Julio de 2006. Crónicas consanguineas: Comenzaré contando intimidades

Para Abril mi hija poeta de 4 años,
porque sus versos nocturnos me abren el alma:
“Mamá, te amo en la lluvia”
Tantito por mi capacidad de esculcar en el pasado.
Otro tanto porque sin resolver lo que hay atrás no me explico lo que soy ahora.


Abuelito

Mas porque la historia de mi familia me parece impresionante y, porque en los momentos de desasosiego la única forma en que mi subconsciente me recuerda que debo ser chingona, es cuando me mueve las venas y me dice que dentro de ellas y a lo largo de todo mi metro con 57 centímetros y medio, corre sangre de estirpe libanesa que ha luchado mucho por que esté yo aquí: “¡Tú no te rajas, eres una Athié!”, solían decirme mis familiares desde pequeña.
Pero, principalmente cuento intimidades, por que de nuevo Irasema me lo pide, porque “ha hecho un encargo”, porque “quedamos de contarle la historia a Kamel Athié”, un primo recientemente aparecido que recién conocí, que vive en Chihuahua y que también, como yo, tiene sangre nómada y pata de perro, pero, sobre todo, porque desde que lo supe, la escena me parece irracional y mítica y, todavía queda en mi un pequeño hueco ocasionado por la duda: “¿A poco papá?, eso no es cierto, ¡no te lo creo!”.
Comienzo:
Estando en el puerto de Acapulco rumbo a Barra Vieja, por la carretera libre que abandona Puerto Marqués y el hotel Princess, mi papá me contaba, saboreándose el pescado a la talla que pronto comeríamos, una etapa más de la “Historia libanesa de la familia Athié”, al volante de su azulado Falcon, en ese lenguaje tan exagerador que heredé de él y que desde muy temprana edad me fascina.
Recientemente había muerto mi bisabuelo Jassib, el primero en llegar a “Maxico majito” (así decía mi papá que pronunciaba). Yo, estoy segura, tendría unos 9 años y era, como ahora, la fan número uno de las historias fantásticas e irracionales que cuenta Fernando Athié, que adoro creer porque contribuyen al mito de lo que soy.
Los ojos de Fernando, mi progenitor, se llenaban de sangre y orgullo nomás de contar la anécdota, que terminé aceptando porque hace más rica la leyenda familiar: Jassib murió sobre una mulata, haciendo el amor, recorriendo su cuerpo ardiente, así, con sus casi noventa años en la piel.
“Es que los de mi raza somos muy fogosos”, me decía mi padre, mientras yo, a los nueve años, lo imaginaba a él y a mi bisabuelo ardiendo en llamas, preguntándome si eso de ser fogosos no dolería mucho.
Yo lo vi, una vez en mi vida, en ese mismo puerto cerca del mar.
Estaba viejo, bronceado de más, vestía de blanco, me recordó a Popeye pero sin espinacas ni pipa. Mi papá me llevó a jalones y me obligó a besarlo: “Es tu bisabuelo, mira Laurita, ven, dale un beso”, yo no quería porque su tez acartonada y roja me dieron no sé qué, pero cedí, hasta que sus ojos profundamente azules revisaron mi rostro y sus labios de lenguajes raros dijeron como anunciando buenas noticias: “Majito, majito, ¡la majita Laurita sí tiene tu nariz!”.
En mi familia, tener nariz es como llevar un premio.
Mientras más grande, mejor, mientras más aguileña, más libanesa.
Aquel o aquella que se la opera es mirado de reojo y con cierto desdén: “Se ve bien pero, qué lástima que se quitó la nariz”.
(Acá entre nos, agradezco que Dios se apiadó de mí y no me dio las dimensiones “narizales” de mi padre, porque no sé qué hubiera hecho con tremendo pedazo de cartílago al frente, intentando, como sigo ahora, buscando una amor)
Sobre mi familia hay varias versiones, de entre todas he hecho una mezcolanza esperando no romper el mito y perpetuar la leyenda, conservando un poco de la risa de mi tía Margarita mientras la cuenta, y la fantasía que mi padre impone tras comentar cómo fue.
