La historia la hacemos los comunes y corrientes

*Alba Martínez Olivé
Presentación del libro: De cómo cocinaban las abuelas
Museo del Estanquillo 26 de octubre de 2011

La reflexión
La historia la hacemos los comunes y corrientes.
Somos los comunes y corrientes los que logramos que la maquinaria de la vida se mueva, que, a pesar de todo –y todo es todo: la codicia inmensa que nos avasalla, porque hay que hacer negocios y ganar, ganar, ganar vendiendo lo que sea, aplastando a quien se ponga enfrente; haciendo más pobres cada día porque no se vale que seamos tan iguales…
Que, a pesar de todo eso, decía, haya un día a día que pueda ser feliz, honroso, digno; que los niños crezcan y lo hagan sonriendo, entendiendo que son valiosos; que las familias se cobijen entre sí, aunque no sean como los manuales vetustos dicen que deben ser; que los profesores enseñen aunque no sea con el método oficial ni con la técnica debida; que la gente se esfuerce al trabajar; que se aliente al otro a seguir…
Todo eso que al final nos constituye como humanos, como personas dignas de ese nombre, lo hacemos los comunes y corrientes.
Sólo que los comunes y corrientes no salimos en los libros de historia. Ahí salen otros, los que no son ni comunes, ni corrientes.
Hace muchos lustros, cuando iba a la escuela básica, a una escuela eficaz, me convencieron –como a todos los de mi generación y algunas anteriores y posteriores– de la existencia de los héroes; nuestros héroes.
Siempre broncíneos y estáticos, inamovibles, extrahumanos, nunca despeinables. Ya lo decimos los comunes y corrientes para referirnos a ellos… les hace lo que el viento a Juárez…
Esos héroes, nos enseñaron en la escuela y nos lo repitieron en cada ocasión patriótica, en su perfección de estampita de papelería o busto en la plaza, nos habían dado todo. Éramos lo que éramos gracias a su lucha, su sacrificio, su entrega. La de ellos solos, que no pasaban de una docena.
Luego la escuela dejó de ser tan eficaz. Siguió contando la historia de los héroes pero con menos enjundia y convicción. Los niños comenzaron a creer en otros héroes, los de la televisión. Los superhéroes.
Envueltos en capas y en mallitas de diversos colores para diferenciarse unos de otros, nos salvan a los comunes y corrientes de los malos y sus malas artes cada vez más retorcidas.
Mientras, los comunes y corrientes seguimos haciendo que la vida fluya, que siga su cauce… incansablemente, con tropiezos, con descalabros, con miserias enormes y otras pequeñas, pero también con alegría y esperanza.
Aunque no aparezcamos en los libros de historia ni seamos materia de película con montones de efectos especiales.
La lectura
De repente, ha ocurrido que una serie de señoras –sí todas las que conozco son mujeres, las más comunes y corrientes de todas—se han puesto a hablar de los comunes y corrientes.
Nos están descubriendo que ahí han estado siempre, haciendo del mundo un lugar habitable y de la vida una vocación.
Gabriela Ynclán, maestra y dramaturga, pone en escena Las peores y, gracias a ella, descubrimos que en la época de la independencia, la de los héroes más broncíneos, hubo unas mujeres que pelearon y sufrieron represalias por una causa que creían justa– sin que por ello merecieran una sola línea en los libros de texto.
Natura Olivé, para más señas mi madre, ha puesto en un libro, Asalto a la casa de Trotsky, la voz de dos señoras, una veracruzana, la otra española, que convencidas de que el mundo podía ser mejor, se entregaron en cuerpo y alma en los lejanos años treinta, a una aventura política que las llevó a la cárcel y a la traición de los héroes (ellos sí aparecen en los libros de historia) que después de usar sus convicciones tuvieron con ellas la gentileza de llamarlas “nuestros ganchos femeninos”…
Y ahora, Laura Athié, Tejedora de historias, hace algo aún más notable.
Nos ha puesto a los comunes y corrientes a contar sobre otros comunes y corrientes: nuestras abuelas y nuestros abuelos y a compartir –hermosa palabra—las recetas de esas comidas que cuando las cocinamos nos saben a infancia y a cariño.
Leer el libro—de edición tan bella y bien cuidada—es un descubrimiento. Culinario y antojoso, desde luego, pero sobre todo de lecciones humanas.
Yo que soy, inevitablemente, maestra y tengo la manía de pensar en términos pedagógicos, hallo que la lectura de este compendio, tejido amorosamente por Laura, sirve para aprender muchas cosas.
Una, que me parece especialmente relevante, es que estamos hechos de gente de todos lados, somos de aquí, pero somos de otros muchos sitios, de los lugares donde nacieron nuestros abuelos o bisabuelos, o de aquellos donde se establecieron momentáneamente. En cada uno de esos espacios tomaron algo que incorporaron a su pensar y a su hacer cotidiano, cada paso los transformó y nos hizo a nosotros lo que somos: mestizos. Mezcla de muchas sangres, de muchas tradiciones, de colores y sabores distintos.
¡Qué aprendizajes hay en ello! si hemos de hablar de tolerancia, ahí está; si de inclusión, por supuesto; de pluralidad, claro; de superación y esfuerzo
Y pensar que en las escuelas eso se pretende enseñar de maneras tan aburridas…
Mientras, los comunes y corrientes lo contamos tan claro, sin pretensiones didácticas ni morales, hablando sólo de nuestras historias cotidianas, de nuestras leyendas familiares…
La escritura
Cuando me llegó la invitación de Laura a escribir me cayó como anillo al dedo. Hacía poco que mi abuela había muerto y yo tenía muchas ganas de contar de ella. Sin embargo no tenía muy claro cómo… ni acababa de agarrar valor…
En mi casa, supongo que porque venimos de una guerra y estamos enganchados en la idea de que el futuro debe ser mejor, no se ha acostumbrado contar del pasado. Miramos al frente y seguimos.
También hay una suerte de pudor excesivo…
Hemos escrito, sabemos del valor de la palabra puesta en blanco y negro, mi abuelo, mi madre, yo misma. Pero escribimos sobre los demás, no sobre nosotros y algo se va quedando, que no se cuenta, que no se transmite… que se pierde irremediablemente en el tiempo.
Supongo que lo mismo, de una forma u otra, les pasa a los demás y es de lamentar. Nos empobrece a todos como colectivo.
Por eso, la decisión de Laura de convertirse en Tejedora de historias es notable. Ahí tenemos una red que no nos dejará caer cuando queramos contar… ahí hay un abrazo que nos convence de que nuestra palabra vale y merece ser preservada…
Hoy más que nunca esa decisión es valiosa. Hoy más que nunca vale la pena que los comunes y corrientes pongamos sobre el papel o en el ciberespacio nuestros afanes y nuestras maneras de ir apostando con nuestros gestos cotidianos por la vida.
Por eso, muchas, muchas gracias, Laura.



* Especialista en educación y autora del texto: Fes-ho ben fet (hacerlo bien hecho): confitura de sandía, publicado en De cómo cocinaban las abuelas.

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