El hombre que no era

Por Angélica de Icaza

(Ciudad de México 1953) Desde hace más de treinta años ha tenido una relación muy cercana y gozosa con los libros, la lectura y la creación literaria. En 1975 publicó su primer libro de poesía titulado Sensaciones, al tiempo que colaboraba en la Dirección de Publicaciones del periódico Novedades. Desde entonces sintió la necesidad de transmitir el placer que le provocaba la lectura, necesidad que pudo satisfacer dedicándose, en un principio, a la promoción editorial. Siempre en el área de difusión y relaciones editoriales ocupó cargos de subdirección en empresas como Editorial Nueva Imagen, Grijalbo y Fondo de Cultura Económica. Sin embargo, se dio cuenta de que no era suficiente con publicar y promover libros, además era necesario formar lectores. Esa fue su tarea de 1994 al 2000 en el programa Rincones de Lectura, de la Secretaría de Educación Pública.
Durante siete años fue directora de la Fundación Mexicana para el Fomento de la Lectura, de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, y es autora de los libros de poesía Por la piel, publicado por la Universidad Autónoma de México, en la colección Punto de Partida; Entretejeduras, Universidad Autónoma Metropolitana. Sus textos aparecieron en Mujeres poetas de México. Antología Poética (1940-1965) Atemporia poesía, 2007, y La mujer rota. Literalia editores, 2008.
En 2003 y 2004 fue guionista y conductora del programa Alas palabras, que se transmitió a través de RADIO UNAM. De 2003 a 2007 coordinó el programa editorial de Alas y Raíces a los Niños, del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, en donde creó cuatro colecciones escritas e ilustradas por niños de todo el país. Actualmente es Coordinadora de Formación de Mediadores de A Leer/IBBY México y se dedica a la promoción de la lectura.
Una breve introducción, tan breve como este relato, contado desde la perplejidad de una mujer que sucumbió a su propio encantamiento.
Desde siempre el hombre ha sentido la necesidad de descifrar el universo y explicarse a sí mismo. Esta es quizá la razón por la que Irene decidió recrear parte de su historia reciente. Explicar, nombrar, tratar de entender, no sólo el reflejo de lo que sucedió, sino mirar de nuevo el testimonio ineludible que dejaron las palabras escritas en un cuaderno o recibidas por correo.
Es cierto que al hacerlo busca ganarse simpatías pero, al no tratarse de un litigio y al no haber un Jurado que vaya a dar su veredicto, de nada le sirve mostrarse entera y consistente después de haber renunciado a lo importante: dormir otra vez en brazos de su amado.
Esta es la versión femenina de lo que aconteció, por ello es parcial y está incompleta. Tal vez sea necesario escuchar al otro, saber de primera mano qué le sucedió a Geoffrey:


Cuando uno está enamorado
empieza engañándose a sí mismo
y termina engañando a los demás.

Oscar Wilde
Las señales
¿Cuándo empezaron a llegar las señales? Irene tiene registrada en el cuerpo la primera sensación de incomodidad, pero era muy pronto para detenerse en ella. Él había llegado de Europa el día anterior y después del encuentro en la librería no se trataba de meter ruido en una relación que había superado la prueba más importante: verse por primera vez, caer en los brazos del otro; tocarse, olerse, sentirse. Por eso la pasó por alto. Aun así, decidió no acompañarlo a la comida en la que iba a estar toda su familia: “Mis padres y mis hermanos ya saben de ti, pero para mis primos y tíos va a ser un poco fuerte, aunque, claro, vas como invitada y que ellos se imaginen lo que quieran”. Clandestina, soy clandestina, entonces –se dijo- para una parte de la familia no existo. Irene piensa ahora que al declinar su invitación Goeffrey debe haber sentido un gran alivio. Él insistió lo prudente y hasta ahí. Tal vez no recordó lo que meses antes había escrito:
Le platico: recibí un correo de mi hermana en la que me dice muy linda que en la reunión comida del 28 además de los primos van a estar mis padres y mis tíos (hermanos de mi madre y que son casi como mis papás), lo cual me da mucha alegría por dos razones: una, va a estar el núcleo duro (remarco el duro sólo para hacerla sufrir un poquito jajaja) de la familia y segundo, va a estar Usted. Mi hermana, que sabe por supuesto de Usted, me dice sino es muy abrupto para mis padres, que yo vaya acompañado de tan hermosa dama, pero me dice que obviamente lo deja a mi consideración. ¿Cómo le puedo decir que quiero estar con Usted? Muy cerca de Usted.
