La profecía

Por Andrea Gandara
Siempre me sentí diferente a las demás personas, caminaba por ahí como todos, pero yo tenía algo que ellos no, lamentablemente nunca lo tomé en cuenta; siempre presentí que un oscuro final me llegaría, pero nunca imaginé la magnitud. Mi pesadilla comenzó un día como todos.
Caminaba por el sendero que rodeaba la pequeña ciudad de Mankato, sorprendentemente lo recorrí todo muy rápido. Al final se ubicaba el cementerio, a lo lejos pude ver personas de negro, cantando, será un funeral, –me dije–. Iba a emprender mi caminata de regreso cuando divisé a mi amiga Melanie con aquellas personas; no lo pude evitar, corrí hacia ella, la jalé por el brazo y dije: Mel, ¿está todo bien?, ¿quién murió?, pero ella no me prestó atención, sólo caminó hacia dos tumbas muy juntas que se encontraban en la sección nueva, se paró frente a ellas, comenzó a llorar y lo peor de todo, gritaba, decía que extrañaba a alguien.
–Señora Sara Magi, escúchenme, vuelvan–, la escuché decir.
–Melanie, Mel, aquí estoy no me he ido, ¡Melanie!, –le repetía– pero ella no me escuchaba. Me armé de valor y miré los epitafios de las tumbas que decían: “SARA TLOOB & MAGALI TLOOB, SIEMPRE LAS RECORDAREMOS”. –¡Imposible!, estoy aquí, ¡no he muerto!… ¡Melanie escúchame!, ¡Mel! ¡No he muerto, no he muerto!–, grité.
De repente todo se fue y aparecí en mi cuarto acostada en mi cama, sudando y con mi tía Sara afuera mirándome con curiosidad.
–¿Magi? ¿Estás bien? Te oí gritar desde mi cuarto.
–No es nada tía, sólo fue un sueño –respondí–.
–Bueno, ya levántate y alístate, recuerda, ¡hoy nos vamos a Italia!, –dijo emocionada.
–Sí, genial tía, –le contesté.
–Magali… primero, cambia esa cara y segundo, soy Sara, no tía –advirtió mirándome seriamente, lo cual rara vez pasaba.
–Sí Sara, dije sonriendo.
–Bien, –aceptó devolviéndome la sonrisa, después dio media vuelta y se fue–. Entonces me volví a acostar y pensé en mi sueño, ¿qué significaba?: ¿yo… morir? Yo no quiero morir, aún tengo planes, no puedo morir, sólo fue un tonto sueño, me dije. Me levanté de mi cómoda cama y me metí a bañar, pero aquel sueño no podía salir de mi cabeza; duré casi una hora en la ducha por estar repasando ese sueño, hasta que me dije ‘ya basta’ e hice todo lo posible por sacármelo de la cabeza. Me puse unos shorts negros y una blusa blanca, me dejé el cabello suelto y escogí un listón negro en forma de moño; ‘me veo muy joven para tener 16’ –me dije a mí misma–. Un recuerdo me vino a la mente: mi tía Sara, el verano pasado me decía “princesa Joy”, porque habíamos visto una película sobre una princesa que tiene que dejar todo atrás para salvar a los que más quería; no creí que me lo dijera por eso, más bien porque yo tengo cabello negro, lacio, corto, ojos grandes y grises, figura alta y delgada, como el personaje de la película.
En fin, bajé las elegantes escaleras y llegué al comedor; mi tía había dejado en la mesa una nota que decía: “Magi, me acaban de informar que tengo una junta del Corporativo a las 8 en punto, por lo tanto no podré desayunar contigo hoy, la señora Hughes te hará el desayuno. Recuerda, hoy te toca ir al hospital, no llegues tarde a casa, nos vemos en el aeropuerto a las 3, cuídate, Sara”.
Pobre de mi tía, a sus 29 años ya era vicepresidenta de Corporaciones CLAC y además, tenía que encargarse de mí; la verdad, mi tía es la persona que más quiero y admiro en el mundo, pero ¿cómo no quererla? Sus ojos verdes y brillantes, su cabello café, largo y su porte de modelo complementaban a la mujer perfecta, incluyendo su gran sentido del humor y su habilidad para hacer sentir bien a las personas. Además, era lo más cercano a una figura de madre que yo tenía.
Busqué a la señora Hughes, ella estaba en la cocina.
–Buenos días señorita, recuerde: esto no es un restaurante, no le puedo servir la comida cuando usted quiera. En fin, ¿qué quiere para desayunar? –me preguntó–. Sin hacer caso de sus regaños respondí –creo que unos hotcakes me vendrían bien.
–Claro, necesito que me traiga la harina, está en el ático, en las cajas de al fondo.
–Sí –contesté de mala gana–. Salí de la cocina y llegué al ático, donde nunca en mi vida me había gustado estar, de niña me daba miedo entrar ahí, ese lugar me traía malos recuerdos. El ático era un cuarto oscuro, lleno de cajas mugrientas donde guardábamos recuerdos y otras cosas, caminé hacia las cajas del fondo y localicé la que decía ‘comida’, pero al jalarla, hice que otra caja, enorme y pesada callera encima de mi cabeza. Todo empezó a dar vueltas y caí al piso, cuando recuperé el conocimiento, vi que varios libros habían quedado fuera de sus cajas, empecé a guardarlos pero uno muy peculiar llamó mi atención.
Era el “Diario de Connor Tloob”. Me llegó una sensación de curiosidad, Tloob debería ser de la familia; pensando que no pasaría nada, pues estaba aquí olvidado, lo tomé junto con la harina, subí a mi cuarto sin que la señora me viera, lo guardé en un cajón de mi clóset y regresé a la cocina con la harina.
–¿Por qué tardaste tanto, Magali? –reclamó la señora Hughes, mirando mi pierna llena de polvo.
–Resbalé con una caja, me caí y fui al baño a lavarme. –Por alguna extraña razón no quise contarle del misterioso libro que encontré.
–Bien, desayuna, es tarde, y lávate esa pierna, se te ve mal –dijo con incredulidad–. Desayuné mis hotcakes, un poco enojada. Nunca había disfrutado el desayuno desde que esa señora reemplazó a mi nana de toda la vida; al terminar, me levanté de la mesa, me lavé los dientes, cogí mi mochila y salí sin decir ni una sola palabra; en mi motoneta conduje hasta el hospital del oeste, subí el elevador y llegué al piso cuatro, donde aprendía todo lo que sé de medicina, junto con otra compañera de mi escuela. Las dos nos anotamos en ese programa y milagrosamente me tocó ir los fines de semana; me la pasaba bien en ese lugar, donde nos dejaban atender pacientes; era lo que más me gustaba hacer ahí.
