2005-2011: Crónicas consanguíneas Septiembre 15, como todos los septiembres Heavy Weight: Grapas de titanio

Es de todos sabido que Paloma era bella. Haciendo cuentas esto sucedió hace 17 años. Yo estaba segura que de haber llegado minutos antes, la hubiera convencido de que viviera…
Septiembre 15, como todos los septiembres
Heavy Weight:
Grapas de titanio

Paloma Por Tarifeño, mi maestro de crónica, tratando de no escribir como narradora enloquecida
y para Paloma, por sobre todo siempre.
Será la primera vez que escriba sobre ella, así que me sitúo en el asiento 13-­A de Mexicana con Margarita, su mejor amiga, hablando de Paloma.
Es de todos sabido que Paloma era bella. Haciendo cuentas esto sucedió hace 17 años, cuando yo todavía no era madre.

1997:
Durante el viaje Mexicali­-Tijuana en el carro de Luis Christerna, que me daba raite no pude evitarlo y lloré pensando en su cara, en su cabello y en sus uñas nacaradas con las que me pellizcaba cuando hacía corajes.
Me respetas porque me respetas, ¿oíste?, soy tu hermana mayor. ­
Cállate la boca, tú eres una enana.
No era fácil ponerse con Paloma: buena pa’ pegar, carácter del tamaño de sus muslos, mano larga de huarache volador que atina y mucho corazón.
No sabía que me encontraría con Magguie. Solicitamos asientos juntas, pedí ventanilla para ver el cielo. En 2 horas 45 minutos estaría platicando con ella sobre mis aventuras en la orilla de su cama de hospital, según me dijeron.
Magguie y yo comentamos sobre su carácter y las innumerables veces en las que le armó berrinche, porque Paloma era muy mal hablada cuando la situación lo ameritaba y también cuando no.
Este recuerdo de llegada al Defe no me parece tan poroso, porque lo veo y lo veo cada que hago Chiles en Nogada. Después de que el capitán no sé quién nos dio la bienvenida, tronaron los cuetes y los vivas y los hurras y el cielo turbio de esta ciudad monstruo se llenó de fiesta de 15 de septiembre, mientras bajábamos por el gusano para encontrarnos minutos adelante sobre avenida Cuahutémoc hasta el Centro Médico Siglo XXI, que hace una década, era nuevo.
No sabía bien a bien qué había sucedido. Nos habíamos visto hace una semana en un viaje de familia que nos hizo coincidir juntas a todas las hermanas: Saira, Paloma, Marmar y yo, la última noche en casa de mi padre. Lloramos, teníamos tiempo separadas, jugamos cartas, tomamos Tequila y la vi borracha por primera vez en su vida –inusitado en sus 19 años–, tomaba litros y litros de alcohol y a ti nunca se te sube Paloma. “No se me sube porque soy chingona”, decía.
Para escribir esto revisé las fotos y juro que estaba tomada, aunque sea poroso el asunto como polvorón, porque lleva ojeras de rimel corrido y chapas rosadas en sus mejillas redondas.
Llegando al hospital la madre de Magguie trató de prepararnos para la noticia. Saludé familiares que hace años no miraba (yo llevaba 6 años viviendo en Mexicali. “¿Y hace calor?, ¿Y es cierto que hay indios?”, me preguntaba mi tío favorito, Alfredo… “Sí tío, hay indios y todas las tardes peleamos, lanzamos flechas contra el sheriff y usamos penachos para las fiestas”)
Enseguida vi a mi padre por el pasillo del nosocomio, con la mirada triste, las manos temblando. Vino hacia mi caminando lento. Tomó mi mano, me dio algunas monedas de 20 centavos y su libreta de direcciones. Estaba partido en dos. Conozco su mirada. ̈Eres la mayor, me dijo, sabes qué hacer”. No hubo más palabras.
Yo no podía creerlo, me dirigí al teléfono público y comencé a girar el disco. Hace unos días, ella estaba entusiasmada, feliz, como en un sueño.
­¿Y cómo saliste Paloma? ­ Bien, muy bien, mañana nos vamos a la casa, me dijo por teléfono.
Se trataba de un experimento con grapas de titanio. Fue fácil para ella que solía conseguir todo lo que se proponía.
En el noticiario de Hoy Mismo, Guillermo Ochoa había entrevistado al doctor fulanito quien platicaba sobre la posibilidad quirúrgica de bajar de peso. Paloma fue a Jonsson & Jonsson y consiguió donada la engrapadora de titanio, firmó la carta de responsabilidad (“Ya soy mayor de edad papá, se lo que hago”) y la operaron.
­¡Voy a perder muchos kilos Laura, muchos kilos!
En el pasillo del hospital estaba mi madre como hipnotizada. No pregunté.
Deben haber pasado algunas horas. Esperábamos no sé qué. Yo comunicaba a todos lo que había sucedido: “Toma la libreta y llama”, me dijo mi padre con su traje negro de los velorios y el cuello rojo de urticaria, caminando como camina cuando suele llevar un dolor inconfesable. Asumí mi papel de poner el ejemplo y giré el disco del teléfono público toda la noche.
Con monedas de las que ya no valen nada, marqué y conté una y otra vez la situación a los amigos y familiares, una y otra y otra vez hasta que acabé en silencio, pensando en Paloma. Sí, aquí, sí, ayer, dije, expliqué, indicando lugar y hora, con ella en una imagen fresca, en una despedida que no se dio nunca, segura de que si le hubiese gritado fuerte, le hubiese implorado que no se fuera, no habría muerto.
