Algo sobre los olvidos y las ruedas *

Presentación Lupus Tlaxcala

Laura Athié
Tejedora de historias
Aunque mi libro se llame “Calva y brillante”, hoy no hablaré sobre las ausencias de cabello, sino de la última vez que vine a Tlaxcala, de las abuelas rodantes y de los recuerdos que se van perdiendo en la memoria.

Así que no diré sobre la caída de pelo, ni me quejaré más ni contaré lo feo que es encontrarse por ahí algunas áreas color piel en el cráneo porque me acaba de suceder algo maravilloso y yo, siendo como soy, prefiero creer en los milagros aunque nada de lo que pienso sea posible. Resulta que caminando en un lugar de antigüedades, tras haber tomado varias copas de un licor llamado Pasita, que es de pasita y lleva dentro de la copa dimensión caballito tequilero, una pasita ensartada justo al medio de su corazón de pasa por un palillo y un pedazo de queso, que vende un hombre ocurrente y anciano, tan arrugado como las pasas viejas que uno encuentra en los tamales en un sitio que de pronto abre y luego cierra, como si uno se le hubiera imaginado, tan fantástico y lleno de frases ocurrentes como: “Para que no le de Sida, tome pasita enseguida” o “Para triunfar en amores, tomar Pasita señores”, que uno no puede evitar tomarse un trago, y luego otro y otro y otro para luego salirse a caminar y quedar indefensa y a merced de los vendedores.