–¡Hola Magi!, hoy te toca cuidar a la señora Criena, ya se está aliviando y si sigue así, mañana se la llevan a Italia, –me dijo Cristina, quien también estaba en el programa.
–Muy bien Cris, nos vemos en el almuerzo. –Ella desapareció entre la multitud que caminaba por el pasillo–, suspiré y me dirigí a la habitación de Criena, una señora de unos 70 años de edad, que tenía cáncer pero milagrosamente se estaba recuperando y podría volver a su país natal.
–Hola Criena, volví, te dije que lo haría –le comenté al entrar en su habitación y le tomé la mano.
–¡Magi! Pensé que no volverías, anoche soñé con Italia, fue hermoso, y contigo también, estabas aquí y me protegías de ellos, –exclamó–.
Me habían dicho que Criena estaba cuerda y sólo en parte lo estaba, pero me gustaba sentarme a su lado y escucharla hablar de su vida en Italia. Por ella me gustó tanto su país, que le propuse a mi grupo hacer un viaje escolar a Italia y todos estuvieron de acuerdo.
–Sí señora, si sana pronto volverá a su país. Disculpe, ¿quiénes son ellos? –le pregunté, pero como ya se estaba quedando dormida, no quise insistir, preferí decirle: Señora Criena, adivine, hoy me voy a Italia con mi grupo de la escuela. De pronto abrió los ojos, se levantó de la cama, me tomó por los hombros y gritó:
–¡No! ¿Me escuchas niña? tú no puedes, no, no puedes ir, es un peligro te atraparán, te usarán para lo que quieran; pasarán cosas malas ¿me oyes? ¡No irás! –Hablaba tan fuerte que me aturdió.
–Ayu… –me tapó la boca, me sujetaba con una fuerza que parecía imposible que tuviera. Por fortuna, llegó un doctor y luego las enfermeras trataron de calmarla. Yo estaba tan asustada en esa situación, que antes de que alguien me preguntara algo, tomé mis cosas y salí corriendo por el pasillo hasta mi motoneta y conduje directo a mi casa. Tiré la moto, abrí la puerta y subí a mi cuarto, me tiré en la cama.
–Primero el sueño y ahora esto ¿qué pasa? No podía ser coincidencia, no todos los días sueñas que te mueres y después una señora te grita en la cara; yo también quería gritar pero asustaría a los empleados de la casa. Entonces, una idea me vino a la mente: el libro; lo saqué de mi cajón y hasta ese momento me di cuenta de que necesitaba una llave para abrirlo. Una llave… si el libro estaba aquí, la llave igual; repasé todas las llaves de mi casa pero esta era muy rara, me dolió la cabeza y recordé que a las tres de la tarde vería a Sara en el aeropuerto. ¡Rayos!, se me había olvidado por completo; tomé mi maleta que ya estaba lista, mi mochila, metí en ella el libro y mi pase de abordar. Al cruzar el patio vi a Emerick que hacía su labor a la perfección, el jardín estaba quedando hermoso.
–Señor Emerick, vengo a despedirme, no estaré aquí por unos días y quiero que cuide de Aril, necesitará compañía. -Aril, era mi perra labrador de siete años, a la que amaba tanto.
–Por supuesto, señorita Magi cuídese y diviértase en Italia, aquí la extrañaremos, respondió. Era tan buena persona y me había encariñado con él, era como de la familia; lo abracé como si ya nunca lo volviera a ver, también me despedí de Aril con un abrazo y les dediqué una sonrisa a los dos.
En la entrada ya estaba el carro que me llevaría al aeropuerto, abrí la puerta y oí como se cerraba a mis espaldas; era la primera vez que saldría de casa tanto tiempo y tan lejos. Oí el claxon, en señal de que ya era tarde, me abrieron la puerta y vi la elegante casa donde viví diez años, desde que mi abuela murió y mi tía Sara pidió encargarse de mí.
–Señorita Tloob es tarde, entre –dijo el conductor–.
Yo me repetía que sólo iba a un viaje escolar a Italia y nada mas, subí al carro y arrancó de inmediato. En dos horas llegamos al aeropuerto de Minneapolis; como en Mankato no había terminal aérea, teníamos que ir a esa inmensa ciudad para tomar el vuelo.
Cuando llegamos, me despedí del conductor y le agradecí por traerme; yo había quedado con mis compañeros de la escuela que nos veríamos en la plataforma dos. Ahí estaba mi tía y casi todos mis compañeros; al aproximarme a ellos, Lintonn Henderson se me acercó y me abrazó por la espalda.
–Hola Magi, pensamos que ya te habías perdido.
–Hola Linn, ¿cómo crees?… ¿yo?, jajá…
–Me alegro de que vengas, no sería igual sin ti, –dijo soltándome y mirándome de frente.
–Sí, claro, mm… tengo que hablar con mi tía sobre el viaje, adiós –le respondí apenada; cuando le di la espalda se acercaron Melanie Crest y Kimberley Gonzales:
–Magi, ¿Lintonn Henderson?, vaya, tienes buenos gustos –comentó Mel, dándome un zape en la cabeza
–Shhh, no es cierto, sólo somos amigos –dije sacando la lengua.
–Sí, muy amigos jajaja. –Se burló Kimberley, ella y Melanie eran mis mejores y únicas amigas; Melanie era de baja estatura, delgada, con cabello rubio y ojos profundamente azules; en cambio, Kimberley tenía sangre mexicana y era morena con cabello castaño, ojos cafés, alta y delgada, una muchacha muy bonita y muy codiciada en la escuela. Eran las únicas que me comprendían, pero últimamente me había separado de ellas por una razón extremadamente tonta: las dejé por un tiempo y me fui con otras, sólo para verme bien, –ya que a Melanie y a Kimberley las consideran un poco raras– pero me di cuenta de mi error y esa era la primera conversación que teníamos desde hacía un mes.
–Pasajeros del vuelo a Roma, favor de ir tomando su lugar, el avión saldrá en 15 minutos, anunciaba una voz femenina por el micrófono.
–Ya oyeron, chicos, no se dispersen, quédense juntos y síganme. –Dijo mi tía, quien había organizado este viaje–.
Todos llegamos y esperamos nuestro turno para abordar el avión; al subir le dije adiós a Estados Unidos, sentía que sería la última vez que vería este aeropuerto de esa manera. Melanie me dio un codazo y me hizo dejar a un lado mis pensamientos; me tocó sentarme con mis dos grandes amigas: Kimberley y Melanie. Todo el vuelo nos la pasamos hablando de lo increíble que era este viaje, de lo increíble que sería regresar a Mankato y decir ‘yo fui a Italia’.