La segunda señal llegó al día siguiente. Él le contaba la forma en que su ex mujer (¿ex?) le había dado la noticia al pequeño hijo de ambos que papá se regresaba a México. Habían acordado que el motivo sería la necesidad de encontrar un trabajo, pero al decir Yvonne que Goeffrey se iba porque estaban separados como pareja, él se molestó: “No habíamos quedado en eso.” Al escucharlo y sentir una leve opresión en el pecho, Irene no tuvo más remedio que enfrentarlo a la verdadera razón de su enojo: “No, señor, te molestaste porque ella te cerró la puerta definitivamente”. Intentó pasar por alto esa revelación, pero se había dado cuenta de que mientras Goeffrey le escribía que la amaba, en realidad estaba esperando una reacción de la ex, reacción que no llegó, lo que hizo posible que continuara entre ellos la conversación epistolar. Durante meses vivieron el delirio de la correspondencia y en ese tiempo fue inevitable que Geoffrey, con ese afán que tienen algunos hombres de confesarse, le escribiera:
Y aquí le confieso algo, yo tengo novias y amantes que me esperan en México. No estoy enamorado de ninguna y no veo en ninguna de ellas la riqueza extraordinaria que tiene Usted. Usted en sí misma y Usted para mí tiene un significado insólito y para mi vida. Usted ha sido un increíble descubrimiento para mí. Yo quiero ser su pareja, quiero que Usted sea mi pareja.
Desliz que Irene quiso atajar de inmediato:
Yo quiero ser su mujer, su pareja, su amante, suya, pero en algo estoy clara: no quiero ser su confidente en asuntos de amor. Por eso, ¿podríamos omitir el tema de sus novias?
No creo sinceramente que aporte nada a la conversación.
Sin embargo, esta confesión, ahora, meses después tiene un sentido diferente: ¿Si ella lo hubiese visitado de improviso en Oaxaca, habría puesto a Goeffrey en una situación incómoda?
No la invitó a acompañarlo, tal vez porque como él dijo: “Nos estamos conociendo”. Pero, ¿esa era la verdadera razón?
Irene estaba enamorada, perdida, irremediablemente y en la vorágine de la pasión le escribió un poema:
El principio
Más allá de la voluntad de la conciencia, hay un lugar íntimo y secreto.
Es el lugar donde se inicia el recorrido de un río nocturno que fluye hasta la madrugada.
Humedad en las paredes y en el tronco, que permanece erguido y expectante.
Agua, agua por todas partes, el río que se bifurca en manantiales y cascadas. Montaña abajo se desliza con la suavidad de la mirada, se detiene con la dureza de unos brazos que intentan contenerla.
Él es el continente y al mismo tiempo la posibilidad del horizonte.
Corriente subterránea, yegua sin freno, mujer de cierta edad, rotunda y generosa.
Su intimidad abierta lo convoca y él responde, le muestra cómo llegar a ese lugar inhabitado, intocado, virgen, sin historia. Ese lugar que tiene vida propia, más allá de la voluntad del cuerpo, cercano al universo, a la fusión del mundo, a la unidad, al viaje, a la pérdida total de la conciencia.
Fuerte, ¿verdad? El único comentario que él le hizo fue: “Para publicarlo, habría que trabajarlo más”. Pero Irene no quería publicarlo, lo había escrito sólo para decirle… Después vino el desencuentro en Puebla.
Al terminar la presentación de su libro Mujer de cierta edad, con abanico, ella sintió la necesidad de demostrar hasta dónde llegaba su amor y dijo, frente al público: “Este es un libro en el que Blues enterró a sus muertos e invocó a un hombre. El hombre que quiso bailar con ella, que la detuvo en una librería, que quiso mirarle el alma y navegar: Geoffrey Firmin,” Para sorpresa de Irene él le comentó que se había sentido incómodo con esta declaración, aludió a lo público, pero en realidad sintió que ella se estaba exponiendo innecesariamente; sabía, sin saberlo, que no podría, más adelante, responder a ese atrevimiento.