El Lugar: Veracruz, hace ya muchas décadas.
El puerto era más bello que ahora, sus playas limpias, su mar recibía barcos extranjeros al por mayor.
Mi padre me cuenta que en uno de esos, llegó Jassib, mi bisabuelo, buscando fortuna, queriendo cambiar su destino, dejando atrás Quesim, su pueblo Libanés, hoy, como entonces, en guerra y recibiendo bombazos en sus templos y monumentales edificios.
Dicen en mi familia que Líbano era “la perla del Oriente”, que ahí habitaban los más educados, preparados, inteligentes y hermosos de la región.
Dicen que hubo guerra, que todo quedó destruido, que fue necesario salir huyendo y venir a América: el paraíso terrenal.
Así llegó Jassib, con todo y nada en las espaldas, dejando a su esposa Marmar y a su hijo Farid en el barco, quienes no pudieron pisar suelo mexicano a causa de una epidemia de Sarampión.
No sé ni cómo pero la historia de lo que soy se vincula al norte y el sur de mi patria, se cuenta (para entenderla hay que soñar) por partes en el puerto de Agustín Lara, en Coatzacoalcos y Yucatán; por partes en la Ciudad del Caos, en la Lagunilla y en la colonia Algarín y, por otras, allá en el Norte, en donde hace una década, cuando decidí emigrar haciendo caso a mis genes nómadas, descubrí que parientes tengo a lo largo y ancho del país.
Así se va el barco.
Jassib llega a vivir al Defe.
Conoce “Meshincana”, se casa, hace familia y se olvida de aquellos dos que no pudieron bajar.
6 años después, Farid, mi abuelo paterno, vuelve al mismo puerto, de nuevo con su madre.
Bajan, buscan, preguntan y nada.
Duermen en el mercado, porque no tienen casa.
Farid empieza a platicar con los marchantes, durante un tiempo vende pedazos de tela y de jabón, que le regalan los otros libaneses ya establecidos, para que se ayude en lo que encuentra a su padre.
Farid descubre que existe el mayor de los mercados lejos de ahí y que ir a la ciudad implica un regreso a su origen, porque ahí vive su padre.
Reúne dinero, se traslada, llega.
La gran urbe es un monstruo, él apenas y mastica el español.
Su madre se queda en Coatzacoalcos, a esperar.
Cuando mi papá, Fernando, me cuenta eso, se le llenan los ojos de lágrimas.
Le duele pensar en un padre durmiendo entre las ratas y comiendo sobras.
La mirada se le nubla al saber cómo fue recibido por su abuelo, todavía no lo puede entender.
“Pero si era su primogénito y su único hijo verdaderamente libanés, no lo comprendo”, dice.
Cuando me cuenta, imagino a mi abuelo Alfredo (su nombre mexicano), de adolescente golpeándose y defendiéndose en las calles cercanas a la Lagunilla, donde yo crecí, rodeado de mocosos, con la ceja partida pero peleando contra sus medios hermanos, a puño limpio.
Mi padre me cuenta que Alfredo tocó la puerta de una vecindad y fue recibido a puñetazos: “Aquí no vive tu padre, ¡lárgate, vete!”.
Sus medios hermanos le pusieron una reverenda madriza, su padre le dijo que tenía nueva familia, que lo dejara en paz.
Veracruz se convirtió en su tierra por muchos años. Ahí aprendió a hacer amigos, estudió la primaria, comenzó a sumar “en español”.
Comerciante fue, toda la vida, conservó a lo largo de muchos años a sus amigos mexicanos de la niñez.
Mi padre me cuenta que Farid era tan guapo que las mujeres lo confundían con Emilio Tuero.
Dice que era muy inteligente, que nada ni nadie lo echaban pa’ atrás.
Dos de mis anécdotas preferidas son, la de los terrenos fraccionados y la de mi papá a los cinco años en el zaguán en el que yo crecí:
 “Todos estos terrenos que ves aquí” ─me contaba mi padre rumbo al pescado a la talla─ “fueron de tu abuelo”. Recorríamos kilómetros y kilómetros en carro y él seguía platicando y señalando con sus brazos aquí y allá y más allá. Me contó de abogados, de paracaidistas, de pleitos legales que duraron años, de la gloria y la ruina por no querer vender.
Mi padre decía que Farid platicaba con los agricultores, les dibujaba líneas y calles y casitas sobre un papel, explicándoles lo que planeaba hacer. Le vendían, él fraccionaba y así iba construyendo la fortuna que después perdió.
Lo lamento profundamente pero, no soy norteña, nací en 5 de febrero No. 1523, colonia Algarín, en la casa del zaguán inmenso y rojo por el cual corrieron mi padre y sus hermanos, y generaciones más adelante, mis hermanas y yo.
Ahí, en esa misma casa, mi abuelo recibía cada mes la visita de su mejor amigo.
Cuento la historia como la platica Fernando, mi padre, porque es así como me emociona más:
Se abre el zaguán rojo, las puertas blancas dejan entrar, de par en par, un carro negro escoltado por dos motociclistas, “Al frente y atrás” ─dice mi padre emocionado─. Del carro negro baja un hombre mayor. Como cada mes, él y Farid, mi abuelo, tomaban asiento y brindaban, entrados en copas, llamaban a los hijos: “¡Ángel, Alfredo, Fernando!… ¡Vengan para acá!”.
Dice mi papá que los formaban en el patio, como militares. Que atrás de las sillas escoltadas por hombres de negro muy mirones, se veían las plantas, la calle, las pelotas y el carro ese negro que adoraba mi papá.
Dice que comenzaban las preguntas reglamentarias y de siempre: “Y tú, ¿qué quieres ser de grande?”
–         Yo ingeniero, decía Ángel, el mayor.
–         Yo artista, decía Alfredo, quien en su adolescencia y aún ahora, parece como clon de Paul Newman, pero más bello y árabe.
–  “¿Y tú Fernandito?”, preguntaban a mi padre.
– ¡Yo presidente, señor presidente!, decía el más chiquito, que debió haber tenido unos 5 años, mientras mi abuelo, y su mejor amigo, el presidente Miguel Alemán, reían a carcajadas.
La historia de mi familia es tan larga que tengo el pendiente de contarla poco a poco en letras, para que no se me olvide retratarle a mi hija las imágenes que me dan sustento, para que ella cuente también sobre cómo se ha ido construyendo lo que somos.
Tengo pendiente ir a la tierra de mi abuelo, conocer su pueblo, buscar a mi gente.
Pero más pendiente tengo no olvidar lo que soy ni de dónde vengo.
Por eso, cuando alguien me pregunta: “¿Tu apellido es francés?”, dedico un tiempo y más a explicar que no, que es una mezcla de razas y que no se pronuncia así, como lo decimos los chilangos.
Athié se pronuncia “Atille”, y no es francés, ni tampoco es israelí ni lleva acento en su lengua original.
Por eso, cuando alguien me dice que tengo mirada de árabe, sonrío y mi corazón palpita y me siento inmensamente feliz.
Me llevo el pendiente, mando, por lo pronto, dos imágenes que me embelesan y un poema, que escribí hace ya años a propósito de mi historia familiar.
Las fotos que anexo: Farid, mi abuelo (el niño golpeador de la Lagunilla) en sus tiempos mozos y su cara árabe de Emilio Tuero, con sus dos medios hermanos mexicanos a sus costados, César y Carlos (esta foto me encanta porque parece que mi abuelo me está mirando). La otra, mi padre, sonrisa y cachete al por mayor, a los 5 años (cuando quería ser “Presidente, señor presidente”), rodeado de Alma, la mayor, Ángel y Alfredo, en esa casa que cuento de Algarín en donde también corrí de chiquita, construida por Consuelo, mi bisabuela materna, mujer aguerrida y despeinada eterna, negociante, emprendedora, de poco seno y mucha astucia, madre soltera por propia convicción a quién dicen mis tíos los mayores, me parezco a raudales de tanta rebeldía.
 