Al final se quedaron dormidas y tuve tiempo para pensar en los sucesos que había vivido en tan sólo un día: mi sueño, la señora Criena gritándome que no fuera a Italia, el diario de un tal Connor Tloob, y aquel sentimiento verdaderamente extraño, tanto al dejar mi casa como cuando subía al avión.
Amaneció y aún volábamos, el capitán informó que nos aproximábamos a nuestro destino, mientras yo veía salir el sol, un espectáculo verdaderamente hermoso. Sentí que algo se movió a mi lado y Melanie me miraba sonriendo.
–Buenos días Magi.
–Hola Mel. –A nuestro saludo siguió un silencio, hasta que mis palabras lo rompieron–Melanie, quisiera pedir disculpas, ¿sabes?, no fue muy lindo de mi parte dejarlas porque en la escuela las veían extrañas. –Ella permaneció callada–. Sin embargo, ustedes me perdonaron y estuvieron ahí, cuando las necesitaba, no lo entiendo.
–Lo hicimos porque sí somos tus amigas; un amigo se queda a tu lado sin importar lo que pase, un amigo entiende por lo que estás pasando y espera. Imagínate si Kym y yo no lo hubiéramos hecho, no estaríamos aquí a tu lado, –y me sonrió como nunca. No respondí, pero era cierto lo que ella decía.
Una hora después llegamos y bajamos del avión, una camioneta tipo panel algo más grande de lo normal nos llevó al Piazza di Spanga, un lujoso hotel, donde gracias a mi tía nos habían hecho descuento. Al entregarnos las habitaciones, me asignaron una con Melanie, su mamá y mi tía; desempacamos sabiendo que a la hora de la comida iríamos a la Fontana Trevi, aquella, una majestuosa fuente, que según la leyenda si arrojas una moneda regresarás a Roma.
Todos mis compañeros y yo nos tomamos fotos lanzando monedas a la fuente, antes de ir a comer; después visitamos el panteón, un imponente edificio circular, el mejor conservado de la antigua Roma. Por la noche, de regreso en el hotel, estábamos exhaustos, yo había tomado muchas buenas fotos y videos, por ello, lo único que quería era descansar.
Mi tía, Melanie y su mamá se fueron a cenar pizza en un restaurante cercano al hotel. Aunque otros compañeros del grupo se les unieron, entre ellos Lintonn, no quise ir, yo estaba muy cansada. Me acosté y recordé el diario, lo saqué de mi mochila e intenté abrirlo con todo lo que se me ocurrió. –Tal vez un broche lo abre, mi tía trae– pensé. Abrí su maleta sin problema, pues ella no me ocultaba nada; encontré su bolsa con ligas y joyas, pero al tratar de abrirla, todo cayó al suelo y quedó regado por el cuarto; de inmediato empecé a recoger aretes, pendientes, collares, adornos para el pelo, pulseras… una había caído debajo de la cama, al agacharme sentí algo y lo saqué, pero no era una pulsera sino una llave que entraba perfectamente en la cerradura del diario, no lo pensé dos veces y lo abrí; la primera página decía: “Este cuaderno ha sido llenado con los últimos días de mi vida”.
DÍA UNO. Tener a esa pequeña criatura en mis brazos es la experiencia más increíble que he experimentado y saber que es mi hija, hija de la mujer que amo es aun mejor; es blanca, muy blanca y aunque no tiene ni una semana de nacida reconozco que tendrá la mejor sonrisa de todas, mi esposa aún no decide qué nombre le quiere poner, mañana haremos una fiesta en su honor y vendrán amigos y familiares.
DÍA DOS. Hoy fue la fiesta en honor a nuestra pequeña, a todos les fascinó, decían que era la niña más hermosa que jamás habían visto; estoy sumamente feliz espero que esto siga así con nuestra bebé
DÍA TRES. Las cosas empeoraron los de CLAC nos avisaron que mi pequeña tiene algo especial que ni yo ni su madre tenemos; según esto, éramos parte de aquella leyenda italiana, espero que se hayan equivocado; de lo contrario, mi única hija tendrá que enfrentarse a la criatura y destruirla.
DÍA CUATRO. Hoy llegaron a mi casa e intentaron llevarse a mi hija por la fuerza, no lo permití, me impuse, pero tomaron a mi esposa por el cuello y la empezaron a estrangular. Mis ojos no podían ver esto: mi esposa muriéndose y sólo yo la podía salvar. Les grité ¡Basta!, prometí que se las daría, mi esposa cayó al piso y dijo “Magali será su nombre porque es suave, cordial, amable y sagaz”. La abracé y la besé, llorando y suplicándole
–No podía seguir leyendo, mis padres eran ellos, yo soy esa niña; escuché ruidos en la puerta, guardé el libro en mi mochila junto con la llave y fingí dormir.
–Mira, se quedó dormida –dijo la mamá de Melanie.
–Sí, mejor la dejamos descansar, mañana será un gran día, –-respondió Sara, y me quedé dormida. Esa noche no soñé nada, sólo vacío y más vacío, me desperté a las seis de la mañana ya no podía estar en la cama, me levanté, cogí mi laptop y revisé mi correo; tenía un mensaje de Cristina, mi compañera del hospital, que decía:
“Magali, lamento informarte que en la madrugada de ayer la señora Criena murió, los doctores aún no saben por qué, tal vez por su exaltación contigo en el hospital, en fin, pásatela bien, regresa pronto, mis mejores deseos, Cris.”
–La señora Criena había muerto, pobre, me quedé un rato en silencio, hasta que una voz me llamó; me pareció que era una voz, humana pero se oía diferente: “Magi, te advertí, te lo dije. Te darás cuenta de los horrores que estás por vivir. Magi, regresa”.
–¿Qué? ¿Quién es?–. Nadie respondió. No quise darle mucha importancia y empecé a arreglarme. Para cuando mis compañeras de habitación apenas se estaban levantando, yo ya estaba lista, me puse vestido y sombrero de colores rojo y gris, zapatos grises, y bajé a desayunar antes que nadie. Quería tener tiempo para pensar en el diario de mi padre; sentí que alguien me tocaba y acariciaba la mano; después Criena vino a mi mente, la vi parada en la entrada del restaurante del hotel, pero cuando llegaron mis compañeros, ella desapareció.
–Hola Magi, ¿puedo sentarme?, –preguntó Lintonn.
–Claro. –Él sonrió y se sentó frente a mí–. Ahora entiendo por qué me gustaba ese chico: era perfecto, perfecta sonrisa perfectos ojos verdes, perfecto cabello café, alto, fornido con una personalidad era increíble: simpático, divertido, atento y caballeroso.
–No cenaste ayer, ¿verdad? No te vi en el lugar a donde fuimos, estuvo increíble, hubieras ido, –comentó divertido.
–Me hubiera encantado, pero en serio, tenia sueño.