El 26 de diciembre, un mes después del encuentro Goeffrey se fue a vivir a Oaxaca. Le dijo que no quería perderla, que no quería que se perdieran. No se quedó un mes en Privanza como habían planeado. Salió en busca del hombre que había dejado dos años antes en la ciudad en la que vivió más de veinte años; necesitaba recuperar su espacio, su piel, su casa. Irene lo entendió, no sin temor, no sin reserva, porque lo único que quería era tenerlo cerca, que afianzaran la relación, que le diera prioridad a sus sentimientos. No fue así. Prometieron escribirse. Irene intentó no ser demasiado insistente, dejó espacios entre mensaje y mensaje porque sabía que las circunstancias de Goeffrey habían cambiado. No podía esperar que le enviara cinco cartas diarias como cuando estaba en Europa, pero sí le pidió que estuviera presente:
Estoy escribiendo un texto que se llama El origen, y trata de la necesidad que tenemos las mujeres de saber de nuestros hombres. Entendemos su calidad de guerreros, pero no su olvido; el relato da una solución que a mí me parece venturosa: él se va a cazar, como todos los hombres de la tribu, pero le dicta a la paloma un mensaje dirigido a su mujer que espera en la aldea (la paloma es quien da cuenta de cómo están los cazadores). El mensaje dice: Estoy, estás conmigo. Eso es suficiente para que ella recupere la esperanza…
A las mujeres se les había ido el pensamiento, permanecían alrededor del círculo de fuego y aun así, a pesar de su inmovilidad hacía ya tiempo que no estaban.
Solícitas y silenciosas esperaban la llegada de los cazadores, pero no había ilusión en esta espera, sólo resignación, renuncia… Y sin embargo, una mujer yacía, perfumada y despierta, destinada a morir en los brazos de su hombre… ¿Por qué a esta mujer no se le había volado el pensamiento? Porque cada mañana encontraba en la piedra de las inscripciones las palabras: Estoy, estás conmigo…
Si usted enviara, de vez en cuando, una paloma mensajera que me dijera que está conmigo, yo lo esperaría toda la vida, perfumada y despierta, destinada a morir en sus brazos.
Cuando recibió la respuesta a su petición de continuar en la vida de su amado, vio, pero no quiso detenerse en ello, otra señal de alarma: ¿A qué se refería cuando hablaba de Albertoni? ¿Qué tenía que ver con su mensaje?
Mía, el mensaje de la paloma va a ser muy corto, pero prometo escribirle con profusión el día de mañana, hoy el mensaje dice que la amo enormemente, que la extraño y que sus intentos de hacer entender a otros de que el amor cuando se acaba, se acaba son inútiles, especialmente cuando una mujer toma la decisión… así es y así lo dice mi amigo Albertoni.
Le mando un beso muy. Besos mil
Su novio un poco solo, pero feliz de leerla.
Era evidente que había respondido apresuradamente, por compromiso, obligado a enviar una paloma que mantuviera a la mujer perfumada y despierta. Ella se había propuesto ser paciente, por ello su respuesta no dejó ver el desconcierto que le había provocado el apuro del novio:
Amor mío, no se preocupe por no escribir hoy profusamente. La mujer sólo necesita saber que él está con ella (eso dice la paloma), pero le encanta leerlo, saber cómo está su amado, le inquieta que se sienta un poco solo cuando ella quisiera abrazarlo.
Fue inevitable, sin embargo, remitirse a un mensaje anterior:
¿Verdad, que siempre vamos a ser para siempre?
La vida me ofrece a Irene. ¿La tomaré en mis manos? ¿Seré capaz de amarla y construir la felicidad total? ¿Finalmente he llegado al final de mi larga y sinuosa búsqueda de la felicidad y el amor?
¿Estaré a la altura de esta enorme dicha que siento ahora y que apenas se me vislumbra como un amplio horizonte?
¿Quién había escrito esto? ¿Ya no era el mismo o simplemente nunca había sido?
