Érase una vez una tejedora...


Por Eliana Yunes

Tejer es una actividad antigua que corresponde principalmente a las mujeres. No se sabe bien por qué. ¡Tal vez por la habilidad con las manos para ciertas delicadezas, tal vez por la paciencia que demanda separar las fibras, enredar los hilos y después imaginar formas y diseños posibles para crear con ellos! El tejido aparece mágicamente entre las agujas y los dedos, y toma la forma de lo deseado: ¿Unos guantes? ¿Una cobija? ¿Una bufanda? ¿Un mantel? Después, el milagro de los puntos cruzados da lugar a un continuo que se antoja a la contemplación como un todo que estuviese ahí, desde siempre, creado así. A las mujeres menos antiguas, mientras bordaban y tejían, les fue permitido escuchar en la voz de adolescentes, la narración de novelas, cuentos y poemas cuidadosamente seleccionados. Mucho tiempo después, les fue dada la palabra en público.

Hoy sabemos que el lenguaje es un tejido, ricamente tramado, con hilos que asocian memoria, experiencia, sentimientos, reflexión y van vistiendo el mundo de sentido, este mundo sorprendente, aparentemente caótico en el que entramos al nacer. En la medida en que organizamos el discurso sobre las cosas, ellas se organizan en un orden, en principio, compartiendo con otros y, poco a poco, toman los colores y los énfasis de nuestro propio ritmo, de las imágenes que vamos construyendo como bordados sobre el bastidor en blanco del origen de las cosas humanas. El lenguaje, con sus tonos de expresión, que se tornan cada vez más personales, curiosamente van tejiendo el mundo y a nosotros mismos. Cuando hablamos, el mundo toma forma, pero también nos dibujamos nosotros mismos frente a él, porque lo que vemos y hablamos trae nuestra mirada, nuestro corazón y nos expone.

Así, cada persona – recordemos que persona equivale en griego a la palabra-máscara y que en latín es persōna (que suena a través de la máscara) – tiene en su corazón las marcas de la mirada que recortó del mundo. Y siendo una experiencia única de cada quien, ésta riqueza no debería mantenerse encerrada por una lengua, por una palabra enmudecida. Los tesoros del alma se ven en la ficción, cuando llegan al público, encuentran quien los transforma en otras joyas, pues al pasar de mano adquieren otro uso, otro acomodo que los renueva.

Imaginar que alguien pueda tener esta fantástica vocación para descubrir tesoros, darles composición de joyas, e devolverlas a su dueño original como creación suya, parece algo completamente nuevo. La vida y el lenguaje que fueron tejidos inseparables se revelan por el arte y sensibilidad de otro que retira del silencio la trama que estaba guardada en una memoria y da a leer la narrativa que rescata un tiempo, una historia, un sujeto. Atrás de la máscara se asoma un rostro, un gesto, una percepción de las cosas que tenían lugar en la arena del mundo y andaba fuera de escena, como si ahí no hubiera escenificación posible. Alguien tomó cuerpo en la escucha y se hizo verbo, pasando como un demiurgo-tejedor, que en este caso usa falda y lápiz labial.

Todos somos tejedores y no lo sabemos. Bordamos la vida por el reverso y con frecuencia no tenemos idea de los riesgos que vamos trazando. Encontrar a alguien disponible a esta ternura, profesando la fe en la palabra que es testimonio de otro y de su propia vida, es por lo menos, original. Y se reviste de una belleza que tiene compromiso con la ética, con el ceder la voz y darle una oportunidad a quien calla su misterio por el desencuentro cotidiano que se crea entre el vivir y narrar. El gesto generoso de esta tejedora de historias ajenas es el de tornarlas personas, máscaras por donde finalmente hace eco de la palabra que les da identidad, que les da un nombre, que les devuelve la vida como palabra hablada.

Sin embargo, mucho más se configura en el gesto generoso de prestar su habilidad al cuerpo, al corazón de otro: la historia rescatada del silencio se convierte en libro… Un libro, ¿se entiende? ¡Un libro con firma propia! Aquel que no se creía capaz de hablar, de contar, después de la voz gana un texto escrito. Se adelanta a muchos que hablando, leyendo, nunca escribirán…
El trabajo de esta tejedora de historias, Laura Athié, que lidia amorosamente con las historias de otros, es como el de una bordadora antigua y moderna al mismo tiempo, que recoge los hilos dispersos en una canasta de memorias ajenas y, poco a poco, jala del caos enmarañado de vivencias para ofrecer un tejido artesanal, único, una narrativa en que el otro se reconoce y gana identidad propia. Con él viene una familia, un lugar, una época, que permanecería en la oscuridad si no fuera por esta sonrisa gentil y confiable de Laura que acoge y recoge la timidez, la duda, los temores, los deseos y los trae a la luz.

Sólo mucha sensibilidad, -además de conocimiento efectivo de quien repiensa el mundo por la palabra, de quien se reconoce porque sabe que tanto hay de creación de sí y del mundo en el verbo, en la historia de los hombres – podría dar espacio a un acontecimiento de esta naturaleza: garantizar un tiempo, una escucha, y escribir para alguien que sólo soñó con libros ajenos y así pueda soñar con su propia ficción… de verdad. Esto sería más bien, verdaderamente, la práctica de la enseñanza en su integridad.

Esta tarea voluntaria de ponerse además como pro-vocadora de historias ajenas, y en comunión con ellas salir afuera tejiendo narrativas de lo suyo más personal, corresponde casi a modo de un preceptor, cierta misión de entusiasmar para el goce de la invención de uno mismo.
La alegría, la esperanza, el alma de este proyecto que ahora edita su primer libro, hace de Laura la escritora que buscando dar expresión – más que a lo dicho, o no dicho de algunas vidas – da paso a los ficcionistas que duermen en cada quien, y bajo el reto de bordar lo ajeno, crea simultáneamente una imagen genuinamente suya como mentora de muchas voces.

¡Larga vida a Laura!
Eliana Yunes
Directora de la Cátedra UNESCO de Lectura
Universidad Pontificia de Río de Janeiro, Brasil
Marzo del 2011

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