–Bueno, ayer te quería preguntar algo, pero hoy es igual de perfecto, Magi yo.
–Se acabó la hora para desayunar, rápido, suban por sus cosas, hoy iremos al Coliseo romano, –anunció mi tía por un altavoz.
–Nos vemos Linn, espero que me lo puedas decir más tarde, –le dije, poniendo mi mano en su hombro.
–Sí, nos vemos Magi, lo único que quería preguntarte es si crees que yo le guste a Melanie. –Sentí como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago, estaba herida y decepcionada; sólo asentí con la cabeza y me fui sin decir una sola palabra; en el trayecto a la habitación traté de olvidar este incidente y fue más fácil de lo que creí, simplemente pensé ‘ah!, no le gusto, qué mal’. Tal vez no me gustaba tanto como yo creía.
Ya en mi cuarto le conté a Melanie lo sucedido, ella empezó a gritar enojada; mi tía Sara llegó y muy seria, me pidió hablar a solas, le lancé una mirada de confusión a Melanie y seguí a mi tía hasta un pasillo del hotel.
–Magi, odio cuando esculcas mis cosas, te he educado para que no lo hagas.
–No sé de qué hablas, Sara, yo… –pero mi tía no me dejó completar la frase.
–Desde ahora soy “tía Sara”, ¿entendiste, niña? No andes metiendo tus narices en donde no te incumbe, menos en libros que no son tuyos, ni buscando llaves raras ¿entendido? –dijo furiosa.
–Sar.. Digo, tía, si lo hice fue porque quise saber acerca de mí, nunca me contaste sobre mis padres ni quién soy yo; ese tonto diario hizo que me informara de lo que tú no te atreviste a contarme en diez años –le reclamé a gritos.
–No me contestes así, ¿me oíste?, si no te conté fue por tu bien, para que no sufrieras y tuvieras una vida normal; tu padre me encargó hacerlo, protegerte de ellos –me reviró histérica.
–¿¡Quién rayos son ‘ellos’!? ¿Qué quieren de mí?, –le inquirí en su mismo tono.
–Todo, Magali; razona, todo: vendrán, te lo aseguro, –dijo tomándome de los brazos, Sentí rabia hacia ella porque me había ocultado la verdad durante muchos años. Me aparté y le dije. –¡No me importan tus intenciones ni que mi padre te haya dicho qué hacer, sólo aléjate de mí! Pensaba salir corriendo pero me jaló del brazo con fuerza.
–Harás lo que yo te diga. –Dijo con furia, pero ya no le contesté, necesitaba pensar qué haría e imaginé qué pasaría si el cuadro que estaba sobre su cabeza le callera encima; eso deseaba con fuerza, cuando así ocurrió: el cuadro le cayó encima y de inmediato vi a mi tía en el suelo. No lo podía creer, yo había provocado eso. ¡No! ¡Imposible! Salí corriendo y dejé a mi tía inconsciente en el piso; bajé por la escalera y me refugié en un cuarto que encontré abierto, donde lloré hasta no poder más.
Después de un rato, la misma voz que había escuchado antes, comenzó a llamarme de nuevo: “Magi, no llores, aún no hay que hacerlo”. La voz se iba perdiendo y traté de seguirla hasta convencerme que era la dulce voz de Criena. Sin pensarlo, me dejé llevar a un salón enorme, medio abandonado. Criena habló otra vez: “Mi pequeña Magi, tanto tendrás que sufrir… Ahora sé fuerte, mi niña; no estarás sola ¿sabes? No sólo hay maldad, también hay luz, sólo hay que encontrarla; algo horrible pasará, no podré salvar a todos, pero ya llegó la hora y el tren hará bum”.
–¿El tren Criena? No entiendo, –repetí, confundida. “El tren hará bum. Corre Magi, corre, no hay mucho tiempo”, –y fue todo lo que me dijo. Una mano me tocó el hombro, era Lintonn, a quien menos quería ver.
–Magi, ¿qué haces aquí? Tu tía estaba inconsciente en el piso cinco, pero ya se repuso y nos está esperando en el tranvía con otras personas, para ir al Coliseo romano. Vamos. –Me tomó de la mano y me sacó del salón
–¿En un tranvía?, suena cómodo. ¿Ya hablaste con Melanie?
–No, no lo haré. –Me lanzó una mirada de confusión, pero siguió avanzando. En el tranvía, como dijo Lintonn, estaban cinco personas con mi tía. La cara de ella era de tristeza y horror, se tocaba la frente donde tenía una horrible cortada que todavía sangraba; se la había causado el cuadro, o tal vez yo. Claro que eso no era lógico, pero aunque yo no hubiera tirado el cuadro, sí pensé hacerlo y eso me preocupaba. Me miró con sus profundos ojos verdes y la sensación más horripilante que he tenido, me recorrió el cuerpo.
–Lintonn, el tren va a hacer bum, –le dije.
–¿Disculpa?, –preguntó incrédulo.
–Sí, Lintonn, el tren, aléjate, sácalos de ahí, no es seguro. ¡¡¡Sara!!! –grité. Fue inútil, todo se esfumó después de un fuerte ruido seguido de gritos y un calor inmenso que me hacía imaginar que yo había muerto y estaba en el infierno. Todo era negro, no podía ver nada, se percibía un olor asqueroso y repulsivo, ¿sangre? Al despertar no sabía qué había pasado, pero luego recordé las imágenes del tren explotando y personas agonizando; cuando traté de pararme, vi que mi pierna derecha sangraba mucho, la examiné como había aprendido en el hospital, era profunda y si no me atendían rápido se haría más grave; me di cuenta de que tenía raspones en el cuello y de mi cabeza caían pequeñas gotas de sangre.
A pesar del gran dolor que sentía me levanté y vi a mi alrededor cuerpos de personas que no podía reconocer; quise correr hacia ellos y atenderlos, pues eran mis compañeros y si no lo hacía, morirían. Sin embargo, me quedé parada mirando a estas personas; unas gemían de dolor, otras respiraban como si estuvieran en estado de coma y otras no se movían. Distinguí una cabellera rubia y sucia, –no puede ser ella me dije–, caminé hacia aquel cuerpo y pude comprobar que era mi querida amiga Melanie; me dejé caer a su lado y le toqué la frente, estaba fría; tomé su pulso: nada. Me levanté y le di la espalda, no podía verla: su cara tenía un gesto de dolor, que me hacía temblar.
Miré de nuevo los otros cuerpos y me llamó la atención una persona en particular que lloraba en silencio, me acerqué a ella, cojeando. Al llegar, de inmediato reconocí su cara era Sara pero lucía diferente: tenía quemaduras en el cuerpo, muchas cortadas y a pesar de todo sonreía.
–Sara, tía Sara ¿estás bien?, ¿cómo te sientes? Te vas a poner bien, no deben tardar los paramédicos.