Le contesto rapidísimo. También me gustaría una noche de fiesta y baile hasta que caigamos de cansancio en la cama… Le mando un beso…
G. Su novio algo desvelado y algo crudo.
Irene sintió que esa no era la respuesta que había esperado y aun así quiso decirle, aunque fuese veladamente, que lo que tenían se lo estaba llevando el diablo (quien, como sabemos, odia el amor y especialmente a quienes tienen la osadía de creer que han regresado al paraíso).
El 1 de enero le escribió:
G, querido mío, ¿cómo empezaste el año? Yo tengo la sensación de haber regresado de un viaje y apenas estoy deshaciendo las maletas. Quisiera aferrarme a la idea de futuro, pero ahora entiendo por qué siempre esta idea se me ha escapado: me da miedo imaginar y perderme. No quiero que te sientas responsable de mí, el amor es mío, me basta y me sobra, pero estás tú, destinatario de tanto delirio. Y no sé qué hacer contigo.
No puedes estar en mi vida cotidiana, ya se vio que esto no es posible; serás entonces el hombre al que veré de vez en cuando. Cada tanto renovaremos nuestros votos, nos amaremos en la penumbra de algún hotel, nos enviaremos mensajes unos días más o menos candentes, otros días marcados por la distancia y las preocupaciones de cada uno. Esa será nuestra vida, y ni forma de hacerla diferente. No sé si es la vida que deseo, pero es lo que me ofrece este momento. La tomo, con la seguridad de que el amor que siento por ti va más allá de cualquier ecuación que considere conveniente. Me ayuda la idea de no futuro, porque no hay posibilidad de frustración, así he vivido ¿por qué ahora tendría que ser distinto? Mi vida se va haciendo a retazos, después, mucho después entiendo que cada pieza ocupa su lugar y no hay remedio. Pero el amor necesita futuro ¿no es cierto? Y yo no sé cómo proyectarte en mi vida, porque tengo miedo y prefiero dejarte en la antesala. ¿Vas a quedarte ahí? ¿Ocuparás todo el espacio de mi habitación?
Hacerme tuya es más que poseerme. Hacerme tuya es jugarte por mí, apostar cada momento juntos, es algo más que decir que me amas; es la totalidad, la entrega y el absurdo. Me pregunto si quieres jugar todas tus cartas en esta apuesta, la última, querido, no tenemos, por cierto, mucho tiempo. Yo estoy dispuesta a jugarme, lo que sea que eso signifique. Pero está en ti la decisión, debo reconocerlo, en tus manos está el amor o la distancia. No sé lo que va a suceder. Sólo te digo, amor mío, que esto vale la pena y si no es así la vida me dará la respuesta.
No fue necesario esperar siete años para que llegara la respuesta…
La tregua
Si bien hablaron de una tregua, este no es el término correcto. Una tregua se da cuando hay guerra y ellos no llegaron a enfrentarse…
Te escribo desde un café internet cerca de Reencuadre (donde tomé la especialidad en Programación Neurolingüística y hoy inicia un seminario).Odio hacer preguntas que llevan al otro a tratar de justificarse. No es necesario. El único reclamo (si es que cabe) es que hoy es jueves y tuve que llamarte para enterarme de que no vas a venir. Eso señor, aquí y en cualquier sitio, lengua o cultura se traduce como falta de cuidado hacia el otro. Leo tu mensaje esperando la confirmación de tu llegada. Dices que me extrañas y no lo dudo, pero no es suficiente. Te pregunto si algún día nos volveremos a ver y contestas evasivo: Sí, claro, tal vez, pronto, tal vez”. Esa no es la respuesta que se le da a una mujer enamorada. No dejaré de estarlo por decreto, sabemos que no funciona así, pero sucede que cuando no me siento cuidada me veo en la necesidad de hacerlo yo misma. Por eso te propongo que dejemos, por ahora, esto así, de este tamaño. Cuando haya la oportunidad volveremos a hablar. ¿Vale? Un abrazo.
Sin embargo, para llegar a esto, fue necesario que Irene recorriera un camino corto, pero doloroso…
Del diario de Irene:
El novio no aparece desde hace cuatro días; no llama, no escribe, no envía mensajes. Nada. ¿Podríamos considerar esta descortesía como algo natural después de haberse mostrado “tan enamorado” y haber escrito más de 276 cartas?