El barquito de papel del arbano Jassib
 (En 1913, cuando levan el ancla,
Comienza la historia de mis vidas pasadas)
Vino cargando su nariz desde el oriente
con la bolsa llena de mirra
mucha suerte
dos pollos agarrados de las patas y tres monedas en su calcetín
Después le siguió su hijo, con la misma nariz
y varicela
Vinieron, al igual que muchos
huyendo de la segunda guerra
¡Ahhh Veracruz!
Rinconcito de cielo
Entre ostiones y conchas comenzó a buscarlo
su nariz, que es la misma que porto yo ahora
se le nota a mi padre en las fotos desde que era chiquito
y la heredó mi hermana
y toda la estirpe libanesa que habita
en esta gran ciudad.
Al no encontrar a su progenitor en la bahía -según me contaron,
abandonó aquel puerto y llegó hasta aquí
durmió entre las ratas
vendió jabones
comió de la gratitud de los arbanos
y después se enamoró
Farid, se llamaba
un poco empresario un mucho muy audaz
atractivo y extraño pa’ las mujeres
“Como Emilio Tuero”, decían.
Había nacido en la Perla del Oriente
y apenas masticaba el español
pero cargaba un tesón de esos que mantienen a un hombre
de pié bajo un diluvio
o trepando una cuesta sin nada en la panza de alimento.
Afortunadamente, mis hermanas y yo
heredamos carácter, además de su perfil.
Ahora me pregunto: cruzar el mundo en barco, ¿qué se sentirá?
-yo sólo he cruzado media patria en avión y visitado Japón por internet
Vivir entre vaivenes y proas
canciones, gaviotas
y caldo de camarón
ser forastero en tierra caliente
habitando entre agua salada y mulatas de fuego
Debe ser interesante.
Mi bisabuelo Jassib (Jacinto en mexicano)
así de viejito como estaba
murió sobre una costeña
“Porque los de mi raza somos muy fogosos”, argumenta mi papá
y a él se le acabó la vida
tal y como vino
cerquita del mar
atractivo y sensual
“Como Emilio Tuero”, pero más arrugado
y buscando
-porque todavía seguía persiguiendo el hilo conductor de su raza migrante
de su sangre comercial y comercializadora
de su fortuna y su madre:
Mar    Mar
-su nombre
Farid
-su hijo
La suerte      la guerra      la pasión
Dinero y sed
Ambición      golpes de box
Moretes en el alma
La Lagunilla
Aviones        carros presidenciales        y dinero       muuuuucho  mucho dinero:
“Déme medio de rabadilla, dos pescuezos y cinco corazones rojos pal’ caldo”
Así vivió
El marchantito
Mujer
Si te topas con un hombre del oriente
cásate con él y prepara las arcas
y recibe billetes
y dale muchos hijos
y ámalo y entiende su mirada negra y profunda como el alma
y míralo alejarse despacito
mira su raza que le sale por los poros
y observa su aura de viejo capitán
Y espéralo    laaaaargos             largos meses
Con una cuenta bancaria y dos cofres con candados de acero
Y una casa limpia y mucha sopa
Y siéntate a disfrutar de sus ganancias
A escuchar sus andanzas a vigilar sus negocios, arbana
Porque la vida como en Oriente
con marido empresario
o hijo libanés
es sencilla mulata
muy sencilla
aventura
de derecha a izquierda
a        d        i        v
agua colorada
café
sexo
jocoque
tradición y pan  
(Tomado de “Este es el camino de las aventuras”, Laura Athié, 1998)

2 Comentarios

Comentarios en RSS
  1. Me encantó!!!

    Por: LUPITA G. FAZ . 16 agosto, 2012 . 6:04 pm

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