–No Magi, debí hablarte sobre esto, sabía que algún día tendrías que enfrentar el futuro, creí que ellos se habían olvidado de ti, pero me equivoqué; ahora tendrás que seguir sola, mi princesa Joy, ¿recuerdas?, te llamaba así porque ella tenía que dejar todo atrás para salvar a los que más quería, tendrás que hacer algo parecido. Magi, lamento tanto no haberte advertido de esto, sé fuerte, sabrás qué hacer, no confíes en cualquiera ¿sí? Y siempre ten presente que jamás estarás sola, jamás –repetía con una voz tan débil, que apenas podía entenderle. Empezó a cerrar los ojos, las lágrimas caían como lluvia por mis mejillas.
–No, por favor, no tía Sara, no me abandones, –le suplicaba, mientras sostenía su cabeza en mis manos y cuando dejó de hablar, supe que había muerto. ¡No, tía, por favor no! –grité, pero ya se había ido y nunca volvería, tuve que ser fuerte: mi tía y Melanie habían muerto, yo estaba herida en medio de cuerpos que posiblemente eran de mis compañeros; si los paramédicos no llegaban pronto podría desangrarme y morir. Por fin, escuché una sirena como de ambulancia, me levanté sin dejar de ver a mi tía que parecía dormida con una sonrisa en los labios y su mejilla todavía húmeda por alguna lágrima.
–Gracias por todo Sara, –le dije en silencio. A unos seis metros de distancia estaban la ambulancia y la policía, pero un presentimiento similar al que tuve antes de que el tren explotara me decía que no acudiera a ellos, que corriera, que huyera; por un momento intenté ignorarlo, pero al repasar lo que me dijera mi tía Sara antes de morir en mis brazos, estaba decidida a seguirlo, a huir y alejarme de ese lugar lo más que mi cuerpo me lo permitiera.
Tuve que caminar cojeando hasta que el agotamiento me impidió seguir y busqué donde esconderme para recuperar fuerzas. Había llegado a un callejón; aunque estaba en silencio y parecía desierto, yo percibía como si alguien me observara, pero me sentía muy cansada para pensar en eso, de pronto escuché el sonido de un disparo y sentí un dolor en el cuello como piquete de abeja, al tocarme, una manchita roja apareció en mi mano, sangre, después tuve mareos y caí al suelo; había perdido la conciencia, lo único que recuerdo fue que alguien me cargó y que la aguja de una jeringa atravesaba mi cuerpo, es todo lo que recuerdo.
Al despertar me vi acostada en una cama, me levanté de golpe, recordando las palabras de mi tía Sara: que no podía confiar en nadie, lo primero que hice fue ver si mi pierna estaba curada y me sorprendí al ver que sólo tenía una cicatriz, pero ni rastro de más heridas por ninguna parte. –Bueno, mejor así– pensé; el lugar donde me encontraba tenía tres cuartos con paredes blancas: en el primero había una cama, un clóset con ropa de mujer, una mesa de noche, una lámpara y una tele enorme; el segundo era un baño y el tercero tenía aparatos para hacer ejercicio, en ninguno había ventanas ni puertas. Traté de salir por la fuerza pero era imposible, las paredes eran de acero pero térmicas, me senté en la cama, cansada del esfuerzo por salir de ahí, encendí el televisor y apareció la imagen de una señora con atuendo formal, que me dijo:
–Hola Magali, todos lamentamos que hallas que tenido que sufrir esto, creíamos que éramos los únicos que te seguíamos, sé que estas confundida, déjame te explico: nuestra corporación se llama CLAC, tu tía trabajaba en la que nos cubría, la real somos nosotros, la que está dispuesta a hacer que se cumpla una profecía italiana; tú eres hija de dos personas con cualidades extraordinarias y es obvio que genéticamente las tienes, es decir, tienes un poder que no muchos poseen, eres parte de la profecía italiana, por ahora es todo lo que podemos comunicarte. Sobre tu estancia en los cuartos no durará mucho, si te aplicas te sacaremos lo antes posible; hay un libro en tu mesa de noche con un instructivo, cada hora sonará una alarma y tú tendrás que hacer lo que, de acuerdo con aquella alarma, te indique el libro; ahí descubrirás lo que significa cada una. ¡Ah! y no olvides esto, al salir, tu misión será defenderte de lo que sea, sólo eso. Suerte, nos veremos pronto -cuando terminó de hablar, el televisor se apagó y un silencio absoluto reinó en los cuartos.
Busqué el libro y lo leí, tratando de memorizar lo que debía hacer cada hora. La primera alarma sonó, indicando que era hora de cenar, luego escuché un ruido en el cuarto tres y había comida en una mesa; no me detuve a averiguar si era lo correcto pero me avoracé sobre la comida y el agua que había encontrado; terminé mi cena, más que satisfecha y busqué algo cómodo en el clóset: me parecieron perfectos unos shorts deportivos y una blusa que me quedaba grande, luego tomé un baño y al salir busqué en los cajones algo que leer; lo que menos esperaba, encontré el diario de mi padre, lo tomé y continué leyendo desde donde me había quedado:
DÍA CINCO. Mi esposa está internada en una habitación de los hospitales de Corporaciones CLAC, no me permiten verla, dicen que con cualquier movimiento que ella intente hacer, se debilitaría mas; así, lo único que puedo hacer es esperar a que se recupere, mi hija también está con los de CLAC, pero están experimentando con ella, odio que ni siquiera tenga cinco meses y la pobre está siendo usada como rata de laboratorio.
DÍA SEIS. Mi esposa va de mal en peor, hablé con el presidente de CLAC y me dijo que la criatura ha estado detectando una fuerza increíble en Magali, me explicó que para que la niña no lo note tendremos que separarnos de ella y le inyectarán un suero que provoca la pérdida de sus habilidades por 16 años: estoy asustado, me quitarán a mi pequeña y mi esposa está al borde de la muerte.
DÍA SIETE. Éste será el ultimo día que escriba, mi esposa está un poco mejor y los dos nos iremos del continente, tendremos que dejar a Magi con mi madre; no podemos llevarla con nosotros, sería un gran peligro. Espero que esté bien, no podía despedirme de ella; apenas estuvo cinco meses conmigo y he tenido que renunciar a ella. Mi esposa y yo hemos llorado todo el viaje pensando que cuando ella tuviera 16 años, se enfrentaría a un imparable destino.