Hasta ayer Irene se decía que a ella le correspondía practicar la confianza y la paciencia, pero después de una noche de insomnio, mientras las frases saltaban sobre la cama cual hormigas, pensó que tal vez no se trataba de practicar la confianza sino la desconfianza, el cuidado de sí misma. Quizá de eso se trata, pero no sabe hacerlo, no lo ha hecho nunca; desbocada e intensa escribe en un Sanborns mientras espera a un amigo que llegó de Barcelona.
En la madrugada se le tiraron encima las frases de la sinrazón, en ellas no hay nada cierto. Seguramente el novio va a aparecer en cualquier momento y ella se burlará de su tontería por haberse instalado en un drama anticipado y sin pruebas fehacientes, sin palabras, sólo silencio. ¿Hay algo más desquiciante que el silencio? El silencio te permite imaginar todos los escenarios posibles y si de darse manija se trata estos escenarios suelen ser desoladores.
Ayer llenó de reclamos la habitación y se le fueron revirtiendo uno a uno:
• Las mujeres que temen ser abandonadas establecen relaciones de deuda.
• No era necesario llegar tan lejos. Nada se ha perdido, o tal vez sí, la posibilidad del horizonte, una manera diferente de mirar el futuro.
• Es cuestión de prioridades. Matemático pues. Dice Pennac que el tiempo de escribir y de leer es tiempo robado; también lo es el tiempo para amar. Si yo no estoy en tus prioridades ¿por qué vas a estar en las mías? Creo que hay que cuidar lo que se quiere, no tirarlo al garete y pretender que nada ha sucedido.
• ¡Qué chanta, Dios mío, pero qué chanta…!
• El silencio no es suficiente. Para que desconfíe me vas a tener que dar buenas razones.
• Toda elección es una renuncia, la tristeza es triste, ni duda cabe, y en el amor todo lugar común es válido.
Irene le escribe a su amigo Óscar, le escribe a él porque sabe que va a entenderla desde su propio conocimiento, desde su propio dolor; el dolor es algo extraño, nos hermana, nos hace vulnerables, frágiles y por lo mismo cercanos. Exponerse es crear un manto de intimidad con el otro, pero hay que ver primero quién es el otro, y ella tiende a equivocarse; se equivoca porque desconfiar le implica un esfuerzo que prefiere utilizar, gastar en otra cosa, como sobrevivir, por ejemplo. Eso sí que requiere de toda su energía, porque aunque no lo parezca a ella le cuesta estar aquí (salvo en aquellos momentos de gracia que le da la escritura, el amor o la conversación). Fuera de ello sabe que tiene que irse, lo sabe desde siempre e insiste -pero nadie le cree- que éste no es su lugar; a veces se le olvida, en ocasiones lo que desea es quedarse, pero no encuentra suficiente asidero y entonces emprende el viaje hacia el origen. Cualquiera diría que está ausente, volada, que así es, que no hay que preocuparse, que luego vuelve (siempre vuelve), pero Irene sabe que algún día ya no va a regresar.
Mientras tanto y para paliar la confusión se dice como si fuera un mantra: “Soy una reina y me corresponde comportarme como tal”.
Después, por supuesto, llegó el enojo, la descalificación. Por fortuna no se dejó llevar por el impulso de enviarle a Goeffrey el siguiente mensaje:
La necesidad es un apuro.
Irene
No, señor, usted se equivoca: Irene no es una mujer para dejarla sola, no después de haberle mostrado el paraíso. Ha sido irresponsable de su parte permitir que se lleve el viento las palabras, tantas palabra dichas. Porque usted sabe que ella le da a las palabras un significado preciso, son su territorio, el único en el que se siente segura y protegida.
No vaya a ser que le demuestre lo contrario y ella venga a saber ahora que para usted no tienen ese valor, que son letras acomodadas a voluntad de seducir mientras son necesarias. Un ancla, un propósito, una forma de traerlo a casa sin tanto dolor. ¿A eso se reduce su actuación en esta obra? No, señor, ella es más que un ancla, es más que una ilusión, es mucho más que una palabra. Ella es en sí misma, la mujer que le abrió la posibilidad de conocer la tierra prometida. ¿Le parece que es mucha vanidad? Sí, es cierto, porque ella sabe lo que tiene y lo que puede ofrecer. No todos, usted incluido, se atreven a mirar más allá y jugarse. Porque de eso se trata, señor mío, de jugarse. Jugar significa perder o ganar y es evidente que usted no tiene las agallas del jugador. Mala tarde. La corrida resultó un fracaso: el toro que embestía con valentía y enjundia sucumbió ante el embate de las banderillas.