Fue así, tras 3 Pasitas, si no hago mal las cuentas, encontré a una mujer en el Callejón de los Sapos en Puebla a cuatro pasos de la fantástica cantina, que ofrecía a un precio extraordinario 8 pies de un árbol mágico, cuyo nombre no recuerdo, que había que echar a hervir en agua para luego ponerse en la cabeza, tras lo cual, habiendo pasado cuatro días de tratamiento, uno podía tener el cabello un poquito más cortito que Rapunsel.
Siendo así, por esta tarde, pues hoy se cumple el día 4, olvido el tema y cuento de cuando vine a Tlaxcala. Hacía frío y era de noche, tanto, que apenas alcanzamos a llegar a una pulquería famosa y verla rápido porque ya cerraba, de eso me acuerdo perfectamente aunque fue hace unos 3 años. Como si fuera una película me veo, caminando por unas escaleras que llevan a lo que antes era un convento del que asoma, al costado derecho, una pequeña plaza de toros o algo así. Recuerdo ese sitio bien porque de tan oscuro, las luces que alcanzaban a pasar entre los arboles hacían el paseo tétrico y de susto. Lo recuerdo bien porque en ese tiempo mi memoria no fallaba, en cambio hoy, tengo un secreto.
A veces pienso que debo hacer sudokus o volver a memorizar las tablas, jugar un limón, medio limón, dos limones o hacer crucigramas o quizá, tomar más pastillas de Ginkgo Biloba, linaza molida o aceite de hígado de tiburón. La situación no era notoria porque yo cuando contaba algo, insistía en que cada quien tiene su versión de los hechos y en que no hay verdad absoluta para salvarme de las criticas, los incrédulos y los familiares insistentes en que no, en que la historia no era así como la estaba yo contando, y es verdad, algo sucede secretamente y no lo digo, pero la gente comienza a darse cuenta.
Hace tiempo me convencí que era por el estrés y las ocupaciones, que tiene uno tantas cosas en la cabeza que es imposible recordar de pronto nombres y calles y temas por resolver, pero no más, la verdad es que me siento, en ocasiones, como cuando platicaba con mi abuela.
Silvia Molina tiene un cuento hermoso: Mi abuelita tiene ruedas, sobre una mujer muy entrada en años que ya casi no recuerda: algunos momentos de su infancia, pero poco del presente y aún sumida en el olvido, suele sentir sobre sus piernas la cabeza de su nieta recargada en sus piernas para oír, por enésima vez, la misma historia contada por su abuela.
Yo todavía no tengo ruedas, pero lamento visitar un sitio, sentirme feliz y luego no acordarme del nombre del lugar si no lo anoto en cualquier sitio, me lo mando por mail, lo pregunto siete veces durante varios días o lo posteo. Ajá, escribo para no olvidar, así de simple. La gente suele acercarse a decirme hola, cómo estás y yo sigo la charla como si nada, hasta que notan, por algún detalle obvio, que no sé su nombre y dicen: Soy tal, me llamo así, nos conocimos aquella vez, ¿ya no te acuerdas?
Hace poco en la noche, una mariposa parda como la que mis amigas con lupus colocan en sus logotipos y carteles para señalizar que ahí, debajo de ese afiche o que dentro de la playera de la mariposa morada, sobrevive alguien (porque eso es lo que se hace cuando se tiene lupus) que quiere seguir, que es fuerte, que ama y baila y corre aunque su cuerpo y la ciencia le digan que ya no puede. Hagan de cuenta a veces que soy así, un poco, como la mariposa parda que no ha perdido el rumbo, que gira y gira hasta que se posa en la pierna de alguien pidiendo ayuda, porque en el extravío no recuerda y siente que no le resta más que confiar.
Cuando la vi, no supe exactamente qué insecto era pero me dio terror, estaba peluda como las piernas de mi perro Manchas, movía las alas a la altura de mis hombros y luego más abajo como si se hubiera tomado unos mezcales, hasta que de tanto revolotear en círculos tocó mi pierna por unos segundos para detenerse ahí y dejarse ver.
Fue entonces cuando pude ver su color negro y estallé.
Tomé el teléfono y llamé a mi padre a quien había visto el fin de semana feliz, comiendo barbacoa, panza verde y caldo con garbanzos, mientras olvidaba la dieta y decía, entre mordida de taco y pápalo: Carajo, qué rico está.
¿Cómo andas papá?… Me dijo que estaba por abrir su mail a ver si alguien le había escrito y entonces quise llorar, por encontrarlo vivo, porque aunque la paloma entrara a mi casa y estuviera parada en la cortina amarilla de mi cocina viéndome las espaldas con sus alas negras peludas abiertas como la puerta del infierno, mi padre a sus 73 años es cibernético y porque yo, siempre metida en mis asuntos, no le he escrito ningún mail para decirle que lo adoro y que quiero que viva mucho tiempo y que su carcajada constante me hace muy feliz.