Eso fue lo último que leí del diario, lo demás eran fórmulas y dibujos extraños; como me sentía exhausta, cerré los ojos y me quedé dormida. Los siguientes días mi estancia en los cuartos era confortable: desayunaba, veía tele, leía, comía, hacía ejercicio, pensaba, cenaba y me dormía; un día me di cuenta de algo que se me había pasado: todo el tiempo que tenía viviendo en esos cuartos, volví a estar completamente sola. Me desperté muy temprano e hice mi rutina diaria, pero sonó una alarma diferente y en lugar de hacer ejercicio, según el libro era hora de prepararme para salir; yo no entendía, hasta que recordé lo que había dicho la mujer, que mi misión al salir era defenderme. Estuve toda una hora pensando a qué me enfrentaría, me preparé para lo peor y finalmente, la alarma sonó. Es horrible, –pensé– ¿quién podría hacerme esto?, pero decidí no quejarme y prendí el televisor (era la hora de hacerlo). Apareció la misma mujer del otro día.
–Buenas noches Magi, mañana serán suspendidas tus actividades, podrás hacer lo que te plazca, descansa. –De nuevo, el televisor se apagó, me puse ropa de dormir, me acosté, tomé el diario de mi padre y empecé a llorar; tan sólo con tocar ese libro, sentía dolor; lo comencé a hojear de nuevo y descubrí una hoja que nunca había visto, donde aparecían un señor y una señora vestidos de novios; de inmediato supe que eran mi padre y mi madre. Despegué la foto, la guardé en un bolsillo del short y me dormí. Esta vez soñé con la señora Criena, con mi tía Sara y mi amiga Melanie; las tres se veían hermosas, pero cuando quise tocarlas algo me impidió hacerlo y apareció una persona con mirada fría, me tomó por los brazos, me miró fijamente e hizo que me sintiera débil y triste; después se convirtió en una criatura grande, aunque mantenía su aspecto humano, lo único raro era su estatura y sus ojos negros, profundamente negros. Al despertar, noté que había una silla con la ropa que había usado en el incidente, pero estaba limpia y parecía recién comprada. Me la puse.
Todo el día estuve pensando en mi vida pasada, en mi presente y en lo que estaba a punto de experimentar; pensé en Mankato, en mi perra labrador, en el jardinero Emerick ,en la señora Hughes, en mis compañeros que habían tenido un destino injusto y cruel, en Criena, Melanie y Kimberley, en Sara, pero también en mis detestables supuestas amigas que había soportado por un buen tiempo, quienes sólo me usaban y luego me humillaban públicamente, me quitaban lo que más quería y poco a poco me fueron envenenando por dentro, una lágrima rodó por mi mejilla… Otra vez sonó la alarma, esfumando todos mis pensamientos; busco en el libro lo que indica el nuevo sonido y me sorprende saber lo que significa: es hora de salir.
No sé qué pensar, pero no hay tiempo de pensar, me levanté y caminé hacia una puerta que apareció de la nada. Ya era la hora, debía hacerlo o quedarme encerrada más tiempo; no, ¡tengo que salir o me volveré loca! Así, atravesé la puerta, lo primero que vi al salir no fue lo que hubiera querido ver: una chica más o menos de mi edad con ojos oscuros, (como los de la persona con quien soñé) cabello rojo, largo y lacio, es pálida, muy pálida, de aspecto oscuro y sombrío, me miraba con furia, sus ojos me hacían sentir temor.
Percibía peligro y retrocedí, pero se abalanzó sobre mí y me tiró al piso, nomás con su mirada; intenté levantarme pero su energía era muy fuerte, no podía, me lastimaba la pierna que no me había molestado adentro de los cuartos. No pude evitar un quejido de dolor y por instinto le lancé un puñetazo en la cara, se levantó y se tocó la nariz, donde tenía un feo moretón; en sus ojos podía ver odio. Me apretó la pierna lastimada, cada vez con más fuerza; el dolor era insoportable
–Basta, por favor, me duele –supliqué– no hizo caso, seguía apretando más y más fuerte. Por fortuna, una puerta se abrió de golpe, dos señores la sujetaron de los brazos y se la llevaron; la señora del televisor apareció, me ayudo a levantarme y me abrazó.
–No puedo creer lo grande que te ves, Magi, –comentó la mujer.
–¿Quién es usted? ¿Qué hago aquí? ¿Por qué me atacó esa chica?
–Magi esas respuestas se responderán después, ¿sí? Ahora cenaremos, bueno yo soy Celeste, la hermana menor de tu padre.
–¿Mi padre? ¿Lo conoce? Pero él…
–Calma, como te dije, eso te lo responderé después. –Me tomó de la mano y me condujo a un ascensor, al salir caminamos por pasillos hermosos, muy diferentes a los cuartos; eran de una casa al estilo de la Italia antigua, había cuadros fantásticos, dignos de estar en esos pasillos.
Llegamos a la entrada de un enorme comedor, donde un señor alto, vestido con traje nos abrió la puerta. Ahí, cuatro adolecentes estaban sentados en sillas, había nueve vacías y Celeste me indicó que me sentara junto a una muchacha, se despidió y dijo que volvería después. En ese recinto pude prestar atención a las demás personas: un joven moreno, de baja estatura, cabello negro y ojos cafés; un muchacho blanco, de cabello rubio y ojos azules que me recordó a Melanie; enseguida estaba una chica morena, con cabello castaño, ondulado y larguísimo, ojos verdes y bajita; el último era un adolescente alto, con ojos hermosamente grises y cabello castaño claro; yo lo miraba sorprendida por su hermoso porte, aunque él no me veía pues tenía la vista perdida, pero en algún momento nuestras miradas se cruzaron y sonrió como si me conociera de toda la vida, yo desvié la mirada apenada.
–Bueno, si nadie va a hablar, yo lo haré, –dijo el chico de ojos grises–. Mi nombre es Jerod Nardi y vengo de Adrano, Italia, –nos informó, sonriendo.
–Soy Gregory Nguyen y vengo de Byron Bay, Australia, –dijo el muchacho rubio.
–Yo me llamo Catalina Sánchez y soy de Guanajuato, México, –afirmó la muchacha, levantándose y haciendo un saludo con la mano.
–En mi país no se usan apellidos, sino el nombre del padre, así que soy Ranjit Mahan y vengo de Gangtok, India, –explicó el chavo de piel morena.
–Gusto en conocerlos, espero que nos llevemos bien, pero alguien no ha dicho ni una palabra, –reclamó Jerod, dirigiéndome una mirada de simpatía y guiñándome un ojo.
–Lo siento, no soy muy sociable, mi nombre es Magali Tloob y vengo de Mankato, Estados Unidos –traté de hablar, pero tartamudeaba.
–Mucho gusto –dijo Catalina sonriendo.
De repente, la puerta se abrió como por un golpe y entró la muchacha pelirroja que me había atacado, la sujetaba un señor vestido de negro, la sentó en una silla y se retiró. Ella nos veía con mirada inquisitiva y al reconocerme, mostró en su cara la ira que tenía cuando me atacó y empezó a presionar un tenedor. Gregory golpeó la mesa y tras soltar el tenedor, ella desvió la mirada.