A ella no le interesan las justificaciones. No las necesita. Con usted aprendió que el futuro importa y mire nada más el futuro que tenía delante: una mujer que trabaja incansablemente para confiar y tener paciencia; una mujer que se mueve de lugar hasta marearse; una mujer que quiso cuidar una relación incipiente e incierta con dosis de prudencia.
Ella desea tener a un hombre cerca, no uno que se desaparezca casi una semana para decir después que tal vez algún día volverán a mirarse.
Y bueno, Blues tiene razón, las mujeres así, como ella y como Irene van a estar solas a perpetuidad.
Después de enviarle la carta en la que propone una pausa a la relación tuvo un momento de debilidad y a la 1:30 de la madrugada le envió un mensaje por teléfono: “Camino por Privanza. No puedo dejar de llorar”. Sin embargo, cuando llegó a casa se preguntó si podía seguir adelante, si estaba dispuesta a dejarse lastimar de nuevo. Esta fue la respuesta que se dio y que le envió a Goeffrey:
Salgo a caminar por Privanza. Me hace bien. No quisiera invalidar mis palabras, porque todo lo que le dije en la carta anterior es verdad. Ahora le escribo aunque hace unas horas le pedí que nos diéramos una tregua, y sigo pensando que nos haría bien.
Usted tiene muchas cosas que resolver antes de involucrarse en una relación: vivir el duelo, reencontrar su espacio, jugar con sus “autitos”, (es una metáfora para decir que ahora lo importante es su trabajo, su seguridad económica) y yo me siento pendiendo de un hilo.
No soy una mujer que pueda estar en función de un mensaje, de una carta, de una “visita conyugal”. Lo siento de verdad. Me declaro incompetente. Estamos desfasados en el tiempo, en los intereses, en la geografía. Tal vez después coincidamos de nuevo, pero ¿qué caso tiene hacernos daño ahora?
Me gustaría acompañarlo en el proceso, pero, si bien no me falta el amor quisiera preservar lo que tuvimos. Usted escribe poco así es que no le será tan difícil (y lo entiendo). Viva lo que tiene que vivir (es evidente que yo no aparezco en este cuadro) Tal vez después…
No sabemos si la respuesta del novio era la que había esperado Irene. Quizá hubiese deseado que él hiciera honor a sus palabras, escritas pocos meses antes:
Y hace dos meses, estaban todas las piezas sueltas y perdidas, ahora se han acomodado de una manera que Usted encaja perfectamente en mi vida y la veo como la culminación de mi existencia. Hay cosas que cada uno de nosotros debemos cambiar por nosotros mismos, hay otras que ambos nos debemos ayudar y comprender y aceptarnos y juntarnos para cambiarnos uno al otro.
Esta edad es muy linda para enamorarse porque somos conscientes de nuestras debilidades, nuestras fortalezas, tenemos experiencia, de nuestros traumas, de nuestros miedos y sabemos exactamente qué si podemos afrontar solos y qué necesitamos de nuestra pareja. Si, mi Amor, vamos creciendo juntos, ayudándonos allí donde no podamos solos. Juntos.
Pero no, este novio (el de ahora) aceptó, sin más, la decisión de Irene. Cuando ella abrió un poco la puerta él salió despavorido porque sentía que lo iba persiguiendo el compromiso, el amor, la intensidad, la entrega. Diríamos que sintió alivio porque era evidente, como lo dice en su carta, que no podía mantener una relación significativa y al mismo tiempo reestructurar su vida.
Efectivamente estamos tan lejos que cuando estaba en Europa ahora parece más cerca. También me declaro en la incompetencia total (ya lo demostré y mil disculpas) para estar pensando en Usted, y para estar cerca. La verdad, ahora se me hace imposible. La única justificación es que tengo que rehacer mi vida y hay muchas cosas que hacer.
Y sí, no tengo tiempo y energía para una novia tan increíble como Usted.
Una tregua me parece bien.
