viuda comenzó a romper las imágenes con Obregón, Villa, Madero y Zapata, que el general me mostraba. No comprendí su enojo ni por qué lo hizo si yo le pedía que me las regalara. Quería guardarlas, pero ella me dijo que no, que me hiciera a un lado y no estorbara, que dejara de chillar porque la vida no estaba hecha de recuerdos, y continuó llenando el bote de basura con trozos de papel fotográfico. Ese día me molesté profundamente con ella.
1960: Dulcería de Celaya
Hace dos meses viajé a casa de mi madre en Tijuana por una razón muy poderosa: Carmen dejó de ponerse flores. Tenía varios días sin querer salir, olvidaba los sitios y las cosas. Cuando supo que yo había llegado, bajó de su recámara a saludarme. Estaba despeinada, calzando pantuflas, en pijama y sin los labios rojos. Hablaba como si estuviera perdida. Me besó y dijo, como si nos hubiéramos visto ayer:
—¿Te preparo tu huevo con nopales?
Mi madre, que sabía que la estaba perdiendo, rompió en llanto. Yo respondí:
—Sí, por favor, abuela—. Ella caminó despacito a la cocina.
Carmen, que insistía en que a la gente debe bautizársele con el nombre que indica su santoral, solía salvarme de la guardería y cuidarme mientras mis padres trabajaban. Cuando iba por mí, caminaba erguida llevándome a las compras mientras me cantaba a capela por la calle: Bonita, haz pedazos tu espejo.
Yo le pedía que me hiciera huevos con nopales, como los que esa tarde en la casa de mi madre se ofreció a cocinarme, aunque ya no sabía cómo prender la estufa, ni dónde se encontraba la sartén.
Ya no era la mujer que maldecía a ese inútil que construyó los ejes viales, moviéndose por entre las sillas para servir los platos en la mesa, arreglada en perfecta alineación de mantel, cuchara, copa y vaso:
—¿Por qué unos carros deben ir a la derecha y otros a la izquierda al mismo tiempo? No podemos voltear la cabeza en sentido contrario —refunfuñaba.
Esa Carmen que me recibió ya no se acicalaba con toda elegancia frente al espejo de luna de su habitación, para pintarse los labios de carmín antes de salir. De pequeña solía observarla y decirle:
—Qué bonita abuela—. De inmediato volteaba y me los pintaba también a mí.
La mujer que quería cocinarme como cuando yo era niña tenía setenta y ocho años y se había fastidiado de vivir.
Para su féretro compré un ramo de girasoles. Elegí el retrato que más me gusta de ella y lo puse en sus manos inertes junto con una foto mía y otra de Abril, para que nos cuide como nadie más lo haría.
Aparece en él Carmen antes de la diabetes, que me confesó en secreto poco antes de morir:
—Aunque no lo creas, tengo un novio que es joyero y nos vamos a casar.
Carmen en plata y gelatina, cachetona, piernuda, con el cabello en vuelo a la altura de la quijada, mostrando la nuca, labios rojos, caminando en el centro de la ciudad sobre la calle de 5 de Mayo, contoneando delicadamente las caderas como si bailara danzón en algún malecón veracruzano; detenida en el tiempo frente a la Dulcería de Celaya.
Bella, vistiendo un traje sastre gris ceñido al cuerpo, escote justo arriba de la curvatura de los senos, pañoleta anudada al cuello, falda debajo de la rodilla, medias de seda con raya, negras como su mirada, zapato de tacón, cintura de avispa rodeada de un delgado cinturón de cuero. Tendría unos treinta y tres años.
Era un ajuar muy atrevido, me decía. Jamás vi nada más sensual.
En blanco y negro, a su lado buscándole los ojos esquivos, se ven tres hombres echando piropos lujuriosos y silbidos, mientras ella camina con desdén sin siquiera mirarlos de reojo, como si no existiera en la calle nadie más. Reina absoluta de la acera, desapareciendo con su presencia a cualquier otra. Nadie existe en la foto, sólo mi abuela, bellísima dueña de su andar.
Le perdono su intento por que me bautizaran como Laura Leocadia —santa que toca el día de mi nacimiento— en lugar de Isabel. Esa sensual morenaza de fuego siempre iluminará mi vida y la de Abril, mariposa morena y libre, como ella.
Se vieron pocas veces, pero la última tarde, cuando nos preparábamos para ir a un restaurante oriental en la Mesa de Otay, allá en Tijuana, al subir los escalones de la entrada, Carmen pareció perder el equilibrio. Entonces Abril mi hija, con sus tres años de edad, la tomó de la mano y estrechó su brazo con firmeza ayudándola a subir, como si Carmen estuviera aprendiendo a caminar.
Podría escribir sobre su espíritu aventurero o contar la travesía que tuvo a sus sesenta y cinco años, cuando decidió irse a Ketchikan, Alaska, para emplearse en la pesca del salmón. Diría infinidad de secretos sobre mi abuela pero ni siquiera daré la receta del huevo con nopales que en sus finales quería cocinarme, porque lo de menos es si son tradicionales en muchas casas mexicanas o si se cocinan con más sal, perejil, cebolla y epazote, aceite de oliva o chile de árbol.
Lo único importante ahora era la mujer cuyo nombre consta en la foja 12-06 de las actas bautismales de la parroquia del Arcángel San Gabriel, nacida el 17 de marzo del 1927, de nombre María del Carmen, vecina de Popotla.
Abuela Carmelita, dejo constancia: te extraño. Te confieso que jamás me gustaron los rabos de ga¬llina, que tomo el tequila con limón y, no tengo remedio, soy chillona. Pero afirmo aquí que cuando me lleva la tristeza, me anudo pañoletas y la sonrisa me vuelve al rostro. Y deberás saber que soy muy buena bailadora de salsa y cuando camino, no olvido sumir el estómago, sacar el pecho y esconder la vergüenza, para poder sentirme cadenciosa. Tengo un traje sastre como el tuyo, pero no uso tacones, sino botas y, es curioso, abuela, pero, cuando Abril y yo vamos de paseo por algún parque o caminamos cerca de una jardinera, suele arrancar flores e insiste en que me las ponga en la cabeza.
Carmen González viuda de Guevara murió el 12 de febrero de 2005 y aseguro que, desde entonces, trae a los arcángeles bailando al son de 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8… ¡Mambo!
Esta es una de las 29 historias incluidas en el libro De como cocinaban las abuelas, conócelo…

1 Comentario

Comentarios en RSS
  1. QUE BONITA HISTORIA, ME TRANSPORTARON A MI INFANCIA CUANDO TAMBIEN EN COMPAÑIA DE MI ABUELA MATERNA IBA DE COMPRAS, ESCUCHABA MUSICA, Y PLATICAS SOBRE LA REVOLUCION…………GRATIFICANTE
    GRACIAS, AL IGUAL QUE LAURA TENGO MAGNIFICOS RECUERDOS DE MI ABUELA VICENTA TERRAZAS RIVERA

    Por: CONCEPCION VILCHIS P . 25 octubre, 2011 . 9:41 pm

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