Temo tanto a la muerte como a los fantasmas, y creí que eso era lo más temible pero resulta que se me ha puesto de moda, a causa de los olvidos, el miedo a dejar de recordar y a perderme como la mariposa sin memoria.
Durante mi primer secuestro exprés pensé que me mataban, pensé que moriría cuando me tiré desde 14 mil pies de altura rumbo a la tierra en paracaídas también por primera ocasión. Pero cuando más pensé en la muerte fue cuando nació mi hija y me convertí sin haberlo planeado, en madre no acompañada.
Explico: Mi padre tiene una casa con síndrome de edificio y su habitación queda justo en el que sería el quinto piso del hogar que habité cuando toda la familia vivía reunida. Pero atención, cuando hablo de familia me refiero a esos grupos que no nacen juntos y por azares del destino, se arrejuntan, casi mueren y luego se reconstruyen con hijos de uno y del otro. Con un uno y una otra que no saben cómo decirle a esos hijos que se aman, que han decidido vivir juntos y que no les queda de otra más que tratar de unir a los hijos, a quienes explican que todo saldrá bien, pero no sale.
Hablo de esas familias que además de intentar ensamblar a todos los hijos como piezas de Cubo Rubik, terminan formando un muégano, por que siendo el hijo lo llevan a uno al cine junto con los otros hijos, a la comida de la tía juntos, a la calle juntos, a hacer ejercicio juntos aunque nadie de todos los juntos quiere ir. Hablo de esas familias que encima de tanta juntedad, justo cuando están aprendiendo el significado de la palabra tolerancia, el uno y la otra les anuncian, con sonrisa de sandía en a boca, que están felices y angustiados, porque pronto llegará el nuevo bebé.
Pues el uno se llama Fernando y es mi padre y esa era mi familia feliz la familia que dormía en la casa de los 5 pisos en la que hoy, mi papá con la una, Angie, su esposa, una atlética mujer que insiste en hacernos deportivos hasta la fecha, por fin en su vejez, despiertan libres y en paz, sin todos los juntos de diferentes rebeldías que nos odiamos y nos agarramos de los pelos rodando por las escaleras diciéndonos insultos, nos abrazamos para gritar te quiero, la vida nos hizo hermanas hermana, te voy a extrañar mucho, que te vaya bien.
Pues era una media tarde, no se qué día, cuando en esa habitación a la que me refiero, que en ese tiempo tenía un balcón, lloré días y noches en la cama, en el baño, tirada en el piso o en las esquinas, mientras perdía varios kilos, una casa, la familia que comencé a formar y el cabello. Abril, mi hija que tenía 6 meses, tomaba la mamila, jugaba y reía por cualquier cosa como lo hacía desde que nació. Parada sobre sus piernas gorditas vestía de sapo con el mameluco verde que su tía Saira le regaló y me miraba. Sus ojos eran más grandes que los ojos del sapo que cual orejas cosidas sobre el gorro, parecían orejas, su risa, enorme como sus cachetes, brillaba porque había luz y la luz era insoportable frente a la oscuridad que yo vivía: luz en las mañanas, en cada risa de mi hija Abi, en los mensajes de la gente que escribía para decirme que me amaba, en los abrazos de los visitantes que venían y yo los odiaba a todos y a la luz.
Eran tiempos en los que no quería bañarme, ni ponerme de pie, ni comer, sólo miraba al balcón de la habitación del quinto piso y me acercaba un poco, cada día más.
Esa tarde, estaba parada en la orilla del balcón recordando una cinta japonesa de una guerrera que, tras no lograr salvar a su amado se tira por un puente y vuela como si fuera un halcón, sobre los árboles, cuando sentí una mano fuerte y arrugada que me tomaba del hombro y me decía: “Laura, ven, te quiero. Mira a tu hija, el dolor pasará. No te dejes ir, con la muerte de tu hermana Paloma fue bastante. Si tú te vas ya no lo soportaría. Todos queremos aquí que vivas, no lo hagas” y entonces giré, como la mariposa y me detuve a llorar en los brazos de mi padre.
No me apena decir que una vez pensé, de innumerables formas, en morir. No había nada más para mí, desde mi mirada miope y triste de aquellos tiempos, que correr un poco y tirarme como si tuviera alas por el balcón que mi padre clausuró, primero con un tornillo y una tuerca, después con cemento blanco y hoy, con una pared que funcionó para colgar la amplia colección de zapatos de la atlética una. Eran tiempos en los que me perdía por los parques con mi hija, en los que me sentaba en alguna banca de la calle durante horas sin hacer nada más y sin que ella, por increíble que parezca, llorara. Entonces venían a recogerme de la mano y me llevaban de regreso al cuarto del quinto piso para que yo siguiera así, mirando la ventana y dando vueltas, como la mariposa peluda de mi casa.
