Con Mayúsculas y sin miedo: ¡a tomar la letra!: Adolescentes que gritan o 3 razones para escribir

Con Mayúsculas y sin miedo: ¡a tomar la letra!: www.atomarlaletra.com / www.tejedoradehistorias.com
Laura Athié*, Tejedora de Historias
De cómo perder el miedo o antes contaré una historia
Mi nombre es Laura y hace algunas décadas fui estudiante de secundaria cuando no existía el internet, ni los mails, Madonna empezaba a cantar y Michael Jackson bailaba Thriller. Ahora me llaman Tejedora de Historias pero antes, no sabía muy bien qué quería ser. Más no soy una abuela, a pesar de los años no he perdido energía, lo único que definitivamente ya no tengo es miedo y sobre todo, miedo a escribir.
1985. Un salón de clases y de cómo me volví valiente
Hablar del siglo pasado no es tanto tiempo. Para mí 1985 fue tiempo de ser rebelde y alumna, para ser más claros: Punk, algo así como Darketa o Emo pero sin depresión: Botas negras, aretes de pico en la nariz y orejas, cadenas y chamarras de piel con estoperoles, peinados estridentes con puntas bicolores y música a todo volumen, así andaba yo.
Entonces la escuela no era mi lugar favorito, ni todos los maestros eran mis amigos. Cuando me decían: tienes que leer este capítulo y cada semana entregarás un resumen de tantas cuartillas, sentía una gran desesperación. ¿Para qué me serviría hacer eso? ¿Qué es un resumen? ¿Por qué querría escribir? ¿Para qué leería ese o aquel capítulo si ni me interesaba, si lo que quería era escuchar música, salir a la calle, bailar?
Efectivamente, era adolescente y solía comunicarlo todo a gritos, esa era mi posición hasta que comencé a escribir: Recién cumplía 15 años, jamás usaría un vestido con crinolina, odiaba el Vals y no quería una fiesta, lo que ansiaba era salir huyendo de mi escuela y de mi casa, así que le dije a mi familia que me iría de viaje. Mi padre dijo, ¿ah sí?, muy bien, entonces voy contigo. Cuando el avión despegó y caí en cuenta de que pasaría 7 horas con él, sentí pavor, yo no quería que fuera. ¿De qué hablaríamos?, ¿cómo me iba a divertir a su lado? ¿De verdad iba a pasarla bien con él?… Pensaba en un plan para salir de ahí pero fue imposible, a mi derecha un hombre de volumen inmenso dormía como un niño y a mi izquierda, mi papá había empezado a roncar. Entonces encendí mi Walkman, un aparato para escuchar música con casetes de la época de las cavernas, para oír a Mecano, uno de mis grupos favoritos, pero extrañamente, tras subir a ese vuelo, no funcionó más. Fue como si alguien lo hubiera asesinado.
Fue a partir de entonces, tras la muerte de mi Walkman y después de varias horas de escuchar el coro de ronquidos de mi padre en el avión, que tomé una pluma y empecé a escribir en una revista. Escribí en los espacios blancos y cuando no había más, seguí encima de las fotos, en el pase de abordar y la bolsa de mareo. Conté cómo me sentía, por qué estaba molesta, qué veía a través de la ventana, cómo era el señor que dormía a mi lado, qué quería ser de grande, cuál era mi peor temor y qué conversaban las personas del asiento de atrás. El viaje duró horas, así que escribí con libertad hasta que se me fue quitando la desesperación, hasta que los gritos de auxilio que solía gritar se volvieron letras y hasta que la rebeldía se me escondió por ahí, en algún sitio secreto que desconozco.
Al volver todo cambió. Acababa de entrar al bachillerato, recién salida de una escuela de monjas, así que tenía vergüenza de ver a los chicos a la cara y de hablar en voz alta. Pero empecé a soltar mis letras y a levantar el rostro, a decir mi opinión. Regresé un poco más libre tras el viaje, descubrí que escribiendo podía expresarme sin que nadie se diera cuenta. Era y sigue siendo, mi manera de gritar.
27 años después: los adolescentes siguen gritando
Hoy que extraño la escuela, escribo tanto, que hace poco me dijeron: Hola Laura, ¡eres compulsiva!, te he leído y me gusta. ¿Qué haces cuando no escribes?…” No supe si reír o llorar, si me insultaban o si era un halago. Iba a contestar cuando me di cuenta de la hora, ¡qué tarde! –pensé y dije–, bueno, debo irme, adiós.
En casa busqué en el diccionario: “Compulsivo”, va . (Der. de compulso, part. irreg. de compeler, y este del lat. compulsus): adj. Que muestra apremio o compulsión. adj. Psicol. Que tiene impulsos irresistibles.
Y entonces me acordé del salón de clases: muchas veces llegaba para hacer lo de siempre, anotar en hojas y más hojas sin pensar ni en lo que estaba escribiendo, así, nada más para llenar la página, hasta que me salió un callo en el dedo y exploté y entonces ya no pude detenerme más. Tenía que gritarles a todos lo que sentía, decirles que estaba molesta, enojadísima, ¡harta!, o que estaba triste o que tenía una idea. Tenía que decirlo sin importar lo que pensaran los demás. Es verdad, me volví una compulsiva de la comunicación escrita aún antes del nacimiento de las redes sociales.
Y era lógico, yo era una autómata escolarizada: “anotaba en las hojas sin pensar ni en lo que estaba escribiendo”… ¡Esa es la clave!, para escribir hay que encontrarle el gusto. Así, comunicando sin obligación, empecé a hacer por primera vez en la vida algo que me gustaba. Así fue como pude escribir con mayúsculas y sin miedo y tomé las letras.
Hoy miles de jóvenes en todo el mundo quieren decir algo, pero no saben cómo, quisieran gritar, pero no siempre pueden. Actualmente, en nuestro país la población juvenil representa cerca de la quinta parte de la población total. México tiene aproximadamente de 112 millones de habitantes, aproximadamente el 47%, es decir, 53 millones, son menores de 24 años de edad, 13 millones de ellos son adolescentes de los 12 a los 17 años y muchos están en secundaria , intentando decirnos algo al pintar bardas, hacer canciones y marchas, plantones o blogs, sin embargo, no siempre entendemos sus mensajes y seguimos poniéndoles etiquetas para clasificarlos mientras pensamos qué hacer con ellos. Olvidamos que es justo en esa edad cuando enfrentan situaciones difíciles dentro y fuera de casa, igual que nos sucedió a nosotros, los adultos y viejos: entornos escolares y sociales que resultan difíciles para su desarrollo personal y educativo.
Es justo en esa edad cuando se piensa en abandonarlo todo, incluyendo la escuela, por ello, proponemos un espacio para que se sienten frente a la computadora, empiecen a escribir y cuenten sus historias, si así lo quieren: Con Mayúsculas y sin miedo: ¡a tomar la letra!, un proyecto de fomento a la lectura y la escritura que en su primera etapa, trabajará con estudiantes de secundarias públicas de Nuevo León, a través de los Círculos de Jóvenes Lectores de esa entidad, impulsado por Fundación SM México y el Programa Nacional de Lectura en Nuevo León, en coordinación con Tejedora de Historias, que busca:

  • Fortalecer la escritura entre los jóvenes que se encuentran en la etapa más complicada de la educación básica, el paso de la primaria a la secundaria.
  • Contribuir a la disminución de la deserción escolar a través de actividades con pertinencia cultural y social del joven con su escuela.
  • La apropiación de todo estímulo lector, para que el joven descubra que puede transformar aquello que lee en proyectos comunicables y propuestas para mejorar los problemas que le aquejan.

Con Mayúsculas y sin miedo: ¡a tomar la letra! tiene dos componentes: Lectura, que funcionará a través de los acervos de las bibliotecas escolares y de aula y el acompañamiento de los docentes adscritos al Programa Nacional de Lectura en Nuevo León y, Escritura, que será coordinado por Tejedora de Historias, un proyecto de restaste de historias de vida a través de la palabra escrita que nace en 2010, y que funcionará con el apoyo de 25 especialistas en comunicación, edición, periodismo, lectura y escritura, quienes estarán interactuando con los chicos y chicas de secundaria a los largo de 6 meses como el equipo de Tejedores.
El Componente de Escritura de Con Mayúsculas y sin miedo: ¡a tomar la letra!, es la parte medular del trabajo que desarrollarán los jóvenes de secundaria involucrando a maestros y madres y padres de familia sobre temas comunes, que les causan inquietud dentro y fuera de la escuela. Ellos se organizarán como un comité editorial, para editar un periódico digital y desarrollar un trabajo de escritura, investigación y periodismo que de cuenta de sus inquietudes y propuestas sobre lo que acontece en su comunidad escolar, su casa, su colonia, su estado o país, de acuerdo con la temática que cada equipo elija. La idea es que la palabra escrita propicie un camino para generar diálogo, para liberar energías, sentimientos y problemas en entornos violentos, buscando que los jóvenes de secundaria:

  • Encuentren un espacio para conversar y reflexionar y escribir sobre sus propias historias.
  • Se apropien de la palabra escrita apoyándose en herramientas que les permitan comunicar las experiencias derivadas la exploración y uso de acervos de las bibliotecas escolares y de aula, así como de revistas, páginas web, periódicos o publicaciones diversas.
  • Tengan acceso a textos de calidad que fomenten el desarrollo de su cultura escrita.
  • Puedan impulsar su trabajo académico.
  • Se formen como ciudadanos capaces de leer, escribir y proponer a través de la palabra escrita.

Los Tejedores acompañarán a los Comités Editoriales de estudiantes, a través de la plataforma www.atomarlaletra.com para intercambiar opiniones y textos. No juzgarán, inhibirán o calificarán con afanes literarios el trabajo escrito de los jóvenes, su misión será propiciar y motivarlos para el uso adecuado del lenguaje en el proceso, con el objetivo de ayudarles a perder el miedo a la palabra escrita.
El equipo de Tejedores que acompañará este proceso para tener como producto final un diario-periódico con textos escritos por los estudiantes participantes, está conformado por: Annouck Pereyra Valdivia, Eneida Leonor Sánchez Zambrano, Denisse Saxana Aguilar Guerrero, Marcela Monzón Martínez y Claudia Teresa López Martínez de Mexicali, Baja California. Nelly Calderón de la Barca Guerrero de Ensenada, Baja California. Angélica Franco Cuervo, Efrén Calleja Macedo, Fabiola Pech, Ireri de la Peña, Zazil Collins, Francisco Sandoval Alarcón, Jesús Alvarado Torres, María de los Ángeles Hope Sánchez Mejorada y Cristina Ramírez del Distrito Federal. Mireya Viadiu Ilarraza de Mazúnte, Oaxaca, Jesús Manuel Angulo Corral de Hermosillo, Sonora, Eric Hernández de Veracruz, Eduardo Campech Miranda de Zacatecas, María Concepción Sánchez Ávila y José Manuel Alvarado Zaragoza, de San Luis Potosí, Cleotilde Guadalupe Gordoa de la Tejera de San Luis de la Paz, Guanajuato, Antonio Monter y Violeta Morales, de Morelia, Michoacán y Gabriela Ortiz de Toluca, Estado de México.
La escritura es un buen camino para desarrollar las competencias comunicativas de cualquiera de nosotros, independientemente de nuestra edad o grado escolar. Mientras estemos alfabetizados o tengamos contacto con la lengua oral y escrita, podremos escribir. Pero hacerlo es además una forma de liberar sentimientos, canalizar energías, dialogar. Una vez que se descubre, como en mi caso, que escribir ayuda a construir puentes para comunicarnos y proponer, la palabra escrita jamás se suelta. Por eso me volví compulsiva. Escribir no es más un tedio, sino mi forma de vivir.
Para conocer más sobre el proyecto entra a: www.atomarlaletra.com / www.tejedoradehistorias.com, no importa si eres alumno, padre de familia o maestro, la letra escrita es tuya, sólo la tienes que tomar.
* Mexicana, madre de Abril y especialista en difusión de políticas públicas. Maestra en Política Educativa por el IIPE UNESCO París, comunicóloga por la Universidad Autónoma de Baja California, ciclista convencida, amiga y palabrera. Actualmente trabaja como consultora en un organismo internacional dedicado a los derechos de la infancia y la adolescencia en México y tiene un proyecto de rescate de historias de vida a través de la escritura llamado Tejedora de Historias: www.tejedoradehistorias.com / Publica textos en en Zona Líder, Emeequis, Virtuoso Cívico y Quadratín, agencia nacional de noticias. Recibe correos a: laathie@gmail.com / Twitter @lauraathie.

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