Usted representa no sólo un gran amor, también una parte de mí que amo: la literatura, y qué mejor amor que alguien que vive literariamente. Es decir, la perfección amorosa.
Un beso
G
¡Vaya, qué manera de escaparse! El hombre que la iba a cuidar corrió como conejito asustado. Irene supo entonces que después de este mensaje se abría una pausa más grande y profunda que el océano. Se había cancelado para ellos la posibilidad de firmar un armisticio.
Su respuesta fue muy breve, dijo lo necesario para que quedara claro que no había cuentas pendientes:
Y sí, en este momento necesito silencio. Gracias y un beso. Irene.
Sin embargo:
También me declaro en la incompetencia total (ya lo demostré y mil disculpas) para estar pensando en Usted, y para estar cerca”. Irene se pregunta dónde quedó el hombre que le decía en una carta:
¡Imposible! Ya lo intenté varias veces, me dije: G, ya, deja de pensar en Irene, un rato. Pasaban cinco minutos de libertad y de vacío en mis pensamientos (porque además ocurría algo raro: no podía llenar ése vacío), y Usted volvía aparecer y me acompaña adonde vaya, como una sombra, una bella y luminosa. Si antes ya parecía un lunático ido, ahora estoy peor. Me da pavor pensar que estoy en la compu escribiéndole y ya dejé panecitos en el horno o se está cociendo algo y entonces se me quema o empieza a salir humo. ¡Pero es imposible! ¡Además no quiero!
Ella le dijo en alguna ocasión que deseaba que él terminara su novela. Voy a insistir –le dijo- si es lo que verdaderamente quieres hacer.
Siempre quise escribir una novela, pero no tenía tiempo, ganas, etc. y cuando dejé mi trabajo en lugar de hacer lo normal que es buscar un trabajo, me dije: ahora sí voy a escribir un libro.
Cuando llegue a México hacemos un ritual y nos vamos a comprar ambos el Melate. Tal vez, uniendo nuestras energías y coincidencias nos lo ganamos, nos dividimos la lana, y el tema y la preocupación del dinero lo podríamos guardar en donde siempre debería estar: en un cajón (en la vida moderna es una cuenta de banco) y nos podríamos dedicar a lo esencial de la vida: tener una vida sencilla, cálida, amorosa, gozosa.
Yo podría cumplir el sueño de una gran parte de mi familia: tener una “palapita enfrente del mar… no casa, no mansión con alberca, no, una “palapita”…cuatro palos con hojas de palma de techo…
Ambos nos necesitamos y queremos tener a alguien a nuestro lado, que nos quiera, que sea cariñosa, divertida, sensible, amorosa, que nos proteja y reconozca nuestros sentimientos, que compartamos valores similares. ¡Y hasta ahora es Usted una Maravilla! Mi novela la tengo en la compu, en internet, USB y llegando a México la imprimo.
Ahora, pocos meses después, la novela puede seguir esperando el sueño de los justos. Él es un funcionario, enajenado con el trabajo, tanto que no se puede dar el lujo de tener “una novia tan increíble como ella”. Tendrá otras novias, seguramente, porque no es un hombre que pueda estar solo, pero siempre se preguntará si no dejó pasar, por cobardía, a la mujer que dijo haber esperado toda la vida.
En realidad Goeffrey se enamoró de un personaje, de la mujer que vive literariamente, intangible y paciente, de la mujer que estaba dispuesta a esperar a que resolviera sus asuntos, tanto económicos, laborales, como afectivos. Cuando ella apareció en su vida él se encontraba en un territorio tan hostil que conquistarla se convirtió en un asunto de Estado; tenía que sobrevivir a la frustración, a la ruptura con su mujer, a la ausencia de su hijo. Irene representaba “un gran amor”… pero no era, no fue, nunca sería, simplemente habría que agradecer este encuentro afortunado y necesario. La necesidad es un apuro y por ello no fue capaz de mirarse y medir las consecuencias de sus palabras, de sus sueños proyectados en largas cartas. Quiso ser el hombre que escribía una novela, que vivía en una playa, que deseaba una pareja que lo acompañara, y cuando llegó la mujer a la que había invocado, no supo qué hacer con ella. No mintió, por lo menos no deliberadamente. Simplemente no pudo.