–Perdónenme, mi nombre es Leighton Schemied, vengo de Magdeburg Alemania, –dijo con voz fuerte y me lanzó una mirada amenazadora. Definitivamente le caía mal. La puerta se volvió a abrir y entraron otras seis personas, entre hombres y mujeres, después un señor mayor, muy gordo y canoso. Todos se sentaron y el último en entrar, habló.
–Bienvenidos, mis queridos elegidos, soy Paul Jones, jefe de la Asociación Secreta CLAC. Ustedes dirán que la persona que los cuidó durante la mayor parte de su vida, trabajaba en esa corporación, ya que está dividida en dos ramas: la primera se encarga de generar productos del futuro y ésta, que es secreta, cuya misión consiste en hacer que se cumpla la leyenda italiana de los elegidos.
Nadie hizo alguna pregunta, ni mis nuevos compañeros ni los adultos presentes.
–¿Leyenda italiana? –dije–.
–Sí, mi pequeña Magi, la leyenda refiere que cuando se creó el mundo, los dioses vieron un gran problema: al pasar los años, la tierra se iría calentando hasta llegar al grado de soltar gases que intoxicarían a todos los seres vivos: personas, animales, plantas y morirían al instante. Por eso crearon a los elegidos, dioses poderosos que se reprodujeron hasta que de uno de sus descendientes nacieran los elegidos, ustedes. Anticiparon que seis muchachos, tres hombres y tres mujeres, a los 16 años de edad, recuperarían sus habilidades especiales, y tendrían una misión fácil: destruir la “mextas”, es decir, lo que hace que la tierra emane los gases tóxicos.
–Fácil, –dijo Ranjit–.
–Sí, hasta ahí va bien, señor Ranjit, pero cuando ustedes fueron creados, junto con el bien surgió el mal: una criatura de aspecto humano, un poco más grande que nosotros y con los ojos completamente negros, que cuando te mira te hace sacar lo peor de ti, se alimenta de las victimas que caen en su engaño, después las mata y si lo desea, puede beber su sangre. Es una criatura horrenda, por más que la hemos buscado no la hemos encontrado, ¿alguna duda? –Inquirió el señor Jones.
–Disculpe, no quiero ser grosera, pero ¿era necesario hacer explotar el tranvía donde estaban mis compañeros? En esa explosión murieron personas muy importantes para mí y casi nadie sobrevivió –lamenté, molesta–. Parecía que celeste iba a hablar, pero Paul Jones se lo impidió.
–Todos ustedes fueron arrancados de su vida normal, de maneras diferentes. señorita Magali, enfrente de todos quiero pedirle una disculpa. Debo decirle que al parecer, su fuerza es mayor que cualquiera que hayamos detectado. Para quienes no lo saben, al nacer se les inyectó un suero que anula sus poderes, y no tengo idea cómo, pero en usted, el efecto de ese suero se agotó más rápido que en los demás, la criatura detectó esa cualidad suya y se empeñó en atraparla, pero no nos habíamos dado cuenta de esto; nosotros no causamos la explosión, fue la criatura, y lamento informarle que nadie sobrevivió, nadie, –reveló con cierta preocupación, yo no dije nada más.
–Bien, que venga la cena, –señaló Jones, haciendo un movimiento con las manos y nos sirvieron comida de todos los países. Yo no tenía hambre, seguía pensando que si éramos elegidos ¿por qué rayos habían dejado que Leighton me atacara? y no podía olvidar a mis compañeros, ninguno salió con vida por mi culpa. Apenas probé la lasagna que estaba frente a mí, mientras Jerod estuvo contando chistes y buenos relatos de su vida, hasta que el señor Jones anunció que daría un mensaje importante.
–Ustedes seis fueron elegidos cuidadosamente y todas sus dudas les serán aclaradas; además, sus maestros les ayudarán a desarrollar sus habilidades. –Enseguida señaló a los otros adultos presentes y añadió– Los encerramos por unos días para estudiarlos; casi lo olvido, a cada quien, antes de salir se le encargó una misión y los seis la cumplieron muy bien. –Dijo orgulloso el señor Paul. Todos intercambiamos miradas, Leighton me sonrió divertida.
–Perdón si te dolió Magi, siempre busco la debilidad de mi oponente para atacarlo, en este caso tu débil e inservible pierna –dijo casi en susurro y riéndose burlonamente, pensé decirle muchas cosas desagradables, pero decidí regresarle una falsa sonrisa y bajé la cabeza.
–A mí nadie me ignora, huerfanita. Ya entiendo por qué se dejó morir tu inútil tía: para deshacerse de ti. ¿Sabes?, creo que no es tan estúpida.
–Nadie, ¿me oíste? nadie habla así de ella, –le respondí furiosa.
–Ya lo hice, pero claro, criada por animales, no entiendes –dijo desafiante.
–¡Basta! –grité–. Mi mente comenzó a revivir la misma sensación que experimenté cuando el cuadro le cayó a mi tía en la cabeza: la copa de agua que Leighton estaba tomando se hizo añicos y su mano sangraba; todos me miraban impresionados y el señor Paul anunció que la cena había concluido. Los maestros se levantaron y cada quien se llevó a su aprendiz. Antes de retirarse, Leighton me clavó sus ojos negros y de nuevo me sentí débil, hasta que ella se fue al igual que esa sensación. Celeste permanecía sentada, esperando que todos salieran, y cuando únicamente quedábamos, ella el señor Paul y yo, los dos se me acercaron.
–Magali, puede que te lo hayan dicho muchas veces, pero eres especial –dijo Celeste, acariciándome el cabello.
–Magi, eres diferente a ellos, te lo digo en serio, por eso tienes que estar con nosotros, para desarrollar tus poderes y ayudarnos a salvar a los que más quieres, –me aseguró el señor Paul.
–Primero, esa explosión se llevó a quienes más quería y segundo, quiero que me expliquen ¿dónde están mis padres?, ¿por qué soy diferente a los otros elegidos? Y ¿qué es esto?, ¿qué habilidad tengo de dañar a las personas? –pregunté apartándome de Celeste.
–Magi, eres una de los elegidos, una persona especial con poderes increíbles, eres la salvación. Sin ti los elegidos no serían nada Magi, eres la líder. Sobre tus padres, no sabemos exactamente donde se encuentran, huyeron del país en busca de refugio después de separarte de ellos, pero los buscaremos si te quedas Magi, te lo prometo. Eres diferente porque tu madre tenía habilidades increíbles, igual que tu padre; pensábamos que ellos eran elegidos pero sus genes no son tan poderosos. Sin embargo, tú naciste de ellos, dos seres con sangre de dioses imponentes, y no es que tengas habilidad para dañar, sino un poder mental increíble: lo que deseas con más fuerza se cumple, –me explicó el señor Paúl.