Las mariposas negras que entraban a mi casa de infancia eran símbolos de muerte y malagüero. Vi a mi padre tratar de alejarlas con trapos y escobas. Entraban por cualquier sitio y se posaban durante días en el quicio de la puerta, en la ventana, mientras todos nos mirábamos pensando quien de nosotros o de los familiares, iría a morir.
Nunca ninguna jamás voló frente a mí en el departamento en el que vivo desde hace 12 años, después de que pasara el tiempo en el que no quería vivir porque un doctor me dijo que tenía Lupus, porque pensé que nada sería mejor, porque tendría que hacer una vida sin marido, porque era mamá sola, mujer soltera, hembra que se había dejado de querer, mujer que no generaba pasión, no deseada. “Pobre Laurita, enferma”, decían bajito para que no escuchara pero lo suficientemente fuerte como para que supiera que yo era el centro de las conversaciones de las tías panzonas, mientras Abi bebé, con su traje de sapo o de tortuga, se metía el dedo anular e índice a la boca y reía, siempre me sonreía como si yo fuera la luz y el sol y la vida, como si no hubiera otra cosa que ver más que su madre, como si existiera solo yo ahí, para ella, como lo hizo la tarde del balcón en que pensaba tirarme.
Quedarse sin fe no es morir, pensé cuando la mariposa negra se posó en mi pierna, pero perder la memoria debe ser como sentarse en una banca transparente que nadie puede ver.
Pocos días antes de la visita de la mariposa de la muerta a mi cocina, leí en un boletín de salud que me llega al mail, que el director del Centro de Enfermedades Reumáticas de Toronto, un doctor de nombre Murray Urowitz, dice que la disfunción cognitiva, manifestada en situaciones como la pérdida de la memoria, los olvidos de nombres, lugares o el extravío de objetos, ocurre en un número significativo de pacientes con lupus cuando la enfermedad está activa. Y pienso de todo corazón, que prefiero mil veces quedarme pelona que dejar de recordar de donde he venido, el porqué estoy aquí y cómo desde que ese día, la risa de mi hija, la mano fuerte y huesuda de mi padre y las piernas de muchos que me permiten recostarme por momentos para descansar, me ayudan a seguir lejos del balcón del quinto piso.
Por eso he concluido que puedo vivir aún con miedos a los pasos nocturnos tras de mi en las noches, a los ladrones, a la gente incapaz capaz de formarse como familia muégano o que habla por detrás como las tías panzonas.
Tengo terror a los espíritus aunque sean mis familiares, a las deudas, al dolor de pleura, a dejar de ver. Temo que le pase algo a mi hija Abi que hoy no está aquí por andar de cachanilla en Mexicali y que en pocos días más entra a la secundaria con su propio temor al bullying y a los adolescentes que como ella, ahora nos dan miedo a los papás. Temo siempre, a cada instante, pero estoy aquí por una serie de miedos y aversiones.
Aversión a las palabras: enfermedad, lupus, mariposa, imposible, no puedo.
Miedos los que he contado y cientos más. Pero también estoy porque soy porfiada, como dicen los chilenos y por dos razones más:
La primera: Temer implica ser creyente y yo creo cuando encuentro a la persona indicada con la pierna indicada, con la mano fuerte aunque no sea huesuda y con una voz que guíe cuando me sienta extraviada y no recuerde más.
La segunda: Estoy segura de estoy aquí es debido a la palabra. Escribo porque pongo en palabras el dolor y la felicidad y el miedo. Porque si no escribiera ya me habría tirado del balcón o habría muerto en el hospital, Abril no habría nacido y yo seguiría así, girando.
A la mañana siguiente del episodio de la visita de la mariposa peluda, Cristina, la chica que nos cuida a Abi, a mi, a la casa y a los perros Manchas y Paz que a veces ya no son dos, sino tres o cuatro contando a la pájara Pipi, me confesó que ella ha encontrado en ocasiones anteriores mariposas negras y peludas como esa muertas en la sala, pero que no me había dicho porque me daría miedo.

Las he barrido, aseguró. Una vez hubo una entera que parecía dormida, pero estaba seca. Otra tenía un ala por aquí y otra por allá, como si los perros la hubieran destazado.
Tal vez la mariposa vino a recordarme que la vida se puede ir como en un aleteo y que para no andar dejando alas aquí y allá, el único remedio contra la ausencia de memoria es, sin duda, la pierna de alguien que me quiera mucho, la risa de Abi y las palabras.


* Texto leído en la presentación del libro Calva y brillante como la luna: Diario de una loba contra el lupus, en el lobby del Instituto Tlaxcalteca de Cultura, organizada por la asociación Ganando Batallas Lupus Tlaxcala, el 9 de agosto del 2014.

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