Ella, por su parte, se enamoró de un espejismo y por este encantamiento habría estado dispuesta, sin dudarlo, a dejar su casa, su ciudad, su familia, sus amigos. Él le dio todos los elementos para creer, tanto que involucró a Camila, la hija de Irene (imperdonable), pero no fue capaz de sostener su palabra.
Palabra dicha al viento, irresponsable, inconsistente, dictada por la necesidad. ¿Por qué llegar tan lejos? ¿Para qué? ¿Hay algo más indigno que no hacer honor a las palabras? Ella se pregunta ahora cómo Goeffrey podrá vivir con esta incapacidad, con esta impotencia. Niñitas no le faltarán, pero ella, la mujer que estaba dispuesta a jugarse con él, no estará más. ¿Cómo pudo ser tan idiota?
Irene se enamoró de un hombre que quiso ser y no fue. Se dejó seducir por su necesidad de absoluto -no sabe vivir de otra manera-. Y ahora, sólo le queda alejarse hasta perderse en la bruma. “Va a la deriva… la intensidad no es sólo atrevimiento, la intensidad es una forma de suicidio”. Pero no, no en esta ocasión. Por primera vez en su vida no está dispuesta a que la intensidad sea una mortaja.
Debe reconocer el camino recorrido. Ya no es la pequeña Guadalupe que cambió su nombre para sobrevivir; no es Blues y su atrevimiento, su soledad irrenunciable, ni siquiera es Irene y su grito de hembra herida:
¿Qué sucede si se pone a llorar aquí mismo? El público no se merece tal escena. No es actriz, no se encuentra en una sala de teatro, los comensales hablan de sus asuntos y desconocen el título de una obra que ni siquiera fue anunciada en cartelera. Pero ella, Irene, a quien nadie conoce, tiene ganas de llorar. Llorar, ¿por qué? Ese es el misterio de las lágrimas: uno llora por todo y por nada.
Cuando siente que la piedra en el pecho es insostenible la va desangrando poco a poco, de tal manera que pueda ser diluida por las lágrimas. La roca se irá desintegrando hasta ser polvo en el polvo. Hay que expulsarla, lejos, fuera, años luz, no ver, ignorar, ex –pul –sar que significa sacar de la tráquea, escupir… Ella quiere llorar para expulsar el objeto que la obstruye, pero antes tiene que identificar el lugar donde se encuentra: ¿Es el pecho? ¿La garganta? ¿Los lagrimales? ¿Acaso el puño crispado en la palma de la mano.
¿Dónde el dolor, entonces? ¿La angustia, la nostalgia, la pérdida, la renuncia, el enojo, el abandono? ¿Qué sucedería si de pronto lanzara un alarido de hembra herida? Herida de antemano, herida siempre, herida inevitable, herida antigua y siempre reencarnada. No hay remedio, cualquier intento es absoluto y por lo mismo inútil. Intento por vivir, por seguir viva, por no volarse, por permanecer. ¿Cómo anclarse al desierto? Irene sabe lo que provoca cuando seduce con la palabra, pero nunca es suficiente para que alguien la detenga. Ella va a la deriva, la intensidad no es sólo atrevimiento, la intensidad es una forma de suicidio. Sabe que el tiempo de gracia ha terminado… sabe también que no es necesario insertar otra moneda.
Si ya no es Guadalupe, Angélica, Irene, Blues, ¿quién es entonces? Ahora es una mujer que ha sentido en el cuerpo el calor de la presencia de un ser que la trasciende. Sabe que tiene que renunciar a los hombres que no son porque no están preparados para ser, y eso la deja en una soledad irreparable. Más allá de lo que suceda afuera ella sabe, desde siempre -porque todo lo sabemos desde siempre- que el camino va más allá de las anécdotas, que esta ha sido tan sólo una experiencia de vida, y si se pone en su lugar, en el lugar correcto, el que le corresponde, el camino puede seguir siendo bello y promisorio.
Epílogo
El silencio tiene la cualidad de convertir las treguas en océanos,
las pausas en abismos.
El silencio tiene la cualidad de cancelar la historia y el relato.
El silencio no es moneda de cambio…
Habrá que darle voz…
y la voz dice: Abur, kaput, c´est fini, que te sea leve
Adiós.

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