Tengo fe, siempre. Creo firmemente que si sueño que algo es posible, llega a serlo. Por eso me lamenté por no haber llegado a tiempo para platicar con mi hermana. Yo estaba segura que de haber llegado minutos antes, la hubiera convencido como lo logro siempre cuando entrego el alma, de que viviera: ¡Vive hermana, vive!, por favor vive, ¡no te vayas por favor porque te quiero!
¡Se lo hubiera dicho!, la hubiera hecho reír a carcajadas y ella estaría aquí ahora, feliz, cerca de mi hija.
El primer recuerdo que me viene a la mente es un sonido de metal profundo y seco que me parte el alma. Un sonido terrible cubierto de blanco.
Se abrieron las puertas de la Zona B del hospital, recuerdo.
Los camilleros jalaban a mi hermana.
No pude soportarlo, quedé paralizada.
Tenía la sensación un vidrio roto cortando mi piel, a cada rechinar de llanta.
Todos miramos pasmados a dos hombres blancos, jalando la camilla que rayaba el mármol, tratando de no herir susceptibilidades.
La escena era muda, terrible, la más dolorosa de mi vida: camioneta abierta, familiares llorando, luces multicolores en el cielo, gritos de viva México, viva la Independencia, vivan los héroes que nos dieron patria, una camilla perla como montaña nevada, el llanto de mi madre, el séptimo rosario de mi abuela Carmen, los curiosos mirando de reojo y escondiendo el morbo, mi padre quieto ya sin llanto con los ojos perdidos y el rechinar de llantas de metal que no giraban.
Paloma pesaba 115 kilos y tenía 19 años.
Esa noche llovió mucho y olió a pólvora, recuerdo.
Cierro los ojos y veo a mi abuela, al sacerdote, uno, dos, tres Aves Marías, abrazos, condolencias. Negrura de quince de septiembre y festejo. Fuegos artificiales, balazos y piso de mármol por el que caminó un señor y nos dijo:
“Ya es hora, la llevaremos al crematorio”, mientras yo contaba que a Paloma le gustaban los sombreros y cómo le puse el ojo morado en aquella ocasión cuando me faltó al respeto y me dijo enana.
­Aquí está, dijo el hombre.
­Es demasiado peso, no puedo sostener así a mi hija. Llévatela tú, le dijo mi padre a mi mamá.
Esa noche nos fuimos a la casa y recogimos todo.
Durante varios meses soñé con Paloma.
A mí me dolía la espalda a la altura de las Lumbares con ese dolor de caballo que te da cuando no has comido, ni soltado lágrima, ni gritado desesperadamente: ¿Por qué te fuiste hermana? ¡No te vayas! ¿Qué voy a hacer sin ti si yo te quiero?
Al día siguiente, en el avión de regreso a Tijuana, mi madre y yo platicamos sobre ella. Paloma y su enamoramiento repentino, Paloma y su operación para ser más bella. Un hombre que no supo ver esa belleza no valía ni un gramo de su vida, ni el último suspiro, ni siquiera una mirada de sus ojos almendra, hermosos, gigantes como sólo ella.
Eso fue antes de que me peleara con los de seguridad en el aeropuerto, que querían abrir la urna porque pensaban que la urna llevaba cocaína.
­¡Que es mi hermana carajo!
Entonces sí se me salió el dolor y lloré como niña de cinco años.
Llovía a cántaros y yo lloraba y gritaba mierdas y carajos frente a los guardias y quería arrancarme los cabellos y tirarme al piso y decirle: ¡No te vayas Paloma, no te has ido! ¡No te creo, no te creo, no te has ido!
Caí en cuenta que había llevado hasta ese momento, su pijama de moño rosa y sus pantuflas en las bolsas de mi saco. Las he llevado durante muchos años, seguí gritándole que no se fuera durante días infinitos y grises en los que lamenté no haberla despedido.
Los de seguridad abrieron paso. Mi madre y yo caminamos rumbo a la sala ya en silencio.
Durante el vuelo, el avión se movió terriblemente, los pasajeros estaban asustados.
La urna de Paloma estaba encerrada sobre nuestras cabezas, entre las cobijas y los maletines de mano de los viajeros.
Es el clima, dijo el piloto, abrochen sus cinturones de seguridad y enderecen sus asientos. La turbulencia cederá en breve.
No cedería hasta pisar suelo fronterizo.
El avión se movía y la gente se agitaba.
Paloma se estaba despidiendo.
Bien lo sabíamos mi madre y yo, a ella no le gustaba ir apretada.
Mi hermana girasol, mujer de visión grandiosa y espacios mágicos, rasgaba el cielo para abrirse camino.
Saira Isis, Laura Isabel y Paloma Margarita Athié Juárez, en una fotografía del pasaporte familiar, tomada en el antiguo edificio de Relaciones Exteriores, tal vez en 1970.

Saira Isis, Laura Isabel y Paloma Margarita Athié Juárez, en una fotografía del pasaporte familiar, tomada en el antiguo edificio de Relaciones Exteriores, tal vez en 1970.

Saira Isis, Laura Isabel y Paloma Margarita Athié Juárez, en una fotografía del pasaporte familiar, tomada en el antiguo edificio de Relaciones Exteriores, tal vez en 1970.

4 Comentarios

Comentarios en RSS
  1. Se empieza en el Purgatorio y se debe llegar al Cielo despuÃ

    Por: Zoe Larkins p . 13 enero, 2012 . 7:27 am

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  2. Un post precioso y desgarrador al mismo tiempo. Un abrazo desde Compostela.

    Por: rosalina sanchez . 9 agosto, 2012 . 3:51 am

    Responder
    • Gracias Rosalina, como la vida, ¿no? Lo mejor. Laura (y un abrazo desde México)

      Por: Laura Athié . 22 agosto, 2012 . 5:03 pm

      Responder

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