–Por ahora no puedo prometer que voy a trabajar como elegida, tengo que pensarlo. –No confiaba plenamente en ellos–. Me levanté de la mesa, abrí la puerta y salí del comedor, caminé por el pasillo sin saber a dónde iba. De pronto, vi a Jerod, me miró con desconcierto y se me acercó.
–Magi quédate con nosotros, te necesitamos más de lo que crees, –me dijo Jerod.
–Yo… –no pude completar la frase, él tomó un mechón de mi cabello.
–Magali, creerás que soy un tonto, pero me gustas ¿sabes?, te conozco desde que tengo memoria, aunque tú no me conocías a mí. Tengo el poder de ver cosas, pero todavía no estoy seguro si veo el presente, el pasado o el futuro de cualquier persona, y siempre te veía en sueños, incluso, despierto: me preguntaba quién era esa hermosa joven y ahora aquí estas y no dejaré que te vayas. Tardé años en encontrarte y no te dejaré.
No pude contestarle, quedé impactada por sus palabras y la forma en que me miraba; me gustaba, pero no como Lintonn, aunque intuía que él era verdadero, él me quería a mí.
–Jerod, te acabo de conocer, pero si nos trat… –no me dejó terminar, tomó mis mejillas y me besó–. Tuve una sensación de felicidad, a pesar de la extraña gama de sucesos anteriores; se retiró y le sonreí, él me devolvió la sonrisa.
–Te quiero, –me dijo al oído acariciándome la cara.
–También te quiero, –le respondí, tomando su mano–. En ese momento, Celeste y el señor Paul venían hacia nosotros. Jerod y yo nos separamos, pero antes de que pudiera huir, Celeste me jaló de la mano, me condujo a un cuarto y cerró la puerta.
–Magali, escúchame. Sara, tu padre y yo somos hermanos, puedes confiar en mí, yo seré tu maestra y tú, mi aprendiz, pero tienes que hacerlo en serio Magi. Créeme, eres nuestra única esperanza, Leighton te atacó porque esa fue su misión como la tuya, defenderte. Ella también es diferente, tiene ascendencia no muy buena, pero también es parte de la profecía, –dijo mirándome con angustia.
–Celeste, pero… –tampoco me dejó terminar–. ¿Qué nadie respeta aquí? –pensé.
–Tómate tu tiempo, mañana decidirás. Descansa. –Se levantó y se retiró, yo estaba harta de todo esto, de que me llamaran elegida, hija de seres con sangre de dioses, ¿por qué, de todas las personas del mundo tuve que ser yo? Toda la noche tuve que esforzarme para dormir y cuando al fin lograba hacerlo, soñaba a Leighton mirándome con sus penetrantes ojos negros. Desperté algo tarde y escuché ruidos en el baño. –¿Quién anda ahí?– pregunté. Era Catalina la chica mexicana
–Lo siento Magali, no quería asustarte pero quieren que convivamos más, por eso nos juntaron y ahora estaremos en el mismo cuarto, ¿no es genial? –dijo sonriendo–. Esta chica era agradable y tenía cierto parecido con Kimberley, me hacía sentir en casa.
–No Catalina, no importa, siéntate nos conoceremos mejor –le ofrecí una silla–. Ella vestía elegantes y hermosas ropas, mientras yo seguía en pijama, pero no sentí necesidad de cambiarme, pues ella desbordaba confianza. Definitivamente me caía bien.
–Claro Magi, ¿puedo llamarte así?
–Por supuesto, no me molesta. –Estuvimos platicando de cómo habíamos llegado ahí: ella me dijo que se la llevaron en pleno día de clases, que fueron a la oficina del director y una maestra le indicó que debía presentarse en la Dirección. Al llegar, sólo vio a los hombres, sintió un piquete en su brazo y se desmayó. Sobre su estancia en los cuartos, pudo enviar un mensaje a su familia y al salir tuvo que luchar contra Ranjit, por problemas mentales que le ocasionaron dolores de cabeza tan intensos, al grado de no poder pensar más. Que su mentor se llama Faustin.
Cuando le platiqué mi historia, se quedo impresionada por todo: por soportar la muerte de mi tía y por tener que combatir cuerpo a cuerpo con Leighton; luego me confesó que también a ella la atemorizaba. Duramos horas y horas charlando hasta que alguien llamó a la puerta, era Ranjit.
–Hola chicas, traigo un mensaje del señor Paul, quiere que salgan de inmediato, hay algo que discutir, –nos informó Ranjit, sonriendo con timidez. Catalina no respondió, nomás lo miraba con curiosidad.
–Sí Ranjit, iremos en un momento, –le aseguré, sonriendo–. Él se despidió. Catalina se levantó y me sugirió:
–Vamos, tienes que cambiarte, no puedes salir así, sin ofender, –dijo tímidamente.
–Ajá, no te preocupes, te entiendo, pero no tengo ropa.
–Eso ya lo resolví, te traje esto –y me mostró un vestido casual, corto, de color azul.
–Es hermoso, Catalina, ¿cómo sabías que me iba a gustar?, –le pregunté sorprendida.
–Lo presentí. Ahora métete a bañar. –Así lo hice, después me puse el vestido y salimos. En el trayecto nos encontramos a los demás: Ranjit, Gregory , Leighton y Jerod.
–Hola dormilonas, –nos saludó Jerod sonriente; me pasó un brazo por el hombro y lo apretó.
–Nos quedamos platicando, –le dije apenada.
–No importa, la verdad es que…–pero Leighton lo interrumpió:
–Sí, hagamos una fiesta porque llegaron. –Me miraba sonriendo, pero detrás de esa sonrisa había algo que no me gustaba.
Cuando estuvimos todos reunidos, los elegidos y los seis maestros, el señor Paúl nos dijo que hoy sería nuestro primer día, para empezar a desarrollar nuestros poderes, que en algunas semanas se nos encargaría una misión y debíamos estar listos. Al terminar, nos ordenó que regresáramos a nuestras habitaciones y todos nos disponíamos a seguir esa indicación. Sin embargo, el señor Paul me insistió:
–Magali no nos has respondido ¿estás con nosotros? –No le contesté, no quería ser parte de eso.
–Magali ¿estás con nosotros? –Preguntó Jerod, mirándome fijamente y apretando su brazo como señal para que lo hiciera; me concentré en observar si yo experimentaba algún mal presentimiento como el que viví antes de presenciar la explosión del tren, algo que me indicara que no debía aceptar, pero esa sensación negativa jamás llegó y supe lo que debía hacer.
–Sí, estoy con ustedes–, dije al fin.

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